Enredos, contradicciones y un destino aciago para el nuevo gobierno de Netaniahu

kneset panorámicaEl pasado miércoles de noche, quedándole menos de una hora para que se le terminara el mandato como primer ministro de Israel, Biniamín Netaniahu logró formar un gobierno de coalición compuesto por 61 miembros de la Knéset, el mínimo indispensable que se necesitaba para que permaneciera en el poder.

Treinta integrantes de esta coalición provienen del partido Likud, cada vez más ruidoso; otros ocho pertenecen al HaBait HaIehudí, ultra nacionalista, de Naftali Bennet; trece integrantes provienen de los partidos ultranacionalistas, y, lo que fue decisivo, diez integrantes del partido populista de centro, Kulanu, de Moshe Kahlon. Si llega a votar en contra o llega a abstenerse un integrante que no tenga escrúpulos en esta mayoría (algún colono molesto por las demoras con la construcción de los asentamientos o algún dirigente ortodoxo molesto por que se haya dejado de apoyar a los estudiantes de las Ieshivot), el gobierno bien puede llegar a desmoronarse.

Netaniahu había convocado elecciones el 17 de marzo, a solo dos años de las últimas, porque quería que se formara una mayoría del ala derecha que fuera más sólida, conformada exclusivamente por partidos que representaran a los neosionistas, a los halcones militares y a los tribunales rabínicos. No quería tener que negociar con ministros de centro como Yair Lapid y Tzipi Livini, a quienes había incorporado a su coalición anterior, los cuales se resistieron finalmente, entre otras cosas, a su proyecto de ley por el “estado-nación judío”, el cual habría socavado la capacidad de la Suprema Corte de proteger los derechos de las minorías.

Netaniahu no consiguió lo que deseaba, lo cual nunca fue algo realista, dado los cambios manifiestos en el panorama político de Israel, en especial el ascenso de los partidos de centro, de los cuales el último fue el partido de Kahlon. Pero lo importante de estas elecciones fue la creciente influencia de los electores más jóvenes, en particular la influencia de los jóvenes mizrajíes y la influencia de los jóvenes rusos, quienes son deliberadamente militaristas pero quienes están menos preocupados que sus padres por las viejas ideologías y los viejos resentimientos (más interesados en “ejut jaim” o calidad de vida) y quienes han hecho que se engrosara el centro. Aunque muchos suponían (y de forma precipitada) que Netaniahu había obtenido una victoria decisiva en el mes de marzo, los partidos que podrían haber formado el gobierno que quería ganó solamente 57 escaños, cuatro menos en comparación con el año 2013. Como lo pronosticaran muchos, el centrista Kahlon, que hace poco tiempo abandonó el partido Likud, mantuvo el equilibrio del poder.

Kahlon lo obligó a Netaniahu a negociar durante semanas. Su intención principal era apoderarse del Ministerio de Finanzas, del Ministerio de Vivienda y Construcción y de la Autoridad de los Territorios de Israel, lo cual le permitiría bajar el costo de la vivienda, un asunto de importancia para los electores más jóvenes. A su vez quería que Netaniahu se comprometiera a disolver los monopolios del sector bancario y de la importación de alimentos, lo cual ha hecho que fuera tremendamente alto el costo de vida para los israelíes comunes y corrientes.

Netaniahu accedió a estos temas inmediatamente. Lo que detuvo las negociaciones fue la resistencia de Kahlon, muy parecida a la resistencia de Lapid y de Livni en el último gobierno, a los intentos de Netaniahu por debilitar a la Suprema Corte. Los dirigentes de Likud han estado abogando por una nueva legislación para que les resulte más difícil a la Suprema Corte revocar las leyes. A su vez han sugerido la idea de aumentar el número de políticos designados en las comisiones nominadoras de la Suprema Corte. Tampoco han renunciado al proyecto de ley del estado-nación judío. Kahlon se negó a atenerse a la disciplina de coalición en estas cuestiones, y de hecho insistió en mantener un veto por cualquier ley que pudiera debilitar la independencia de la corte. Finalmente, a fines del mes de abril, Netaniahu accedió.

