¿Anti-Sionista o Antisemita?
Lic. David Telias especial para TuMeser, 15 de febrero de 2026
El 7 de octubre de 2023 no sólo es una fecha histórica para la geopolítica del Medio Oriente y cuánto ésta a su vez afecta al resto del mundo, sino que es el fin de un período histórico en cuanto al relacionamiento entre el judaísmo y la sociedad occidental.
Desde la Segunda Guerra Mundial y por unos 80 años los judíos vivimos una especie de luna de miel generada por el cargo de conciencia de occidente respecto a la Shoá. No porque el antisemitismo hubiese dejado de existir, sino porque había rebasado el límite de lo tolerable para la cultura occidental moderna. Era la conciencia colectiva enfrentada a si misma al haber sido culpable de un crimen de dimensiones moralmente inaceptables.
Así es que durante algunas décadas el trato que se le dio a la minoría judía en cada sociedad de occidente de algún modo reflejaba el nivel de desarrollo cultural y principalmente ético y moral de ésta, con relación a la evolución respecto a la primera mitad del siglo XX.
A nivel político internacional, el derecho a la creación y existencia del Estado de Israel reconocido por la mayoría de los países de occidente intentaba compensar la indiferencia que los estados beligerantes durante la Segunda Guerra Mundial tuvieron hacia los judíos como víctimas civiles predilectas del enemigo. Y desde Europa, Estados Unidos y América Latina se avanzó en legislación antirracista, en algún caso incluso penando hasta el derecho a expresión si se usa por ejemplo para negar la veracidad de la Shoá, en tanto se entiende como incitador de antisemitismo.
En los años 60 la Iglesia Católica a través de Nostra Aetate y, junto con ella el mundo cristiano en general recompuso formalmente las relaciones entre el cristianismo y los judíos, reconociendo la falsedad del relato del deicidio y creando instituciones internacionales de promoción del vínculo positivo entre cristianos y judíos.
La creación del Estado de Israel llevó el “problema judío” (así se referían al antisemitismo en occidente entre el siglo XIX e inicios del XX) a Medio Oriente.
En esa región del mundo en la que los judíos habitaban desde siempre (allí nació el judaísmo y allí estuvo siempre a pesar de su diáspora) el dominio musulmán los trataba como dhimmis. Junto con el cristianismo y el zoroastrismo, al ser “pueblos del libro”, se les protegía como minorías, se les cobraba el impuesto respectivo por ello y mientras no se excediesen en ostentación de riqueza o poder, su vida en paz estaba garantizada.
Autogobernarse, tener un Estado propio por parte de un dhimmi no es algo aceptable incluso hoy para la cultura islámica, y esto obviamente puede ayudarnos a entender un poco más por qué el conflicto árabe – israelí parece ser irresoluble. Pero no vamos a entrar en eso ahora.
El mundo árabe musulmán entendió muy bien que el apoyo a la creación y existencia del Estado de Israel por parte de occidente no era otra cosa que intentar limpiar su cargo de conciencia por la barbaridad de la Shoá, Conoce la cultura occidental mucho mejor que lo que occidente conoce o quiere conocer al mundo árabe, y siempre supo que el prejuicio antisemita no ha dejado de existir aunque su nivel de expresión haya bajado sensiblemente. Siempre supo que occidente no empezó de un día para el otro a querer a los judíos, sino que apenas ha intentado dejar de odiarlos para exculparse.
Es así que, una vez que el Estado de Israel se estableció y los líderes árabes entendieron que no sería mediante la guerra que lo podrían eliminar, comenzaron de inmediato una campaña antisemita que sabían que en el mediano y largo plazo les daría el resultado esperado. Transformarían el antisemitismo en anti-sionismo. Hiriendo la conciencia colectiva de occidente.
