Parashat Pinjas: bajar la lanza.
En el tratado de Iomá del Talmud de Babilonia se narra un episodio perturbador: dos jóvenes sacerdotes, al alba, se preparan para subir por la rampa del altar. Hay lugar para que solo uno pueda realizar la tarea, entonces ambos compiten por el mismo honor: retirar las cenizas del sacrificio anterior el primer servicio del día en el Templo de Jerusalém. Es una tarea menor, casi invisible, pero cargada de dignidad. Quien la realice será el primero en servir a Dios esa jornada. Pero el deseo de servir puede volverse obsesión.
Corren. Se empujan. Uno de ellos logra adelantarse. Entonces el otro, en un instante de furia, de celo, de locura, saca un cuchillo y lo apuñala en el corazón. En el Templo. Frente al altar.
El padre del joven herido corre hacia su hijo, lo ve aún vivo y no pregunta cómo está, no llora, no grita. Solo dice: «Rápido, saquen el cuchillo. Aún no ha muerto. Si lo retiran antes de que exhale su último aliento, el cuchillo no se impurifica.» Eso dice.
El relato concluye con el llanto de Rabí Tzadok, que no puede creer lo que escucha. Llora por una generación que se volvió incapaz de sentir. Llora porque el cuchillo importó más que la vida. Se pregunta: ¿En qué momento el ritual reemplazó al otro? ¿En qué momento la religión se volvió insensible al sufrimiento humano?
Pienso en esto y pienso en Pinjás, el personaje con el que comienza nuestra parashá. También él presenció una escena que lo indignó. También él sintió que algo sagrado estaba siendo profanado. Y también él reaccionó con un arma en la mano. Pinjás actuó con decisión. Con furia. Con certeza. Y mató. En nombre de Dios. La Torá nos dice que Dios le dio un Brit Shalom, un pacto de paz.
Pero los comentaristas medievales leen entre líneas. Dicen que ese pacto no fue un premio. Fue un freno.
Dios, incómodo por la violencia, le dice: “Hasta acá. No más lanzas. No más sangre. Hagamos un pacto de paz porque no quiero que mi nombre sea asociado a tu violencia.”
El Brit Shalom no es un aplauso. Es un límite. Es Dios bajando la lanza. Hoy, 18 de julio, también bajamos la cabeza. Se cumplen 31 años del atentado a la AMIA. 31 años desde que el odio fanático, religioso y político, explotó en el corazón de nuestra comunidad judía latinoamericana. 31 años desde que el nombre de Dios fue usado, una vez más, para justificar la muerte.
¿Qué aprendimos? Cuando la pasión se convierte en ideología ciega, cuando el nombre de Dios se usa como excusa para matar, cuando la religión se transforma en arma, entonces todos perdemos. La sangre que se derramó ese día todavía clama por justicia. Y por algo más: por memoria, por sensibilidad, por humanidad.
Cuando el dogma reemplaza a la fe, cuando la religion se convierte en ley sin alma, cuando la religión levanta la voz para ordenar pero no para consolar, entonces pierde su razón de ser. Incluso Dios se incomoda. Incluso Dios se corre y dice: “No en mi nombre.”
Del altar al desierto. Del desierto a la ciudad. El fanatismo religioso no es nuevo. Solo cambia de ropa.
Por eso hoy, más que nunca, nos toca alzar la voz. Decir que hay una línea que no se cruza. Que no hay Dios que justifique la violencia. Ni celo, ni pureza, ni dogma que valga más que una vida humana.
Que si el cuchillo sigue siendo puro pero el corazón está manchado de odio, entonces no hay templo que alcance. No hay rito que redima. No hay paz posible si no empezamos por bajar la lanza.
Prédica de Hori Sherem en la NCI de Montevideo el pasado viernes 18 de julio de 2025