Mi ‘Aliá’: 50 años
Hoy es 12 de julio de 2026. Se cumplen cincuenta años que ‘hice aliá’. No puedo soslayarlo.
Por aquellos años ‘hacer aliá’ suponía algo definitivo. Se emigraba a Israel asumiendo que era para toda la vida, como proyecto final de vida. Con dieciocho años, mal podía uno saber que la vida da muchas vueltas; pero mi certeza, por ese entonces, era absoluta.
Diez años más tarde, en 1986, ya era papá en Uruguay (hoy también es el Día del Padre) y mi vida había cambiado de rumbo para siempre, como una nave espacial que se desvía de su trayectoria prevista.
De alguna manera, sin embargo, y siguiendo con la imagen espacial, mi órbita siempre giró en torno a Israel. Nunca terminé de irme. Nunca concilié mi condición de ‘iored’ (el que se va de Israel) con mi sueño de ‘olé’ (el que va a Israel).
Tensión o paradoja, así ha vivido estos cincuenta años.
Llegué a Israel en 1976 después de haber recorrido algo de Europa con una mochila al hombro y un presupuesto de diez dólares diarios. Llegué a Israel y atrás míos llegaron, por diferentes vías, mis pertenencias. Durante mis cinco años allí fui nómade: me mudaba cada fin de curso.
Tuve tres familias adoptivas durante esos cinco años: una era mi base, mi hogar, mi refugio, mis shabatot; otra era mi cena a la uruguaya semanal (viajaba 90’ de norte a sur de Tel-Aviv); y otra era mi destino al finalizar Shabat, al corazón de la ciudad, Dizengoff, donde me recibían con té y torta. Luego iniciaba mi periplo por la ciudad: bulevar Rostchild, la Plaza Atarim…
Hasta el día de hoy visito esas familias, religiosamente, cada vez que llego a Israel.
Cultivé y gané amigos para toda la vida: algunos muy cercanos y presentes, otros que ya son más bien recuerdos, algunos que veo cada tanto. A todos los quise profundamente, cada uno ha sido una referencia de mi vida, están presentes en mi memoria afectiva y sensorial.
Fue un tiempo de amores: alguno tormentoso, otros sosegados, otros desafiantes, todos memorables. Nunca dejé de estar en contacto ni con amig@s ni con amores. Como diría Carson en ‘Downton Abbey’, ¿qué es la vida sino ‘la adquisición de recuerdos’? Es lo que nos queda.
Tuve el desafío y el privilegio de estudiar con las mentes más brillantes de la época en materia de Literatura, Lingüística, y Semiótica, además de adentrarme en el vasto mundo de la literatura anglosajona, al tiempo que intentaba, sin éxito, escribir mi gran ‘paper’ sobre ‘Cien Años de Soledad’. Valió la pena el esfuerzo. Aún la sigo releyendo.
El signo, el recurso literario, el ordenamiento de la palabra en el tiempo, la simultaneidad de la poesía como género, personajes como Humbert Humbert, Mr. Knightley, Mr. Darcy, autores como John Donne y los poetas metafísicos del siglo XVII, Shakespeare, T.S. Eliot, y James Joyce y sus epifanías, así como las soledades del héroe arquetípico estadounidense que comprendí en ‘Moby Dick’ fueron y serán para siempre parte de mi conversación, mi forma de percibir el mundo.
Muchas otras ‘porfías’ (véase Borges) me han ocupado estos cincuenta años transcurridos, y todas me han enriquecido. Cultivé mi pasión por los perros de raza pura desde la experiencia hasta el desafío artístico e intelectual. Transformé mi malogrado sionismo en una vocación judía profunda y vasta que hoy ocupa buena parte de mi vida y me desafía cada día. Nada de todo esto sería si aquella ‘aliá’ de hace cincuenta años no hubiera sucedido. Veo el mundo a través de ese lente.
Tengo un hogar tan judío como sionista. Tengo dos hijos que también hicieron su ‘aliá’ (los años no pasan en vano, las experiencias son otras) y han formado familias comprometidas con su identidad como judíos y sionistas. No sé qué será de mis nietos. No estaré para verlo y todo ha cambiado demasiado en los últimos veinte años. A mí todavía me pesan más los recuerdos y sueños de hace cincuenta años que esta realidad tan compleja, desafiante, e incierta.
Últimamente he insistido mucho con mi percepción de que mi relato sionista se estaba haciendo trizas a raíz de la crisis institucional en Israel, las profundas divisiones en el pueblo judío y en Israel específicamente, y el 7 de octubre y todo lo que le siguió. No voy a renegar ahora de mi percepción.
Sin embargo, voy a permitirme, en lugar del dolor y el enojo, un día, una semana, un mes, un tiempo de misericordia. Empieza el mes de Av y su ambigüedad entre el duelo y el consuelo. El 12 de julio de 2026, a cincuenta años de hacerme oficialmente y para siempre israelí en el aeropuerto de Ben-Gurión, más vale que el recuerdo sea sanador.
Porque en última instancia, soy lo que soy por la suma de decisiones que he tomado en mi vida. Y aquella fue la primera de una no tan extensa pero sí intensa cadena de decisiones. Después de todo, los cincuenta años de mi ‘aliá’ son los cincuenta años centrales y productivos de la vida.