Recordar es una forma de Amar

Antes de comenzar a elevar palabras de plegaria, necesito invocar una imagen, una herida, una fidelidad que atraviesa siglos. Dice el salmo:

Im eshkahej Ierushaláim, tishkaj yeminí.                                                                                                                  Tidbak leshoní lejíki, im lo ezkeréji.                                                                                                                          Im lo aalé et Ierushaláim al rosh simjatí.

«Si me olvidara de ti, Ierushalaim, que se olvidé mi diestra.                                                                              Que mi lengua se me pegue al paladar si no te recordara,                                                                                    si no pusiera a Ierushalaim por encima de toda alegría.»

Palabras antiguas, pero vivas. Como una promesa susurrada entre los escombros y las canciones.

Es curioso. En nuestra tradición, durante la Jupa, en ese instante exacto donde el amor florece, donde dos personas construyen un mundo juntos, irrumpen estas palabras. Justo ahí, cuando todo debería ser celebración pura, entra Ierushalaim. Entra la memoria. Entra la falta.

Antes de romper la copa los novios las pronuncian. No como una nota triste en la melodía del amor, sino como una fidelidad que no se negocia: aun cuando todo esté bien, hay una parte de mí que no olvida que no todo está bien.

Con mi esposa Mariana nos casamos un mes después del 7 de octubre. Pensamos en suspender, en postergar, en quedarnos en silencio. Pero después de hablar con el Rab Dany Dolinsky al final elegimos abrazarnos, elegimos celebrar, no cómo negación del dolor sino como afirmación de la vida. Cuando la copa se rompió bajo mi pie, esas palabras resonaron en mí.

No pensé en las piedras de Ierushalaim. Pensé en las madres que esperaban. En los chicos secuestrados. En los abrazos interrumpidos. Pensé en Am Israel. Entendí, más que nunca, que recordar no es solo un ejercicio de la mente. Es una forma de amar.

¿Cómo podríamos olvidar en tiempos de angustia, si incluso en la cima de la alegría nos obligamos a recordar? ¿Cómo podríamos cerrar los ojos ahora, si fuimos educados para abrirlos incluso cuando todo brilla?

Hoy nos reunimos no solo para pedir por Israel. Sino para nombrarla. Para invocarla. Para no dejarla sola en nuestra historia ni en nuestro presente.

Porque la memoria, en el pueblo judío, no es un archivo. Es un músculo.

Y como todo músculo, si no lo ejercitamos, se atrofia. Pero si lo usamos, si lo sostenemos entre todos, se vuelve fuerza, se vuelve pertenencia, se vuelve hogar.

Palabras de Hori Sherem en la NCI de Montevideo el 18 de junio de 2025 previo a la Tfilá comunitaria