‘Trumá’

palabras de Torá de Hori Sherem en Kabalat Shabat en NCI Montevideo el 20 de febrero de 2026

Truma viene de la raíz “rum”, que significa elevar. Una trumá es una donación. Pero no cualquier donación. Es algo que a uno le importa pero aun así se desprende de eso para consagrarlo.

La parashá (porción semanal de la Torá) comienza así: “Veikjú li trumá… me’et kol ish asher idvenu libó”. “Traigan para Mí una ofrenda… de toda persona cuyo corazón lo motive.”

Estamos en el desierto. El pueblo acaba de salir de Egipto. No tienen tierra.  No tienen ciudad. No tienen templo. Dios les pide algo inesperado: construir un Mishkán, un santuario móvil, un templo portátil que los acompañe en el camino. No es todavía el gran templo de Ierushalaim. Es una estructura que se arma y se desarma. Que viaja con el pueblo. Que se instala en cada campamento. Un santuario que no pertenece a una geografía, sino a una comunidad en movimiento.

Para construirlo, la Torá enumera materiales: oro, plata, cobre, telas azules y púrpuras, maderas, aceites, especias. Arquitectura sagrada. Pero en el fondo, la condición no es económica. La condición es emocional: el pueblo debía donar lo que el corazón lo impulse. No dice “de todo aquel que tenga”. No dice “de todo aquel que pueda”. Dice: que el espacio comunitario se construye con el corazón.

Pienso en la parashá y pienso en nuestra comunidad, nuestro Mishkán. Miren lo que está pasando hoy: Hay una familia celebrando un Bar Mitzvá. Hay una familia atravesando el dolor de una perdida. Hay jóvenes que regresaron de un viaje que los transformó. Hay jóvenes que están por irse llenos de sueños, de miedos, de expectativas.
Hay quienes vienen todos los Shabatot. Y hay quienes vienen hoy porque la vida los trajo. ¿Puede haber mayor diversidad emocional que está? Alegría y duelo. Partida y regreso. Celebración y silencio. Rutina y descubrimiento. Estamos todos bajo el mismo techo.  Eso es un Mishkán.

En el desierto, el pueblo tampoco era homogéneo. Había quienes venían entusiasmados. Había quienes todavía dudaban. Había quienes extrañaban Egipto. Había quienes estaban listos para avanzar. El Mishkán no se construyó con gente perfecta. Se construyó con gente real. Cada uno aportó algo distinto: Oro, madera, telas, talento, tiempo. Y algunos aportaron lágrimas. Porque también las lágrimas construyen santuario.

Hoy hay quienes están acá con el corazón expansivo. Celebrando. Hay quienes están con el corazón frágil. Recordando La Torá no exige que todos aporten lo mismo. Solo pide que cada uno aporte desde su corazón. Eso cambia todo. Porque una comunidad no se construye por uniformidad. Se construye por suma de diferencias.

Más adelante la parashá dice: “Veasú li mikdash, veshajanti betojam
“Y harán para Mí un santuario, y habitaré en medio de ellos”. No dice “en medio del santuario”. Dice “en medio de ellos”. Dios no habita en el edificio. Habita en el espacio que se crea cuando corazones distintos deciden permanecer juntos. O como diría Martin Buber, Dios está en el encuentro entre el yo y el tú.

El Mishkán del desierto era portátil. Se armaba y se desarmaba. Como nosotros. Esta comunidad también es móvil. Crece. Viaja. Vuelve. Celebra. Llora. Se transforma.

Tal vez el mensaje más profundo del texto sea este: un espacio sagrado no se construye con paredes, se construye con el corazón. Cada uno llegó hoy por un motivo distinto. Pero todos podemos preguntarnos lo mismo: ¿Qué trumá estoy trayendo hoy? ¿Mi entusiasmo? ¿Mi dolor? ¿Mi aprendizaje? ¿Mi silencio? ¿Mi proyecto? ¿Mi fidelidad cotidiana? Porque incluso el que viene “porque siempre viene” está aportando estabilidad: eso vale oro.

El Mishkán no fue construido por un héroe. Fue construido por un pueblo. Quizá ese es el secreto de toda comunidad viva: no esperar que uno sostenga todo, sino entender que cada uno sostiene una parte. Hoy, mientras celebramos, acompañamos, despedimos y recibimos, podemos recordar que este lugar no se sostiene por estructuras arquitectónicas solamente.

Se sostiene porque hay corazones que siguen eligiendo elevar algo de sí.

Cuando corazones distintos laten bajo un mismo techo, nos enseña la Torá, Dios está ahí, habitando entre nosotros.

Shabat Shalom