El Desorden Mundial
Lic. David Telias, especial para TuMeser, enero de 2026
Mientras escribo esto se desarrolla la última jornada del Foro Económico Mundial de Davos 2026 que seguramente quedará signado por lo que fue el discurso del Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, el 20 de enero en la Asamblea General de dicho evento.
Entre las muchas cosas interesantes que dijo, hay una frase que circula por las redes y que de alguna manera refleja el espíritu del discurso: “Sabemos que el antiguo orden no volverá. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia.”
Entre reacciones diversas la frase escandaliza a muchos que interpretan que hemos quedado a la deriva de la voluntad de los poderosos. Pero no han prestado atención -quizás porque esta parte la dijo en francés – al comienzo de su discurso:
“Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de una ficción agradable y del comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción.”
La palabra clave aquí es “ficción”. El orden mundial pos segunda guerra mundial ha sido siempre una ficción y no una realidad. Siempre supimos que la geopolítica de las grandes potencias no estaba sometida a ninguna restricción. El llamado “derecho internacional” es una utopía que el mundo nunca alcanzó.
Las relaciones internacionales modernas comenzaron al principio del siglo XIX, el Congreso de Viena de 1814/15 suele tomarse como su inicio, y por encima de todo lo que allí se definió en materia de acuerdos, lo que aparecía claro era que la paz en Europa – necesaria en aquel momento para el mejor desarrollo de la Revolución Industrial – solo se podía lograr con un equilibrio de poder entre las potencias. Ese equilibrio se rompió con las guerras mundiales del siglo XX y a partir de ellas se intentó crear un sistema internacional nuevo que no dependiera del equilibrio de poder entre los Estados, sino de la limitación de éstos a través de la ley.
Pero esto nunca ocurrió por dos razones: a) como explica Calvocoressi: “Mientras el estado siguiese siendo el elemento básico de la sociedad internacional, la preservación del orden mundial y la eliminación de la guerra sólo podía garantizarlas el más poderoso de los estados.” (1987, p.108), y b) porque el propio sistema de Naciones Unidas, de idea y construcción totalmente norteamericana, estaba inspirado en los valores que dieron nacimiento a los Estados Unidos en 1776, es decir la libertad y la democracia. Por lo tanto, la supervivencia de este sistema dependía de lo que en 1945 se creía que era un hecho: el crecimiento y amplificación de la democracia liberal en el mundo.
Si los estados no son democráticos, no hay derecho internacional que valga, y ahí está la clave.
Los 45 años siguientes el mundo se dividió básicamente en dos grandes bloques, con espacios en disputa aunque muy medidos para no romper el equilibrio entre las dos grandes potencias. Fue lo que Hobsbawm calificó como el congelamiento de la situación geopolítica mundial. Allí el derecho internacional no era más que el acuerdo entre las potencias, se aplicaba en la medida en que mantuviese el equilibrio entre ellas y solo si lo mantenía. En caso contrario, siempre se podía argumentar la primacía de un derecho favorable al interés de la potencia (Vietnam, Praga, Tibet, etc.).
La caída del bloque comunista reabrió la ilusión de que el mundo definitivamente se encaminase a la democracia, y con eso, el derecho internacional pudiese prevalecer. Ya no sería una “paz fría” sino una paz verdadera, basada en el respeto a la integridad del individuo y los derechos humanos.
Sin embargo la democracia ha vuelto a mostrar la brecha entre sus aspiraciones y la realidad El régimen comunista chino sigue lo más campante y tiene cada vez más peso internacional. Las antiguas dictaduras comunistas de Europa hoy son en su mayoría autocracias u oligarquías, regímenes híbridos que están muy lejos de una democracia liberal. De África ni hablemos y en el Medio Oriente, al que el fin de la Guerra Fría parecía abrirle un camino hacia la paz, con la excepción de Israel, solo hay monarquías, oligarquías, dictaduras militares o directamente estados fallidos. En la cultura árabe islámica, la palabra democracia no aparece en el diccionario.
¿Y hacia dónde vamos?
Carney en su discurso cita a Alexander Sutbb y el realismo basado en valores.
