La batalla por el alma de Israel
Fania Oz-Salzberger, Financial Times, 30 de agosto de 2025
He aquí una verdad a tener en cuenta: ni israelíes ni palestinos van a desaparecer en el corto plazo. Nadie puede destruir sus respectivos reclamos a un estado soberano en su patria ancestral, que resulta ser la misma tierra. Salvo un evento cataclísmico, no habrá una Palestina “desde el río hasta el mar” ni un “Gran Israel”. Este es un conflicto que solo podrá resolverse mediante un compromiso territorial y político.
Pero un realismo tan duro a menudo se rechaza en la conversación global. Gran parte de la empatía humana a nivel de calle por las víctimas inocentes en Gaza, una empatía muy justa, desfila bajo la bandera de “Palestina Libre”. Este eslogan pegadizo y conmovedor presenta un problema principal: cada vez que aparece por sí solo, significa “Erradicar a Israel”. Esta es la razón por la que los israelíes comunes, a menudo mal informados por su gobierno y los medios de comunicación, asumen erróneamente que cada protesta contra la ocupación de los territorios palestinos por parte de Israel es simplemente una cuestión de antisemitismo.
Lo que me lleva a otra verdad brutal: la gente que ataca a los judíos en las calles o en la web, simplemente por ser judíos, son antisemitas. Aquellos que elogian a Hamás como luchadores por la libertad obviamente comparten su credo antisemita y genocida. Pero la gente que acusa a Israel de crímenes de guerra contra gazatíes inocentes no son antisemitas, simplemente son humanos. Ambos grupos existen, y entre ellos se encuentra un enorme espectro de ignorantes apasionados, dirigidos por intelectuales perezosos y egoístas que quieren “liberar a Palestina” y hacer que los judíos de alguna manera desaparezcan o sean sometidos.
En el actual conflicto de Gaza subyace una disputa centenaria. Sin embargo, como historiadora, creo firmemente que éste no es el momento apropiado para hablar de la historia. Tenemos que dar prioridad a salvar vidas. Uno no discute sobre el pasado mientras se enfrenta a un incendio mortal. En este momento, el conflicto palestino-israelí es demasiado sangriento para eso.
No soy una observadora neutral (nadie lo es), sino una judía israelí profundamente involucrada, criada en un kibutz, proveniente de una familia sionista de judíos seculares. Por un lado, eran liberales nacionalistas, por el otro, kibutzniks socialistas, pero todos mis abuelos eran amantes de la paz y creían que el humanismo es la mejor parte de nuestra herencia judía. Me alegro de que no tengan que presenciar lo que está sucediendo hoy, y todavía trato de seguir llevando en alto su antorcha.
Mis antecedentes de kibutznik tienen un nuevo significado desde el 7 de octubre de 2023. La gente que conozco, amigos y colegas, sufrió bárbaras perdidas en esa fecha. Ocasionalmente, cuando escribo sobre ello, algunos “pro-palestinos” me atacan en las redes sociales por insistir en el 7 de octubre como si fuera una astuta demagoga, como si solo un lado mereciera el reconocimiento del trauma colectivo. Queridos palestinos, cuidado con amigos así.
Formo parte de la mayoría de israelíes que sentían que Hamás debía ser derrotado, y de la mayoría que actualmente (en mi caso, durante más de un año) piensa que la guerra de Israel contra Hamás se ha desarrollado terriblemente mal, tanto desde el punto de vista moral como práctico. También le doy voz a una opinión mayoritaria cuando salgo a las calles para manifestarme por un alto el fuego en Gaza y un acuerdo para liberar a los 50 rehenes israelíes restantes, de los cuales unos 20 pueden estar vivos todavía.
Mis otras opiniones me colocan en una minoría, pero la existencia misma de esa minoría es significativa. Toda mi vida adulta he apoyado la solución de dos estados. La masacre de Hamás no ha cambiado mis puntos de vista, solo mi sentido de aguda urgencia. Necesitamos que Israel y Palestina compartan la tierra, ya sea por partición o por una creativa estructura confederada, algo que permita la soberanía y el autogobierno de ambas naciones. Israel debe ser democrático, pacífico y seguro; Palestina, como mínimo, estable y no apoyar al terrorismo.
Un compromiso es la única opción sin derramamiento de sangre. Un compromiso o la guerra eterna.
Por favor, no subestimemos el atractivo de la guerra eterna. Los fanáticos poderosos de ambos lados dicen constantemente que están felices de luchar para siempre, hasta que venga el Mesías o hasta que el enemigo desaparezca, o, como dijo Andrew Marvell, “hasta la conversión de los judíos”. No hay ni humanismo ni racionalidad en ninguno de los extremos de la discordia palestino-israelí; ambos están gobernados por las peores y más agresivas versiones del Dios hebreo y de Alá.
