Que su memoria sea bendición
Ricardo Mester comparte con los lectores de TuMeser su memoria creativa de su esposa, nuestra querida Jacky, Z’L. Nos honra con ello. Que su amor y sensibilidad sean consuelo para muchos.
Lo que sigue a continuación es un fragmento del capítulo II del tomo I de ‘Bendito Tú que traes la noche‘. La descripción que figura en este corto texto, del personaje femenino (Leah), es el modo que yo recuerdo a Jack la primera vez que la ví en un campamento en la Coronilla. Cada una de las facetas, gestos, diálogos y forma de ser de Leah, son el fiel reflejo de lo que era mi esposa.
Cercana la medianoche, en el campamento, el dolor de Ari había retornado con intensidad. Siguiendo las indicaciones de Wenhao, Asli vertió una cantidad de opio en el té y lo arrimó a los labios de su amigo. Mientras bebía, el judío comenzó a experimentar una suerte de ensoñación. La realidad se confundía rápidamente y él comenzó a titubear acerca del tiempo y el lugar en que se hallaba. Así se dejó guiar por una escena deliciosa que acaparó la totalidad de su mente.
Ahora mismo se halla en el hogar de Iaakov, su abuelo, en la muy distante Erfurt. Ante sus ojos, el viento se empeña en descorrer la lona que cubre la ventana del salón. Ari se acerca a remediar esta situación y por el vano distingue la silueta de Leah que se dirige hacia su casa. Es extremadamente bella. No recuerda otra joven capaz de eclipsar su hermosura. Admira su perfil de rasgos perfectos mientras la brisa juguetea con el cabello, tan sedoso como el terciopelo. Entonces experimenta el deseo imperioso de acariciarla; más que eso, la necesidad insoslayable de abrazarla y sentir su calor. Durante unos momentos, la observa encandilado. Mientras, una ráfaga de viento se empecina en danzar a su alrededor. El vestido de Leah se adosa contra su cuerpo y realza su figura de un modo que nunca él había advertido. Cada detalle de su presencia, cada gesto y cada rizo de su cabello parece haber sido diseñado para encender su anhelo.
Ari recuerda la primera vez que se fijó en Leah. Había ocurrido en una celebración de Purim[1]. La tenía por una cría que habitaba en la casa lindera. Sin que él lo advierta, ha experimentado una transformación que lo deja sin palabras. Desde ese día la relación sufre un cambio y están pendientes el uno del otro.
A través de la ventana, las gotas de lluvia salpican el rostro de Ari. En tanto, Leah se detiene, como respondiendo a un impulso. Él sabe que está prohibido demostrar su afecto en público… Menos aún, desearla con todo su ser. Sin embargo, se deja guiar por la vehemencia y se escurre hacia la calle.
Los pensamientos pecaminosos son más difíciles que el pecado mismo”[2], sobre lo que Rashi[3] comenta: “Pensamientos pecaminosos: el deseo de las mujeres; es más difícil negar la propia carne que el acto real. Tales pensamientos lujuriosos perturban al hombre toda su vida[4].
Ari abre la puerta sin que Leah se percate y la observa de espalda: los hombros bien formados y la cintura esbelta donde comienza una curva que resalta la redondez de sus nalgas.
Dijo Rav: Cualquiera que siga a una mujer por el río —incluso si su intención es estudiar la halajá— no tendrá porción en el Mundo Venidero. […] Cualquiera que camina detrás de una mujer en el mercado es uno de los frívolos de la gente común.[5]
Se acerca con lentitud, la toma de la cintura y la ayuda a girar. Ella no se sorprende. Eleva el mentón y lo mira con dulzura; mientras, Ari en una atracción incontenible, roza sus labios. Se besan por primera vez. Largamente.
[1] Purim: Festividad judía que conmemora la salvación del pueblo judío relatada en el Libro de Ester, celebrada con lecturas, disfraces y alegría.
[2] Talmud: el tratado Yomá 29a.
[3] Rashi: Acrónimo de Rabí Shlomó Itzjaki (siglo XI), destacado comentarista judío de la Torá y el Talmud, cuyas interpretaciones son fundamentales en el estudio tradicional.
[4] Talmud de Babilonia, Yoma 29a. Este pasaje afirma que “todo depende del final” (hakol holej achar ha-siyum), subrayando que el juicio verdadero de una acción se determina por cómo concluye. También enseña que las palabras de La Torá se mantienen frescas en quien las repite constantemente, como el hierro que no se desgasta con el uso, sino que se afila.
[5] Talmud Bavlí, en el tratado Berajot 61a. Esta es parte de una serie de advertencias rabínicas sobre la modestia y la vigilancia de los pensamientos, especialmente en contextos de interacción entre hombres y mujeres.