De Purim a Pesaj

Los judíos estamos acostumbrados a hacer ‘jeshbon nefesh’ (balance personal) a partir del mes hebreo de Tishrei y hasta el momento culminante en Iom Kipur, día en que nos ‘jugamos’ todo.

La clásica pregunta de Pesaj, ‘¿Qué cambia esta noche de todas las noches?’ bien podría ser una variable más lúdica de un balance. Siempre llega un mes después de Purim, cuando realmente nuestro destino (¿azarosamente?) se dio vuelta (‘pur’).

Salimos airosos: de lo contrario no estaríamos escribiendo estas líneas.

Este año 2026 (5786) el tiempo entre Purim y Pesaj habrá sido tomado por la guerra. Esa guerra que Netanyahu se empeña en denominar ‘León Rugiente’ y Trump ‘Furia Épica’. Ninguna de esas denominaciones connota un espacio de reflexión. Y sin embargo, es lo que propongo ahora.

Respecto al ‘final’ de la guerra o las operaciones militares, respecto al cambio de régimen en Irán, no tengo nada que decir. Nadie debería decir nada. Dudo que Trump y Netanyahu lo sepan.

Lo que sí es cierto e inevitable (a menos que haya un golpe de Estado en los EEUU o en Israel) es que en ambos países habrá elecciones. Ambos se juegan su destino: los EEUU en términos relativos (limitar, o no, a Trump en sus segundos dos años de mandato o pensar una alternativa para 2028); Israel en términos absolutos: es cambio de gobierno o cambio de régimen político.

Las elecciones en Israel son las más trascendentes y las más inciertas de su historia. Pese a la masacre y el desastre de #Oct7 el Likud de Netanyahu sigue siendo el partido con más votos en las encuestas; pero su bloque de derecha y partidos religiosos ha perdido votos (vía el Sionismo Religioso). Del lado de ‘la Oposición’ unos crecen (Benet, Hademokratim), otros se mantienen (Israel Beiteinu, Iashar), otros decrecen (Iesh Atid) y otros desaparecen (Azul & Blanco). Los dos partidos árabes suman diez escaños. Ninguno de los bloques suma mayoría parlamentaria.

Una cierta lógica histórica, pura fantasía según los datos de hoy, diría que Netanyahu y su bloque deberían perder, si no por paliza, en forma contundente. Pero no hay lógica en Israel: hay pasiones, historia, etnias, y trauma. Es muy difícil torcer el destino de una nación que ha sido pautado a lo largo de su historia por valores que han demostrado impotencia frente a las amenazas circundantes. El instinto de supervivencia juega a favor de Netanyahu. Tal vez no gane, pero seguirá siendo el político más poderoso de Israel.

Si Benet y la Oposición se alzaran con más de sesenta y un escaños sería un milagro digno del próximo Janucá. Pero sesenta y uno no es suficiente: con ese número su gobierno ya cayó en 2022 a manos de Netanyahu. Porque se puede encontrar un traidor, pero es mucho más difícil encontrar dos o tres. De hecho, nadie los ha podido hallar en esto cuatro años…

Netanyahu por si sólo es más fuerte que la suma de sus opositores.

El problema es que un nuevo gobierno siquiera parecido al actual supondría el final definitivo del Israel que hemos conocido y amado durante más de setenta años. Así como no tendremos lugar en el Kotel si se aprueba la actual ley en proceso de votación, no tendremos lugar en el país. Los israelíes de a pie trabajarán y morirán por judíos sentados en las Ieshivot. Minorías estrechas dictarán la forma de vida de quienes elijan quedarse. El fanatismo no hará caer un templo pero hará caer el proyecto que sostuvo la identidad de los judíos en todo el mundo.

Se cumplirá la frustrada ‘atadura de Itzjak’ en el Génesis: unos sacrificarán su propia descendencia en aras del fanatismo de otros; no habrá borrego alternativo.

La guerra con Irán terminará, eventualmente, a diferencia de la guerra en Gaza. Habrá elecciones en Israel, esperamos. La capacidad militar no está en discusión. Lo que está ‘en juego’ (y no es póker) es el destino ético, moral, y pragmático del Estado de Israel, El Estado de todos los judíos.