Haazinu
Palabras de Torá de Hori Sherem en NCI Montevideo este pasado Shabat
Imaginen a Moshé. Ciento veinte años. La piel curtida por el sol del desierto. Los ojos aún brillantes, pero sabiendo que no cruzará a la tierra prometida. El líder que desafió al faraón, que abrió el mar, que subió al Sinai, que vio la zarza ardiente, ahora está en su despedida.
No deja ejércitos, ni templos, ni monumentos. Deja un canto, un poema como testamento. Pero no canta solo para su pueblo. Llama al cielo y a la tierra como testigos: “Escuchen, los cielos, y la tierra las palabras de mi boca.”
Moshé quiere testigos eternos. No le alcanza con las personas de carne y hueso que olvidan fácilmente. Necesita que lo escuche la tierra, que se agrieta y florece. Necesita que lo escuche el cielo, que sigue girando mucho después de nosotros.
No es casual que esta parashá se lea justo después de Iom Kipur. Hace un día rozamos el cielo, tocamos lo intangible. Pero ahora la tradición nos devuelve al suelo. Nos recuerda que, por más alto que hayamos volado, la vida sigue acá abajo, en la tierra, en el barro, en lo cotidiano.
Y entonces pienso que Moshé, en su despedida, se parece un poco a Luis Alberto Spinetta, a esa canción suya, “Barro Tal Vez”, donde dice:
“Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro
he de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque solo quede tiempo en mi lugar…”
Moshé podría haber callado. Podría haber dejado órdenes, leyes, instrucciones. Pero elige cantar. Porque, como en la canción de Spinetta, sabe que si no canta lo que siente se va a morir por dentro.
Que hay verdades y dolores que no caben en un discurso: solo en un poema.
Spinetta sigue:
“Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada
he de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar…”
Es casi la imagen de Moshé en su final: su cuerpo ya no será, pero su alma, su canto, quedarán fusionados con el despertar de su pueblo. El líder que no entra a la tierra prometida, pero sí deja un canto que atraviesa los siglos.
Al final de la canción, Spinetta concluye:
“Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez…”
Eso es Moshé: barro tal vez, pero volviéndose canción. Barro que se transforma en cielo a través del canto. Cuerpo que se vuelve alma. Historia que se vuelve poesía.
Así se entiende porqué Moshe llama al cielo y a la tierra al mismo tiempo. Porque no somos solo seres divinos ni solo barro.
Somos ambos. Barro, porque venimos de la tierra, porque nos equivocamos, porque cargamos con cansancio y contradicciones. Y cielo, porque tenemos dentro un soplo, un deseo de elevarnos, de buscar lo sagrado incluso en medio de nuestras limitaciones.
Por eso, justo después de sentirnos que tocamos el cielo en Iom Kipur, la Torá nos trae a Moshé, que nos dice: no olviden el barro. No olviden la tierra.
Quizás la enseñanza más grande de este canto final no es sobre el pasado, ni siquiera sobre el futuro. Es sobre el presente.
El desafío no está en elegir entre cielo o barro, sino en aprender a habitar esa tensión, a no escapar de ella. En ser lo suficientemente humanos como para ensuciarnos las manos, y lo suficientemente soñadores como para levantar los ojos.
Ese fue el legado de Moshé en su canto final. Y quizás el nuestro también pueda ser ese: aprender, una y otra vez, a ser barro y ser cielo.