Nosotros, los moderados, los seculares y los liberales, actualmente estamos ubicados entre esos extremos. Muchos de nosotros nos sentimos intimidados o traumatizados, tal vez de por vida. Otros, cientos de miles de israelíes, están luchando para hacer retroceder a los fanáticos. No ayuda que Gaza siga siendo gobernada por Hamás y que el gabinete de Israel se haya transformado en un grupo de canallas al servicio de los extremistas religiosos. Pero seguimos luchando por un compromiso pacífico en la patria compartida de Israel y Palestina. El mundo necesita saberlo, y los palestinos moderados, que son ya sea muy silenciosos o muy valientes, deben saber que los israelíes que buscan la paz todavía están extendiendo su mano.
Permítanme centrarme en Israel, mi país, y aclarar algunos malentendidos comunes. En primer lugar, y, antes que nada, el sionismo. Muchas personas consideran esta palabra como inherentemente letal. Demasiadas personas le sonríen a la cámara y dicen “No odio a los judíos, solo a los sionistas”. Bueno, mucho gusto. Resulta que soy sionista. Lo que simplemente quiere decir que creo en lo que significaba originalmente para Theodor Herzl y su movimiento: el sionismo es la reivindicación de los judíos de un hogar nacional dentro de su patria ancestral.
Dentro de ella. Sin un reclamo de propiedad exclusiva. Un hogar nacional y un estado soberano para los judíos (según la Resolución 181 de la ONU); no a expensas de un estado palestino sino junto a él. Esa es la única definición básica del sionismo, y está totalmente en línea con la solución de dos estados y con la paz palestino-israelí.
Herzl también exigía que el estado de los judíos fuera una democracia liberal que ejerciera la plena igualdad civil para hombres y para mujeres, para judíos y para árabes. Este ideal sionista se repitió poderosamente en la Declaración de Independencia de David Ben-Gurion de 1948, y fue aceptado por todos los líderes israelíes, hasta Benjamín Netanyahu. Por supuesto, no siempre jugaron con sus propias reglas; pero una democracia pacífica, justa para sus propios ciudadanos árabes y amistosa con sus vecinos árabes, fue el objetivo declarado de Israel hasta hace dos décadas.
Esta es la razón por la cual una gran mayoría de la izquierda pacifista israelí siempre se ha definido a sí misma como sionista, y todavía lo hace. La demonización extranjera de los sionistas, a la luz de esto, es irrelevante. La única persona que puede destruir nuestro sionismo básico, el sionismo moderado, pragmático y que busca la paz, es Netanyahu.
Cuando se me pregunta sobre la batalla por el alma de Israel, solo puedo dar una respuesta, y es a través del antiguo hábito judío de responder a una pregunta con una pregunta: ¿Qué Israel?
Si por “Israel” nos referimos a la casi autocracia de Netanyahu, entonces “Israel” está haciendo todo lo posible para mantener a Netanyahu en su sillón de primer ministro y anular su juicio actual por corrupción. Todo lo demás está subordinado a esta causa.
Años antes de Donald Trump, Netanyahu acumuló seguidores como si fuera un culto, llenando cada rincón del partido Likud con sus admiradores. Algunos de sus propios miembros de la Knesset lo describen actualmente como rey o emisario de Dios. La base dura de los “bibistas” seguirá al líder a cualquier lugar, ya sea a una guerra total o a un acuerdo de paz con los palestinos, siempre y cuando la política sea conforme a los intereses personales de su jefe.
Esto debería explicar las decisiones completamente irracionales de Netanyahu sobre la guerra de Gaza y sobre las relaciones internacionales de Israel. En casa, se enfrenta a una de las sociedades civiles más fuertes y con más principios del mundo, compuesta por el centro moderado y la izquierda. En el extranjero, está sorprendiendo y traicionando a los mejores y más antiguos amigos de Israel. Peor aún, Netanyahu está abusando sistemáticamente de las complejidades de la identidad judía, tanto en Israel como en el resto del mundo: al gritar “antisemitismo” hace exactamente lo mismo que el legendario pastor que gritaba “lobo”. Al mismo tiempo, está permitiendo que los judíos más fanáticos del planeta, sus socios de la coalición de extrema derecha decidan qué significa el judaísmo.
Un número creciente está despertando a los horrores infligidos a los civiles atrapados entre Israel y Hamás… Cada vez más pensamos en esta guerra con tristeza y vergüenza.
Los “bibistas” representan hoy entre el 25 y el 30 por ciento de los votantes israelíes. Volverán a votar por él a pesar del horrible fracaso del 7 de octubre. La “máquina del veneno” culpa convenientemente a la izquierda y al movimiento de protesta a favor de la democracia por la masacre de Hamás. Pero es necesario tener en cuenta que la base de Netanyahu, junto con sus actuales socios de coalición, han estado a la zaga del principal bloque de oposición en la mayoría de las encuestas electorales durante los últimos dos años. Sus crímenes de guerra en Gaza, sus crímenes contra sus propios ciudadanos y su asalto a la democracia son todos actos descarados de un gobierno convertido en canalla.
