Sefer Torá

La NCI de Montevideo, desde su sede en Bait Jadash, su nuevo centro comunitario, se embarca este mes en un largo y desafiante viaje: escribir un nuevo rollo de la Torá para su congregación. Cuando la semana pasada hacíamos referencia a los períodos de latencia de nuestro calendario nos referíamos a desafíos como este: generar desde dentro de la comunidad las oportunidades para que nuestro judaísmo siga siendo vigente y relevante. Si bien, como dijimos, el calendario hebreo de por sí llena estas necesidades, la realidad que nos confronta año a año es que sólo en contadas ocasiones conseguimos convocar en forma multitudinaria, llevar lo judío a la vida de la gente.

Por eso este tipo de proyectos adquieren una relevancia muy especial, resultan únicos y originales, y son una oportunidad singular de crecimiento comunitario.
Hace apenas cuatro escasos años la NCI finalizaba la construcción de su centro comunitario en el barrio de Pocitos, donde se nuclean la mayoría de los judíos de Uruguay, después de cincuenta años en la zona céntrica de la capital del país. Los cambios sociales y demográficos de la comunidad tornaban imperativa esta movida, y felizmente, con el esfuerzo de toda la comunidad, pudo concretarse. Resulta casi obvio el paralelismo entre construir un edificio y escribir un Sefer Torá: en lo que hace a recursos, esfuerzo, y tiempos, la diferencia es únicamente de escala. Por un lado se construyó el edificio para luego encarar los contenidos. La Torá es sin lugar a duda alguna EL contenido mayor del judaísmo. Si hablamos de construcción, el judaísmo está construido sobre el texto de la Torá (el Pentateuco). 

El valor simbólico de participar en la escritura, letra a letra, palabra a palabra, verso a verso, es de una fuerza incontrastable. Durante años muchos de nosotros, en algún momento, nos hemos inclinado sobre un rollo abierto para llevarnos a la boca las palabras allí escritas, abrevando en nuestra fuente, bendiciendo y agradeciendo el privilegio de “subir” a la Torá y ser parte del ritual semanal de lectura. Seamos religiosos, creyentes, indiferentes, o francamente antagónicos, difícilmente no hayamos pasado por esa experiencia. Poder ser protagonistas de la escritura de un pergamino es colocarse del otro lado, del lado generador, proveedor: estamos proveyendo a las futuras generaciones de un texto nuevo, de renovados recursos, y de una vitalidad tal que asegura una continuidad relevante. Junto con los viejos rollos guardados en el Arón Hakodesh, algunos ya en desuso por su desgaste, colocaremos uno nuevo que representa el compromiso de una comunidad con su herencia milenaria.

“Herencia milenaria” suena hueco, suena a lugar común; son frases que hemos procurado evitar en aras de otras más precisas y actuales. Sin embargo en este contexto no podemos sino recurrir a esta tan manida expresión; es la que dota de un significado profundo y a la vez comprensible al proceso que está por iniciarse en la NCI de Montevideo. Quedará inscripto en una historia que es literalmente milenaria, y constituye una herencia en la medida que nuestros hijos y nietos se inclinarán sobre ese texto que nosotros ayudamos a escribir. Una vez más. Tal vez porque la esencia de nuestra continuidad no esté en evitar los casamientos mixtos, minimizar las conversiones, comer guefilte-fish, o pasar por la sinagoga en Iom Kipur, sino que está en el acto de escribirnos, rubricarnos.

Cada generación asume los desafíos que la historia impone. En estos tiempos de globalización y límites difusos, de inmediatez y disponibilidad, escribir letra a letra nuestro texto fundacional, una vez más, puede constituir una experiencia no sólo fundacional, sino catártica de nuestro judaísmo.

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