Irán, o un viaje en la memoria

A raíz de los acontecimientos en Irán, cuya dimensión y expectativa dependen mucho de la mirada del observador, la memoria me retrotrajo la friolera de cincuenta años. Si el régimen de los ayatolas cae, habré sido testigo de su irresistible ascenso y su trabajosa caída. Otra de las sorpresas que me ha dado la vida cuando me apresto a entrar en mi penúltimo decenio: #Oct7 e Irán.

La diferencia es que yo no viví el nacimiento y florecimiento del proyecto sionista, sino que soy producto del mismo. Acaso esté siendo testigo de su profunda transformación, a tal punto que mi generación ya esté teniendo problemas en reconocerlo como tal. Si algún día llegase a poder conversar sobre el tema con alguno de mis nietos, probablemente, como aquel midrash de Moshé Rabeinu en el Talmud (Berajot 29b), no nos entenderíamos. Sólo espero sentirme tan orgulloso como Moshé ante la supervivencia de su Torá…

Hace cincuenta años pasé un cuatrimestre en Inglaterra estudiando inglés. Me alojaba en la casa de una mujer que alquilaba cuartos a estudiantes extranjeros en la ciudad de Bournemouth, por ese entonces el centro ‘académico’ de inglés para extranjeros, exceptuando la abrumadora Londres. Compartía la mesa de las comidas con dos estudiantes iraníes. El yerno de la dueña de casa, y padre de su futura nieta, también era iraní. Evidentemente, iraníes ricos afines al régimen del Sha.

Un día el yerno iraní me hace una propuesta jugada: manejar un auto de alta gama desde Inglaterra a Irán. Si bien decliné amablemente, recuerdo que la propuesta me tentó: yo era un novel chofer (no tenía todavía diecinueve años), ansias de independencia económica, y cierta curiosidad por conocer el mundo. Si bien no era un experto ni mucho menos, la intuición me indicó que el desafío no era para mí. Además de atravesar la ‘Cortina de Hierro’ (de Europa Occidental a Europa Oriental), suponía atravesar toda Turquía. Todavía no se había estrenado ‘Midnight Express’ (1978) pero cuando la vi confirmó con creces lo acertado de mi intuición.

Muchos años más tarde leería la novela de Noah Gordon ‘El Médico’ (1986), una extensa ‘road novel’ que cubre desde Londres hasta Isfahán en la búsqueda personal del protagonista Rob J. Cole. A raíz de mi viaje que no fue, recuerdo que tres elementos me fascinaron de la ambiciosa  novela: las recetas del mentor del imberbe Rob, Barber; la travesía hasta su destino final; y la despedida de su artificial condición de judío al final de la novela.

Las recetas de Barber son la antítesis de la cocina ‘kosher’ en una trama que pondrá al protagonista siempre al límite, como la vida misma nos pone, como judíos, a cada uno; el último judío que Rob encuentra y su epifanía de que nunca más rezará las oraciones matinales nos confronta con la fragilidad y coyuntura de ciertas tradiciones. El viaje en sí, su encuentro con judíos recelosos pero amables, el valor de la hospitalidad y preceptos judíos, nos confrontan con nuestro viaje interior como tales. ‘El Médico’ me permitió realizar el viaje que no había hecho veinte años atrás: el físico a través de la ficción, el interior en mi propio derrotero personal como judío.

En estos días las redes sociales nos traen la famosa entrevista de Oriana Fallaci al Ayatolá Jomeini en Qom en 1979, poco después de la caída del Sha y la instalación del régimen de los ayatolás. Todos destacan su heroísmo al afrontar, ya entonces, el tema de la mujer y no sólo quitarse sino arrojarle el ‘chador’ en la cara, lo cual dio por terminada la entrevista (algún tiempo más tarde tal vez no hubiera salido viva de Irán).

El Irán del Sha es una suerte de paraíso perdido para muchos judíos e israelíes que todavía pueden recordar aquel tiempo. El irresistible ascenso de Jomeini abrió las puertas al fanatismo islámico en todas sus versiones. Tal vez dos de sus puntos culminantes fueron el 9-11 en los EEUU y #Oct7 en Israel. Hoy muchos están celebrando con demasiada antelación la caída de un régimen que lleva casi cincuenta años en el poder, como si medio siglo pudieran borrarse de un plumazo. Cayó el Muro de Berlín en 1999 y con él la Unión Soviética y sus satélites, pero no cayó Rusia: sea el Zar, sea Stalin, sea Putin, Rusia siempre es Rusia. Sobre Irán, no sabemos.

En un año de gobierno el presidente Trump ha liberado los últimos veinte rehenes vivos de Gaza, ha derrocado a Maduro, está obligando a rendirse a Zelensky, y amenazando a Europa con quedarse con Groenlandia. Sin embargo, los golpes magistrales y espectaculares no son garantía de un nuevo orden. El ‘chador’ que la Fallaci le tiró en la cara a Jomeini no torció la historia; la hizo famosa y probablemente vendió muchos libros. Tal vez Trump gane el Premio Nobel de la Paz en algún momento, aunque Europa lo aborrece. Tal vez caiga el régimen de los ayatolás como ‘cayó’ el régimen de Maduro. ¿Cayó?

No tengo cincuenta años más por delante para ver con mis propios ojos como una tormenta se inicia, llega a su apogeo, y más tarde o más temprano se rinde ante climas más benignos. Una tormenta siempre hace estragos y siempre deja huellas en la superficie. Nada pasa en vano. Si después de #Oct7 Israel no está en condiciones de asegurar que en las próximas elecciones no se forme un nuevo gobierno de Netanyahu, ser escéptico y prudente parece ser lo prudente, valga la redundancia.

Lo único cierto es que el mundo ya no es el de Robert J. Cole, ‘El Médico’, en el siglo XI. Nadie puede ‘desaparecer’ e ignorar las grandes fuerzas que mueven a la humanidad como lo hace en las tierras altas de Escocia el personaje central de la novela. Acaso todos tengamos un ‘paraíso perdido’ al que queremos retornar, pero en el siglo XXI nadie puede simplemente morir de viejo en algún rincón recóndito del mundo; y además, ignorante. Seguramente sabremos muchas cosas que antes no sabíamos pero que tal vez no quisiéramos saber. La única certeza es que no viviremos para siempre.

También esto pasará.