El acuerdo de Kahlon y Netaniahu debía sentar las bases para una coalición de la mayoría, pero el enfoque de estos dos para con la legislación judicial, junto con las concesiones colaterales a los partidos ultraortodoxos (se destinaron 250 millones de dólares para apoyar a los tribunales rabínicos y las casas de estudio), tuvieron el efecto inesperado de presionar a Avigdor Lieberman, líder del partido laico del ala derecha, Israel Beiteinu (“Israel, Nuestra Casa”), para que renunciara al Ministerio de Asuntos Exteriores y se le negara el ingreso al gobierno. Lieberman condenó la coalición en vías de desarrollo como coalición que “no es nacionalista”, es decir, que cede mucho en lo referente a la hegemonía nacional judía, y la condenó como coalición que recurre mucho a las definiciones rabínicas para determinar quién es judío. (Quienes votan a su favor, en su mayoría de origen ruso, son firmemente laicos). Netaniahu necesitaba más que nunca al partido HaBait HaIehudí de Bennet, y este aprovechó al máximo la oportunidad. Ya se había apoderado del Ministerio de Educación y ahora exigió el Ministerio de Justicia, decisión que calificó de “extorsionista” un dirigente de Likud. Netaniahu se rindió, al mismo tiempo que los del partido Likud advirtieron su venganza en tono amenazante. El primer ministro no tenía muchas opciones porque, según el derecho israelí, el dirigente de un partido que no logre formar gobierno dentro de las seis semanas luego de celebradas las elecciones no puede volver a intentarlo. De haber sido así, se le habría terminado la carrera política.

No era difícil quedar enredado en las maquinaciones de estos políticos y en el drama de ver cómo se rendía Netaniahu (el cual les da clase a los demás sobre cómo ser duro en las negociaciones y en el arte de gobernar) ante Bennet, y casi olvidarse de lo que representa este gobierno emergente. Representa la militancia intransigente con respecto a las fronteras de Israel, representa el hecho de apropiarse de las negociaciones con la Autoridad Palestina por derecho preferente, representa el hecho de darle trato preferencial a los israelíes judíos y representa la Kulturkampf contra los israelíes laicos. A ciertas personas a las que les importa la democracia liberal les resulta tan grotesco el panorama que están alentando a Itzjak Hertzog y al HaMajané HaTzioní para que se incorporen al gobierno en un futuro cercano y puedan neutralizar, para no decir reemplazar, a Bennet, algo que a Kahlon le gustaría mucho que hiciera Hertzog. (Gente interna del partido laborista me ha comunicado que Hertzog optaría por incorporarse al gobierno, pero que su compañera, Livni, se opone a dar tal paso. No está claro que Hertzog pueda cerrar un trato con Netaniahu sin alejar a gran parte de su lista de la Knéset, y a la mayoría de los grupos electorales más confiables del partido laborista, quienes quieren ver al gobierno de Netaniahu fracasar y quienes quieren ver que tome forma una nueva oposición).

Lamentablemente, Kahlon podría haberlo convertido a Hertzog en primer ministro, pero no tuvo la aptitud, ni el valor, de contribuir con la construcción de un gobierno laico y democrático que recurriera a los miembros árabes de la Knéset para ganar la mayoría de esta. Ahora que se encuentra en una posición de poder en un gobierno de derecha, es casi seguro que fuerce a la Knéset para que apruebe rápidamente sus reformas económicas. Cuando lo logre, es posible que piense en retirarse y es posible que piense en tirar abajo el gobierno. De lo que no se puede dudar es de lo frágil que es esta nueva coalición, de la cantidad de contradicciones que tiene y del asco que les produce a los líderes de las democracias occidentales de las cuales depende Israel. A menos que se desate una guerra, cosa que nunca impiden los aliados de Netaniahu, es difícil que pueda durar mucho tiempo.

Traducción al español: Rodrigo Varscher

 

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