Superar la ‘Reconstritis’
Lic. David Telias, especial para TuMeser, Montevideo 14 de octubre de 2025
Hace unas horas atrás me puse a mirar la televisión israelí. El canal 12 de Israel transmitía en directo lo que estaba ocurriendo en “Kikar HaJatufim”, la “Plaza de los Secuestrados” en el centro de Tel Aviv.
Hoy era un día muy especial: el enviado para el Medio Oriente Steven Witkoff junto a Jared Kushner e Ivanka Trump se dirigieron a decenas de miles de israelíes allí presentes y millones más que lo vieron en vivo para confirmarles que al menos los 20 secuestrados vivos estarán muy pronto de vuelta en casa.
Todo lo que allí ocurrió no solo reflejaba la alegría de esta noticia, sino la sensación de que en el Medio Oriente se abre una nueva era. Ojalá una de paz. (Nunca mejor aplicada la palabra “ojalá” dado su real significado).
Ya sabemos que este “plan Trump” es apoyado por todas las potencias árabes y obviamente Israel. Si en las próximas semanas o meses esto se concreta, las puertas para un Medio Oriente en paz se habrán abierto. Ojalá así sea.
Pero la paz entre israelíes y palestinos aunque pueda lograrse políticamente, para que sea verdadera y estable, requiere de mucho más que una decisión política del sistema internacional. Requiere superar esa enfermedad que en 2018 diagnosticó Amos Oz en una conferencia en la Universidad de Tel Aviv, la “reconstritis” (1).
En un lenguaje poético como el que solo Amos Oz puede expresar, el intelectual y luchador por la paz israelí cuenta que más de 20 años atrás se cruzó en París con un joven intelectual palestino nacido y criado en el exilio que, en un diálogo respetuoso le dijo que no permitirá que hay paz hasta que él no pueda volver a Lifta, una pequeña aldea árabe en Israel al borde de Jerusalém de la que sus antepasados debieron salir en 1948.
Él quería reconstruir la vida de sus abuelos en Lifta, una vida que conocía por cuentos familiares, y algunas fotos que aparentemente sobrevivían en su oficina de trabajo. “¡Qué sepas, no tendrán paz ni reposo alguno, hasta que no consiga la casa de mi familia en Lifta! La quiero. Es mía”.
La respuesta de Amos Oz merece ser transcripta:
“Nunca recibirás tu casa en Lifta. Y no por culpa de los sionistas. Aún si mañana el pueblo judío decide que el sionismo fue un error, y que todos nos vamos. Todos. Tomamos nuestro bastón y mochila, nos vamos, te devolvemos las llaves. ¡No recibirás tu casa en Lifta!
Él me preguntó: ¿por qué?
Le pregunté: ¿quiéres vivir en esa casa? ¿Abandonarás tu trabajo en París?
Me dijo: no por supuesto. Quiero viajar ahí en verano. Cada verano sentarme bajo la vid y la higuera y oír el manantial. Y oír el tañer de las campanillas de las cabras que bajan por las laderas. Eso es todo lo que quiero. Ni soberanía, ni otras cosas, solo esto.
Le dije: eso no lo obtendrás nunca, y no por culpa nuestra.
Me dijo: ¿por qué?
Y le dije: es muy simple. Digamos que todos los judíos, como un solo hombre, se van no solo de Lifta, de todo el país. Supongamos que el gobierno israelí mañana decide aceptar el total e ilimitado derecho al retorno de nietos, bisnietos y de quien sea. Aun así no recibirás tu casa en Lifta. ¿Por qué? Porque si los descendientes de los habitantes de Lifta vuelven – si no me equivoco había allí unos 1000 habitantes en 1948 – hoy, si vuelven, será una pequeña ciudad de entre 15 y 20 mil habitantes. Con unos cuantos edificios de muchos pisos, por lo menos un Superpharm, dos o tres supermercados, semáforos, y problemas muy difíciles de estacionamiento.
No podrás oír ni las cabras ni el manantial.
Estás enfermo, le dije. Y diagnostiqué su enfermedad. (…) Tu enfermedad se llama reconstruccionitis. O mejor, reconstritis.
‘No busques en el espacio lo que se te perdió en el tiempo’. Quieres fervorosamente esa Lifta sobre cuyas historias fuiste criado, de boca de abuelo, abuela, papá, mamá. Yo te comprendo. No te critico, tampoco te pido que lo olvides. Nunca te diré que lo olvides. Yo tampoco olvidé mi infancia ni mis recuerdos de infancia. Más aún: si tanto añoras a Lifta, escribe un libro. Filma una película, escribe una obra de teatro, escribe un artículo de investigación científica.”
La paz entre israelíes y palestinos requerirá de tiempo, mucho tiempo sin más muertes provocadas por el odio que genera la reconstritis, porque ese es su síntoma visible principal.
Es que la reconstritis es la base de la identidad palestina y ahí está el desafío mayor. Porque la identidad palestina no se ha constituido a partir de la idea de construir un Estado propio, sino de destruir al sionismo.
Antes de que el sionismo irrumpiese física e ideológicamente en el territorio que en ese momento se consideraba la Gran Siria, no había palestinos. Había árabes sirios. Luego árabes del sur de Siria, y posteriormente, cuando irrumpió el sionismo, surgieron los palestinos. Y la reconstritis los atacó. Se insertó en sus corazones y dominó sus mentes.
Pero si bien como dice Amos Oz, la reconstritis es una enfermedad peligrosa porque o bien te mata, o bien te genera locura, se puede curar.
Hace falta atacar el síntoma del odio para al menos transformarlo en pragmatismo al principio y, dos o tres generaciones mediante, transformarlo en respeto y aceptación del otro, y quizás, un par de generaciones después, en amistad.
El tratamiento es costo. Habrá que invertir mucho para hacer del Estado Palestino un lugar próspero, con futuro. Pero si algo sobra en Medio Oriente y el mundo capitalista actual es dinero. Así que eso no debería ser difícil de conseguir.
Ojalá (otra vez esa palabra), la reconstritis no haya llegado a las entrañas de los palestinos, y todavía esté apenas en su mente y sus corazones. Porque aunque son órganos muy importantes, están en la periferia del cuerpo, por lo que es más fácil de extraerla de allí que de las entrañas.
Solo lo sabremos con el tiempo.
[1] “La cuenta final no está cerrada”, conferencia de Amos Oz en la Universidad de Tel Aviv, julio 2018. (https://www.youtube.com/watch?v=rwrW71Q3Z8U)