¿Tal vez “Israel” signifique los partidos de extrema derecha de Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir? El primero es un detestable fanático que sirve a líderes y rabinos que están llevando a cabo una toma hostil del judaísmo, llevándolo al límite más extremo y atávico del belicismo bíblico. Impopular en las encuestas de opinión, Smotrich goza de una influencia enormemente desproporcionada en el gobierno actual. Ben-Gvir, un matón criminal con al menos ocho condenas previas, entre ellas por apoyo al terrorismo, fue considerado apto por Netanyahu para actuar como ministro de seguridad nacional. Esta gente parece querer que Israel sacrifique a todos los rehenes restantes y cientos, incluso miles de soldados más, para conquistar toda Gaza, limpiarla étnicamente de palestinos y asentar judíos en su lugar.
Smotrich y Ben-Gvir, junto con fanáticos peligrosos como Orit Strook, son nuestra mayor maldición. Otros países occidentales tienen problemas similares con los partidos de extrema derecha, pero se podría decir que estos países pueden permitírselos. Israel no puede. Nos enfrentamos a enemigos mortales reales: Irán y sus protegidos. Estamos tambaleándonos al borde de un acantilado, siendo llevados al abismo por el peor gobierno de nuestra historia.
Por favor, no confundan a estos fanáticos de extrema derecha con la vieja derecha, cuyos puntos de vista de línea dura eran seculares y racionales, basados en su idea de la mejor manera de mantener a Israel a salvo. Esto no tiene nada que ver con la derecha mesiánica. No les importa cuántos civiles y soldados son sacrificados por la causa. No parecen importarles un comino los “valores occidentales”, la gran tradición del humanismo judío o la posición moral de Israel en el mundo. Su objetivo, y por favor, tómenlos muy en serio, es la venida del Mesías, la reconstrucción del Templo en Jerusalén y el poder y la gloria eternos para los Hijos de Israel, al estilo Smotrich.
Luego está el tercer socio que apoya al gobierno de Netanyahu: los partidos ultraortodoxos. Si este grupo se saliera con la suya, Israel se convertiría en una teocracia basada en la Halajá, la ley religiosa, un equivalente de la Sharia musulmana. Esta parte de la sociedad, alrededor del 13 por ciento, está impulsada por los privilegios que les otorgó Ben-Gurion en la década de 1950: tiene su propio sistema educativo, herméticamente cerrado a cualquier plan de estudios básico secular y financiado por el estado ,y también cuenta con una exención casi total del servicio militar, algo obligatorio para la mayoría de los ciudadanos judíos israelíes mayores de 18 años.
Desde noviembre de 2022, estos tres grupos, los devotos de Netanyahu, la derecha nacionalista-mesiánica y los ultraortodoxos a quienes solo les interesan ellos mismos, han formado nuestro gobierno, el primer gobierno exclusivamente de extrema derecha en la historia de Israel. Todas las coaliciones anteriores de Netanyahu incluían por lo menos un partido centrista. Esta es la primera vez que alguien permitió que el abiertamente racista y penalmente condenado Ben-Gvir entrara en el gobierno. Nunca antes se habían cumplido tantas demandas ultraortodoxas en un acuerdo de coalición. A cambio, los partidos ultraortodoxos le dan a Netanyahu carta blanca en todas las decisiones, excepto en las cuestiones que afectan a la financiación de sus votantes.
Era hora de comenzar la embestida legislativa contra el poder judicial. Para enero de 2023, Netanyahu y su ministro de justicia, Yariv Levin, habían preparado un aluvión de leyes destinadas a debilitar, neutralizar y luego politizar la Corte Suprema, la oficina del fiscal general y todos los demás puestos de vigilancia legal. A diferencia del tema ultraortodoxo, esto era parte de una tendencia global. Netanyahu siguió los manuales de estrategia de Viktor Orbán y de Trump. Actualmente está tratando de expulsar al fiscal general y ya ha destituido al jefe del Shin Bet, una organización encargada por ley de defender a Israel de las amenazas internas, incluidas las amenazas a la democracia. Para cuando la mayoría de los israelíes entiendan que Netanyahu está clausurando la democracia israelí, sus defensores serán reemplazados por su propia gente y ningún poder legal podrá detenerlo.
