Entre veranos y liderazgos
Por ser época de vacaciones (Enero y Febrero) aquí en el hemisferio sur, cada año nos perdernos el libro de Éxodo (Shmot) que narra desde la saga fundacional de nuestro pueblo con el nacimiento de Moshé, su contexto, y su designación como liberador, hasta la entrega de la Torá en Sinai y todos los preceptos sobre su conservación y cumplimiento. Nada menos.
Cuando volvemos a nuestras rutinas el ciclo de lectura anual nos habla de sacrificios y ofrendas en el libro de Levítico. Los rabinos tienen el tremendo desafío de traducir a términos actuales estos preceptos rituales y anacrónicos. En suma, nos perdimos la mejor parte: cómo vinimos a ser lo que somos. Sea que pensemos en los ‘nombres’ (shemot), sea que pensemos en el eterno ‘éxodo’ que nos define.
Más allá de la lectura anual de la Torá, 5786 ha traído consigo desafíos actuales y presentes. No bien terminábamos el ciclo anterior y empezábamos la lectura desde ‘el principio’ (Bereshit), celebrábamos la liberación de los últimos veinte rehenes vivos en Gaza y el comienzo del regreso de otros veintiocho muertos. A estos días queda un solo cuerpo por volver; el nuevo principio todavía no está del todo completo.
Parashat ‘Shmot’, que leímos el shabat pasado, narra, básicamente, el nacimiento y supervivencia casi milagrosa del mayor líder del pueblo judío en toda su historia: Moshé. A lo largo de los siguientes cuatro libros su personalidad, sus conflictos, su ira y su compasión, sus dudas y sus miedos, sus certezas y su pragmatismo, dibujarán un líder que crece en sabiduría y humildad. Su muerte silenciosa y su paradero misterioso lo engrandecerán aún más. Moshé se irá ‘por la puerta de atrás’ y dejará encaminado el rumbo para cruzar el Jordán y hacerse cargo de la promesa: entrar en La Tierra.
Los liderazgos actuales, en todos los niveles, parecen tener una enorme resistencia, por no decir una muy determinada negativa, en dejar sus liderazgos, oportunamente bien obtenidos, en manos de nuevas generaciones y capacidades. En el caso de Israel-Estado, 5786 ya es un año electoral. Las redes sociales nos inundan con especulación y propaganda político-partidaria aunque todavía las listas no estén armadas ni las alianzas concretadas. Las encuestas nos dan pronósticos en base a datos parciales o que todavía no existen.
Esto es posible porque en realidad, y como lo ha sido desde hace unos ocho años, todo el asunto se reduce a desplazar a Netanyahu del poder. Meta curiosa si se tiene en consideración que #Oct7 sucedió en su guardia, bajo su mando, y junto con él bajo el mando de todo este gobierno de ultra-derecha que desde el primer día intentó una suerte de ‘golpe’ (de gracia) a una democracia demasiado fragmentada. No sería demasiado difícil desplazarlo. Y sin embargo…
El golpe vino del enemigo jurado, del Amalec de turno cuya memoria no sólo no borramos sino que subestimamos: Hamás. Y detrás suyo Hizbolá, los Houtíes, e Irán. Llevó año y medio neutralizar la amenaza, y todavía hay tarea pendiente. La liberación de los rehenes, el retiro a líneas un poco menos expuestas, y la baja de la intensidad de las batallas, en especial en el contexto internacional actual (debido a las otras ‘causas’ del señor Trump), nos han dado un cierto respiro.
Es todo una ilusión. Nada volverá a encarrilarse realmente si los israelíes, voto mediante, no consiguen quebrar esa paridad de bloques que da lugar a que gane no quien tenga más votos sino quien sea más hábil. Hasta ahora, ese ha sido Netanyahu.
Que los partidos árabes israelíes estén proyectando en las encuestas diez escaños en la Kneset es parte de una realidad que los judíos deberemos afrontar, nos guste más o menos; porque así como los ultra-ortodoxos hacen su chantaje político, ellos harán su juego. Con la diferencia que asociarse con ellos ya ha probado ser un talón de Aquiles muy expuesto. Si la mayoría depende de Abu Mazen, Netanyahu lleva las de ganar: no necesariamente la elección, pero sí el gobierno.
Lo que une a los partidos de la Oposición, cuyo liderazgo formal es Lapid pero cuyo liderazgo electoral es Bennet, es lo opuesto a lo que une a los seguidores de Netanyahu. Todos ellos coinciden en los grandes temas que el Estado debe abordar y que hoy son ineludibles: integrar a los ultra-ortodoxos a la sociedad civil (estudios, ejército), detener el desvío de fondos hacia intereses ideológicos minoritarios (los asentamientos y la infraestructura en Judea y Samaria), y sanar las heridas civiles y militares que han dejado ya casi tres años de este gobierno fascistoide.
En términos judíos, la Oposición tiene su Torá, pero no están claros los liderazgos. Falta un Moshé, aun con todas sus limitaciones (o un Ben-Gurión, o un Beguin); no está en manos de Dios designarlo sino en el voto de cada israelí. Netanyahu supo ser un líder con un propósito, pero hoy se parece mucho más a Koraj. Aferrado al poder, no quiere que se lo trague la tierra. La paradoja es que tiene poder pero ya no tiene propuesta. Tiene votos suficientes para paralizar a la Oposición, pero más de un 70% de los votantes quieren terminar la pesadilla de su liderazgo.
Cuando comenzamos el libro de Éxodo sabemos que todo terminará en una bendición en la última parashá del ciclo de lectura anual (Deut. 33), ‘Vezot-Haberaja’. En algún momento muchos creímos que el fin de la situación de los rehenes no llegaría a su fin. Tal vez sea momento de creer un poco más en cada individuo, en cada ‘nombre’ (shem), porque en definitiva, así como un minián es la suma de diez individuos, el destino de un pueblo es la suma de las voluntades de sus integrantes. Puede ser que algunos nombres propios sean piedras en el camino, pero tampoco es lógico, y mucho menos admisible, que la fuerza del colectivo no pueda torcer su propio destino.