Ya sabemos que el derecho internacional no puede aplicarse allí donde el derecho no es más que el capricho de un rey, un autócrata o dictador. Ya no se pretende obligarlos a democratizarse para que liberen así su comercio y poder tener con ellos una estabilidad comercial que garantice que Canadá pueda seguir la senda del desarrollo. Se trata de ser socios comerciales más allá de cómo traten a su gente, para que cada uno pueda tratar a la suya en la forma en que lo quiera hacer.
No interesa la democracia en Venezuela o en Irán, sino que su petróleo esté disponible en los mercados internacionales a precios previsibles y manejables para la economía internacional. Y así con todos y cada uno de los países del mundo.
El sistema internacional ya no es político, sino comercial. El único derecho que prima es el del mercado. Quien no se alinea al mercado sufre las consecuencias.
Y la verdad es que así fue siempre, desde el Congreso de Viena de 1814/15 que garantizó a Gran Bretaña 70 años de paz en Europa que le permitieron construir su imperio de ultramar, pasando por la Organización de las Naciones Unidas, que sólo ha logrado crear un sistema burocrático internacional que mueve ingentes cantidades de dinero y le permite vivir de eso a miles de inútiles privilegiados.
La globalización de la economía genera las relaciones internacionales verdaderas, las que cambian el mundo, las que definen el destino de la humanidad.
El propio Foro de Davos es un ejemplo de ello. Si el sistema internacional hubiese sido útil, discursos como los de Carney se darían en el seno de la Asamblea General de ONU o la reunión anual de la Organización Mundial de Comercio (OMC), y no en un foro económico mundial que se creó en 1971 (antes incluso que la formalización de la OMC) y es mucho más relevante para los destinos del planeta que cualquier organismo internacional.
En el Foro de Davos, más allá de que alguna vez algún líder político aparezca con un discurso como el de Mark Carney, lo importante es lo que los empresarios más grandes del planeta les dicen a los líderes que van allí para escucharlos.
En 1945 se creía que el fracaso de la Liga o Sociedad de Naciones había estado en no lograr separar los intereses del desarrollo económico, con el desarrollo político hacia la democracia, junto con la falta de equilibro geopolítico (Gran Bretaña había quedado como la única potencia participante de ese sistema por distintas razones). Por eso es que en paralelo a la ONU, se firmaron los acuerdos de Bretton Woods, creando el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. La economía tendría sus relaciones internacionales, y la política las suyas. Intentando que ambas compartan los valores del liberalismo y la democracia liberal.
Qué pasó con la ONU y sus valores ya lo dijimos. Del desarrollo de la economía en estos 80 años no hace falta explicar mucho. La globalización lo ha podido todo, y los únicos valores que juegan en ese mundo son los del mercado.
Creo sinceramente que al realismo pragmático es a lo máximo que podemos aspirar. Abrir los mercados, jugar el juego de la economía, y que en ese marco, cada país soberanamente se dé el modelo político que mejor le cuadre. Seguramente, mientras cumpla con los requisitos del mercado global, ninguna potencia va a intervenir en su modelo, si no lo hace, sufrirá las consecuencias, y estas serán desde quedar aislado, hasta ser invadido y obligado a ofrecer sus recursos al mercado.
Las relaciones internacionales del siglo XXI serán abiertamente económicas o volveremos al estado de guerra permanente en el que vivió la humanidad hasta el siglo XVIII.
Occidente debe entender lo que Eric Xun Li (Li Shimo en China) viene denunciando hace casi una década. Nuestro afán por expandir la democracia no hace más que degradarla. Sepamos que por lo menos para más de 3 mil millones de personas en el planeta no es una opción de vida política.
Las instituciones internacionales del futuro ya no tendrán objetivos políticos, sino comerciales. Aunque esté dirigidas por políticos. La primera ya propuesta en ese sentido es la Junta de Paz (BoP por sus siglas en inglés) creada por Trump para la reconstrucción de Gaza.
La integración de los palestinos al mundo, con Estado propio o sin él, será a través de la economía, no de la política.
¿Dará esto resultado o mis nietos dentro de 80 años estarán viviendo el fracaso del nuevo sistema? No lo sé. Lo que sí sé, es que al menos es mucho más real y transparente que lo que se creó en 1945.