Como resultado de las terribles consecuencias del 7 de octubre, pensamos que al menos el golpe de estado del gobierno contra el poder judicial habría terminado. Pero no fue así, y a medida que la guerra de Gaza se deterioró, pasando de un contraataque justo contra Hamás a un baño de sangre de civiles palestinos, quedó claro que Netanyahu necesitaba destruir la democracia para mantenerse en el poder. Estaba claramente dispuesto a destruirla para detener su juicio por corrupción; y más aún ahora, que también es un criminal de guerra.
El siguiente paso podría ser la manipulación política de las próximas elecciones, previstas para el 27 de octubre de 2026, la manipulación tanto del proceso como de los resultados. La coalición también quiere limitar o anular los derechos de voto de ciertos ciudadanos árabes y prohibir que ciertos partidos árabes se postulen.
Los liberales judíos y a la izquierda no les irá mejor: la policía de Ben-Gvir ya nos está golpeando brutalmente durante las manifestaciones legales. Ya estamos siendo arrestados sin razón y amenazados a diario por la mafia de Netanyahu. Las próximas elecciones son una enorme prueba para todos los israelíes moderados. En mi amplio ámbito social, muchos académicos y profesionales hablan de emigrar. Otros están decididos a permanecer, incluso como disidentes. A pesar de las noticias falsas de acumulaciones secretas de pasaportes extranjeros, la mayoría de los judíos israelíes no tenemos a dónde ir.
El Israel del centro, incluida la izquierda y la derecha moderadas, tiene un objetivo inmediato: liberar a los rehenes, al precio de un alto el fuego y una retirada de Gaza. Los rehenes deben ser lo primero, no solo porque los sobrevivientes entre ellos están evidentemente muriendo, sino también porque el gobierno de Netanyahu ha jugado con sus destinos y ha tratado a sus familiares con arrogancia e inhumanidad desvergonzadas.
Sin embargo, por muy grandes que sean Netanyahu y su gobierno, el centro, la izquierda y la centroderecha siguen siendo la principal corriente israelí. En el centro de esta corriente principal está nuestra sociedad civil: las organizaciones y personas que se apresuraron a defender la democracia brindaron apoyo después de la masacre de Hamás y actualmente vuelven a defender la democracia mientras intentan poner fin a la guerra.
Cientos de miles han participado en las mayores manifestaciones callejeras en Tel Aviv, un gran número para un país de 10 millones de habitantes. Entre ellos se destacan académicos y artistas israelíes, exactamente las mismas personas que los autodenominados progresistas occidentales están actualmente tan ansiosos por expulsar y boicotear. Es cierto que a muchos judíos israelíes les resultó emocionalmente difícil empatizar con gazatíes inocentes inmediatamente después del 7 de octubre. Pero un número creciente está despertando a los horrores infligidos a los civiles atrapados entre Israel y Hamás. A medida que se ven numerosos carteles y discursos de protesta, pensamos cada vez más con tristeza y vergüenza en esta guerra.
Somos más fuertes y estamos mejor arraigados que los liberales de Polonia, pero estamos siguiendo con admiración su reconstrucción de la democracia. Después de ganar las próximas elecciones, suponiendo que no sean manipuladas, habrá mucho que reconstruir. Gaza necesita una reconstrucción física, una tarea para toda la comunidad internacional. Israel necesita una reconstrucción moral y política, para la cual los israelíes debemos asumir toda la responsabilidad.
Ningún poder en el mundo podrá erradicar a Israel a excepción de su propio gobierno, y ningún poder podrá reconstruirlo a excepción de su sociedad civil. Mi difunto padre, Amos Oz, escribió en agosto de 1967, poco después de la Guerra de los Seis Días: “Cuanto más corta sea la ocupación, mejor para nosotros. Porque incluso una ocupación impuesta es destructiva. Incluso una ocupación ilustrada, humana y liberal es una ocupación. Temo por la calidad de las semillas que sembremos en un futuro próximo en los corazones de los ocupados. Más que eso, temo por la semilla que se está sembrando en el corazón de los ocupantes. Y los primeros signos ya son reconocibles ahora, en la periferia de la sociedad”.
Esto hay que tomarlo también como una advertencia para otras democracias. El enfrentamiento actual entre la fanática Jerusalén y la liberal Tel Aviv puede ser un indicio sobre el futuro de otras democracias occidentales. Paralelamente, lo que les suceda a los palestinos en un futuro cercano significará una sacudida para el eje sur-norte en su conjunto.
Los verdaderos amigos que quedan de Israel, y los verdaderos amigos de Palestina, están invitados a apoyar a nuestra sociedad civil prodemocrática, especialmente a la parte que busca la paz. Los gobiernos razonables deberían sancionar o castigar a Netanyahu, pero tener cuidado de no recompensar a Hamás. Israel, el verdadero Israel, ya no es su gobierno sino su sociedad civil, incluida la mayor parte de su academia y de sus artes. Por favor, considere a quién apoya y piensen cuidadosamente en a quién castiga.
Traducción: Daniel Rosenthal