Las instituciones judías bajo fuego

institucionesjudiasenbuenosairesokLa comunidad judía de la Argentina ha atravesado tiempos difíciles en el pasado. El antisemitismo de Tacuara en los ´60, el de la dictadura militar en los ´70, los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA

Sin embargo, lo que estamos viviendo ahora parece inédito: un ataque frontal, dirigido desde la cima del poder político y con apoyo de sectores judíos en contra de las instituciones más representativas ante el mundo no judío: la DAIA -el órgano político de la comunidad, que representa a sus instituciones- y la AMIA, reforzada -siquiera imaginariamente- como referente comunitario a partir de haber sido víctima del mayor atentado terrorista que sufriera una comunidad judía en todo el mundo de posguerra.

El hecho más reciente de la saga es la ruidosa renuncia del canciller argentino, Héctor Timerman, a su condición de socio de AMIA, acompañada de admoniciones de que la DAIA no hable en su nombre y acusaciones a ambas instituciones de obstruccionismo, de ser funcionales a ataques contra el país y de tener un pasado cuestionable. No es el primer hecho y, es de suponer que tampoco será el último, de una escalada cada vez más agresiva y peligrosa.

El desencadenante de esta batalla abierta ha sido el caso Nisman: su denuncia primero y su muerte no esclarecida después; el esfuerzo por desplazar a DAIA y AMIA de la representación de la comunidad judía, en cambio, no es nuevo y comenzó tan pronto como quedó claro que pese a la dependencia económica de la DAIA de los aportes oficiales, no podía contar con su seguidismo.

La comunidad judía, mayoritariamente solidaria con Israel, ha sido una espina para un proyecto político que buscaba alinearse con Venezuela, en el mismo espacio que en mayor o menor medida ocupan Bolivia y Ecuador, y que se veía obligado a un enfrentamiento con Teherán por la causa AMIA. Abundaron las señales tempranas y los pasos intermedios. Ya en su discurso ante la comunidad judía, poco antes de asumir su primer mandato como Presidente, Cristina Kirchner combinaba un mensaje de memoria por el Holocausto con sutiles críticas a una supuesta falta de compromiso comunitario con otras violaciones a los DDHH. La mayor parte de los judíos argentinos, embelesados por su facilidad de palabra e inteligencia y por la empatía superficial que parecía transmitir, pasaron por alto estas señales. Hacia fines de 2012, colocaría su alfil, el militante kirchnerista Jorge Elbaum, como canciller argentino en la Task Force internacional por la memoria del Holocausto; un mes después, Elbaum dejaría de ser Director Ejecutivo de DAIA y pasaría a trabajar full time para el proyecto político en el que parece creer y del que ahora depende su sustento. Dos meses después, significativamente el día internacional del recuerdo de la Shoá, se anunciaría la firma del Memorándum con el Estado que se enorgullece de su negación, promueve la destrucción del Estado de Israel y es sindicado como responsable, en sus más altas esferas, por los dos megaatentados en Buenos Aires.

La fase que estamos viviendo vino precedida por "fuego de artillería" a cargo del propio Elbaum en una serie de artículos publicados en Página 12 que apuntaban contra la representatividad de DAIA y AMIA y su supuesto compromiso político con la derecha local, seguida de un avance de blindados bajo la forma de un "Llamamiento a los argentinos de origen judío" que no se sienten representados por las instituciones comunitarias, y finalmente una denuncia de connivencia con los "fondos buitre" que litigan contra la Argentina.

Como no podría ser de otra forma, las denuncias de Elbaum –tomadas públicamente como propias por el gobierno-, se tradujeron en una denuncia penal de Labaké, un oscuro personaje de ultraderecha, ex abogado de Isabel Perón, defensor de uno de los imputados por el atentado, sostenedor de la tesis de que la bomba la puso Israel, e invitado casi diario en el canal C5N, propiedad del amigo del poder Cristóbal López. En paralelo, Elbaum festejaba la realización del Plenario del Llamamiento, donde abundó el folklore antiisraelí y se sentaron las bases para un proyecto de representación alternativo.

Entretanto, los judíos argentinos se dividen entre quienes empiezan a sobresaltarse y a ver los nubarrones en el cielo, los que estaban esperando que les asignaran, por fin, un puesto de combate en esta "campaña antiimperialista", los que huelen la maniobra pero sienten culpa porque "después de todo es cierto que hay problemas de representatividad", los que esperaban cambios en la comunidad y creen que esta empresa de demolición se los puede traer, y los que se ven tentados de lanzar por la borda, de una vez por todas, la mochila que significa la solidaridad con Israel. Pero esto ya se merece otra nota.

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