Necesitaban para eso una víctima, y crearon al pueblo palestino. Que dejaron de ser árabes, que bien podrían ser sirios, jordanos, libaneses o egipcios, para ser palestinos, y esencialmente refugiados. Desterrados, exiliados en su propio suelo, sumergidos en la pobreza y la marginación política internacional. Utilizaron incluso para eso al propio sistema internacional que recién nacía creando la UNRWA. Una agencia que solamente estaría al servicio de la causa árabe, ocupándose de legitimar y perpetuar el dolor de las más de 700 mil personas (y su descendencia) directamente afectadas por el nacimiento del Estado judío. Lejos de integrarlos a las sociedades que también apenas se estaban formando en cada uno de esos países, las perpetuaron como víctimas de Israel, sabedores que en algún momento occidente debería replantearse el cargo de conciencia histórico y llegar a preguntarse si no fue peor el remedio que la enfermedad.
La invención del pueblo palestino por parte del mundo árabe creó una víctima: el palestino; y un verdugo: el sionismo.
A fines de 1975 los países árabes lograron que la Asamblea General de una ya muy desprestigiada ONU emitiese la declaración 3379, en la que equiparaba al sionismo con el apartheid sudafricano y lo declaraba una forma de racismo. En 1991 la revocó con la resolución 46/86. Para darse cuenta de la dimensión, la resolución 3379 tiene cuatro párrafos de fundamentos ridículos. La 46/86 solo dice: La Asamblea General Decide revocar la determinación que figura en su resolución 3379 (XXX), de 10 de noviembre de 1975.
Luego vino la primera intifada de 1987. Mostrar al poderoso ejército judío – sionista – asesinando niños, mujeres, ancianos una y otra vez. Una enrome y efectiva propaganda de deslegitimación que, aunque permanentemente deja en evidencia sus mentiras, utiliza el prejuicio antisemita arraigado en el inconsciente colectivo occidental para transformarse en verdad.
Así, en unas pocas décadas el mundo árabe transformó el anti-sionismo en una causa válida, legítima. Y con eso construyó un nuevo antisemitismo. Ahora político. La frase “no soy antisemita, soy antisionista” se legitimó en todo occidente.
De esta forma al pueblo judío es el único sobre el cual es legítimo negarle el derecho a la autodeterminación. Porque eso es el anti-sionismo. Negarle a los judíos lo que se le permite a cualquier otro. Es decir: antisemitismo.
Los acuerdos de paz de los años 90 del siglo pasado de algún modo fueron mitigando esta situación. Principalmente porque emergió una parte del pueblo palestino que reconoció al Estado de Israel y con ello obvia e implícitamente al sionismo: su movimiento creador. Pero no lo erradicaron. De hecho hasta el día de hoy, incluso en los acuerdos de paz firmados con Egipto y Jordania, no existe referencia a la condición judía del Estado de Israel, aunque ellos sí se reconocen como estados musulmanes. Es decir, se le sigue negando a los judíos el derecho a tener su Estado.
Esta dualidad ha recorrido lo que va del siglo XXI. El mundo árabe avanza en el reconocimiento a Israel como país mientras, al mismo tiempo, principalmente ahora los grupos islamistas se ocupan de mostrar al sionismo como un verdugo implacable. Generan conflictos en los que sacrifican a su gente – y en lo posible matan algún judío también – para que la imagen sea del ahora muy poderoso David contra un débil Goliat.
El 7 de octubre de 2023 fue el cenit de esta campaña. Y mostró toda la efectividad del trabajo que desde hacía décadas se realizaba. Las pocas y en muchos casos tardías condenas a lo ocurrido ese día son una prueba.
Por eso en estos dos últimos años la palabra “anti-sionista” se ha legitimado absolutamente, y el antisemitismo ha crecido en forma exponencial. Ahora atacan judíos, porque “son sionistas”.
Ser antisemita y ser antisionista es exactamente lo mismo. De eso no deben quedar dudas, no se puede ser una cosa sin ser la otra.
Podrá gustar o no el gobierno de Israel. Se puede estar de acuerdo o no con la forma en que Israel llevó adelante una guerra de la que el responsable principal es Hamas, luego el mundo árabe y recién después el Estado judío.
Pero eso es muy distinto a negarle a un pueblo el derecho que se le reconoce a otros. Si se hace eso, y el pueblo al que se le niega es el judío, entonces es antisemitismo.