Vargas Llosa y la sociedad israelí

De una forma muy egoísta me gratifica que  ni “The Gatekeepers” de Dror Moréh (Israel) ni “Five Broken Windows” de Emad Burnat y Guy Davidi (Francia, Israel, Palestina) hayan ganado el premio Oscar en su género como Mejor Documental.  No he visto ninguna de estas dos películas ni ninguna de las otras nominadas porque no he tenido acceso a ellas. Mi complacencia deriva del simple hecho de que no reciban una atención desproporcionada, como suele suceder con ciertas obras premiadas por un premio Oscar. No necesitamos exponernos más, estamos expuestos y sobre todo juzgados en forma metódica y exagerada. Los estándares morales que se aplican a nuestro pueblo, el pueblo judío, a través del Estado de Israel, no condicen con los estándares y juicios aplicados a otros países del mundo en sus acciones, decisiones, y políticas. O, como se dice ahora para ser políticamente correctos, “el gobierno de Israel”; como si gobierno y país no tuvieran una relación absolutamente vinculante.


En realidad me enteré del documental “The Gatekeepers” por un artículo de Mario Vargas Llosa en “El País” de Madrid, reproducido por “Búsqueda” en Uruguay. Mi primera reacción fue de indignación; pasado un tiempo prudencial volví a leerlo, y mi indignación se mantuvo intacta. “Cada vez que me gana el pesimismo sobre Israel y pienso que la derechización de su sociedad y sus gobiernos son irreversibles y seguirán empujando al país hacia una catástrofe que abrasará a todo el Medio Oriente y acaso al mundo entero, algo ocurre que me devuelve la esperanza.” ¿Es la derechización de Israel la que abrasará a todo el Medio Oriente y acaso al mundo entero? Digo yo, ¿no será el escenario de permanentes y violentas manifestaciones en la plaza Tharir de El Cairo, o la guerra civil en Siria, por citar sólo dos ejemplos, quienes sumirán al mundo en llamas? ¿O la ambición nuclear iraní, que ha jurado explícitamente borrar a Israel del mapa? ¿Quién encenderá la mecha? Perdón, pregunta mal formulada: la mecha está encendida y la llama corre como en los viejos westerns hacia un explosivo que está al final de su recorrido. Yo diría que los gobiernos “de derecha” de Israel en todo caso intentan, a veces con mayor o menor suerte, con poca o ninguna solidaridad mundial, apagar la llama con alguna medida militar puntual, más o menos prolongado en el tiempo.


Paradójicamente, “la esperanza” que se le devuelve al señor Premio Nobel (muy merecido) Mario Vargas Llosa proviene de Israel. No proviene del resto del Oriente Medio amenazado, según sus palabras, por la derechizada sociedad israelí, sino de esa misma sociedad que él estigmatiza como “derechizada” y por tanto, se deduce, colonialista y violenta. Porque David Grosman es israelí y perdió un hijo en las guerras de Israel por su supervivencia; y Dror Moréh es israelí y filma lo que se le antoja porque vive en un país libre, y más aún: porque sus entrevistados, viejos y feroces guerreros, se han ganado una vejez digna, segura, y en paz por los servicios que prestaron a su país; pueden contar lo que quieran, criticar, opinar, y seguirán gozando de su vejez digna y segura. Morirán de causas naturales una vez que sobrevivieron a su vida de guerreros. En una cosa acierta Vargas Llosa: “de Sión vendrá la Torá y la palabra de dios de Jerusalém”(Isaías 2: 2-3). Vargas Llosa no sólo lo sabe, sino que espera que sea así: que de ese pequeño Estado surjan sabiduría, avances tecnológicos, y sobre todo valores éticos. Es poca cosa para pedir de un Estado permanente cuestionado y hostigado.

No conozco, pero puedo adivinar, que cuando Vargas Llosa perdió su elección frente a Fujimuri en Perú, que abrió el camino a un gobierno casi dictatorial y corrupto, nadie habló de expectativas acerca de la sociedad peruana ni la calificó de derecha o izquierda; lo mismo con la Venezuela de Chávez o la Argentina de Menem o Cristina Fernández, o la Rusia de Putin. Nadie es tan ingenuo para suponer que un gobierno representa a una sociedad. Un gobierno es consecuencia de un sistema eleccionario utilizado por esa sociedad. Pero más que ingenuo, nadie es tan atrevido como para juzgar, por escrito y públicamente, la naturaleza de una sociedad por el simple resultado de elecciones libres y democráticas. Más aún: nadie juzga a las sociedades egipcias o sirias envueltas en guerras civiles disfrazadas o explícitas.  Las sociedades son más complejas que la suma de sus partes, y los gobiernos son sólo eso, una de sus partes.

En todo caso, la sociedad israelí no está “derechizada”. Hace ya muchos años que está claramente partida en dos en temas de defensa y seguridad, con unos más proclives a posturas duras e intransigentes y otros menos, pero aun esta división tan binaria y básica se ha complejizado mucho a la luz de las intifadas y la falta de interlocutores válidos. Los grandes pacifistas como Grosman o Amos Oz siguen siendo pacifistas, pero no tienen nada de ingenuos.  Por supuesto que en la interna critican las posiciones conservadoras y quietistas de Netanyahu y compañía, pero ellos hablan desde salas de conferencias, no desde el gobierno. Las recientes elecciones en Israel mostraron claramente que la sociedad israelí no está “derechizada” sino ansiosa de opciones. Ojalá figuras como Lapid o Bennet lo sean. Ojalá Livni aproveche esta oportunidad como “interlocutora” con los palestinos. Ojalá. El Estado de Israel como estado independiente tiene sus formas y mecanismos políticos y las cosas se darán cuando llegue el momento. Beguin y Rabin ya dieron muestras de ello: uno era un viejo y obstinado opositor que supo asumir su rol y liderazgo cuando le tocó el turno; Rabin fue un feroz y sagaz guerrero al que recordamos como pacifista. El propio Ariel Sharon, halcón si los hubo, había comenzado una peculiar forma de ordenar las cosas en Medio Oriente mediante la retirada de Gaza. Nunca sabremos si imaginó el escenario actual, en el cual, si algún fuego se enciende para “abrasar” el mapa de Oriente Medio, como se encendía en la vieja serie “Bonanza”, las chances son que sea desde Gaza y no desde Jerusalém.

Sobre todo, señor Vargas Llosa y todos los señores que quieran opinar sobre el mundo que los rodea, cuidado con demonizar en forma simplista y esquemática. Cuidado con subestimar a una sociedad que crece y se complejiza mes a mes, año a año, década a década. Cuidado con meterse en casa ajena cuando en las propias hay tanto que decir y hacer. Si un escritor israelí como Grosman o un director como Moréh quieren opinar sobre la realidad israelí, están en todo su derecho como ciudadanos; si un director como Davidi quiere asociarse con un palestino y reproducir testimonios palestinos, está en su derecho. Es su casa, su tierra, es un ciudadano. Se hace cargo de las consecuencias de sus dichos y acciones. Pero quienes opinan desde torres de marfil en la pedante Europa están pecando de soberbia. Miremos un poco el patio del fondo de casa antes de juzgar la casa y los patios de otros barrios del mundo con tanta facilidad.


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