El Minián de la Calle Kalischer
Las horas pico en Israel pueden medirse por varios parámetros: en primer lugar, el tráfico, los embotellamientos, el calvario de llegar a trabajar cada día; más breves son las horas de entrada y salida de jardines de infantes y escuelas con su concentración de niños, bicicletas, monopatines, y por supuesto filas de auto depositando sus tesoros en la puerta; y un tercer caso sería la movida religiosa, sea en día de semana, sea en Shabat: decenas de personas apresuradas por el horario inexorable del tiempo judío.
A las horas indicadas, en el corazón de los barrios (o por lo menos en muchos de ellos) uno verá un tránsito intenso de peatones que se apresuran a llegar su sinagoga de destino. Si es día de semana vienen de trabajar, de camino a casa, o arrancan el día para cumplir con los tres rezos diarios.
Van más apurados el viernes y más relajados el sábado: ya no hay por qué correr. La mayoría, vestidos con camisa blanca. En Shabat se ven mujeres; el resto de los días están ocupadas en tareas propias de su condición… (lease ironía).
Un día de la semana pasada elegí una sinagoga de las decenas que se esparcen en una manzana para decir Kadish por mi padre en su Iortzeit. Era a las cinco en punto de la tarde.
De camino, por una calle menor y residencial de Kfar Saba, Kalischer, atravieso una pequeña aglomeración que ocupa ambas veredas. Los cuento: no son más de doce, pero por supuesto no son menos de diez; todos hombres, mayormente adultos jóvenes y algunos adolescentes (¿sus hijos?).
Sostienen pequeños sidur en sus manos. Todos miran al Este. Uno debería decir a Ierushalaim pero eso sería sureste… miran a los montes de Shomron (Samaria) que se ven claramente desde cualquier azotea. Por supuesto todos usan kipá; no llego a darme cuenta si usan tzitziot.
Son el religioso medio israelí, burgués, capitalista, tolerante, y adherido a ciertos rituales. No precisan una sinagoga, un rabino, una institución. Se congregan a cielo abierto para Minjá y tal vez Arvit; no lo sé porque cuando vuelvo la singular ‘manifestación’ ya no está.
En la sinagoga a la cual asistí todos eran ancianos o adultos mayores, más parecidos a mí. Me abrieron la puerta de par en par, me facilitaron kipá, sidur, e instrucciones. Dije Kadish en un contexto totalmente ajeno a mi sinagoga en Montevideo; pero como dijo el oficiante, Kadish es Kadish. Los judíos somos tan diversos, sin embargo ciertas palabras y rituales nos unen en el tiempo y el espacio.
No sé si el espacio a cielo abierto hubiera sido apropiado. Tal vez mi presencia hubiera sido intrusiva. Un minián siempre es abierto a cualquier judío, pero también tiene algo de hogar, de pertenencia. Exige cierta formalidad en presentarse y ser recibido. El minián de la calle Kalischer no es un minián en la playa de Tel-Aviv para recibir el Shabat. Son vecinos que salen al zaguán para rezar. Es un acto público pero íntimo.
Sea en la circunstancia que sea esta experiencia entre un minián ‘formal’ en una sinagoga y un minián ‘espontáneo’ en la calle me confirmó, si acaso precisaba confirmación, la importancia existencial para el judaísmo de un espacio público judío como sólo puede encontrarse en Israel. Por más adhesión que uno demuestre y practique en la diáspora, la experiencia nacional colectiva es incomparable e intransferible.
El Sionismo tiene muchas razones de ser, pero muchas veces soslayamos esta tan básica: espacio y tiempos soberanos y vidas reguladas por un calendario y una tradición. No es un logro menor. No podemos renunciar a él, ya no es una alternativa.