No al imperialismo yanki

Alain Mizrahi, ‘Contraviento’, 8 de marzo de 2026

Hay una manera bastante cómoda —y bastante boba— de leer esta guerra. La veo todo el día en X. Es la del viejo disco rayado “no al imperialismo yanqui”, ahora reciclado en versión woke: Trump quiere ser el emperador del mundo, Estados Unidos necesita una guerra, Israel es apenas un peón e Irán vendría a ser la víctima obvia de la película. Es un relato cómodo porque ya viene prefabricado: no hay que pensar demasiado; solo hay que identificar correctamente al villano, poner cara de superioridad moral y repostear el libreto. El problema es que ese relato explica poco.

Sí, claro que Trump contribuye a esa caricatura: habla como habla, con frases grandotas, sobreactúa, pone pose de macho alfa, todo muy pour la galerie. Tiene esa cosa de caudillo de reality show que hace muy fácil decir: “ahí está, el problema es este tipo”. Y en parte lo es. Pero solo en parte. Porque los intereses de Estados Unidos no nacieron con Trump ni se terminan con Trump. Trump les pone su tono brutal, narcisista y, por momentos, bastante primitivo. Pero debajo de ese barniz hay cosas mucho más viejas y bastante más concretas: disuasión, credibilidad frente a sus aliados, contención de Irán, seguridad del Golfo Pérsico, riesgo sobre el Estrecho de Ormuz, energía, comercio global y equilibrio de poder. El propio Secretario de Guerra, Pete Hegseth, dijo hace un par de días que Washington no estaba expandiendo sus objetivos y que sabía exactamente qué estaba buscando. O sea: Trump hace su show, pero el aparato estratégico norteamericano sigue hablando, al menos en público, en términos bastante clásicos.

Además, esa retórica antiimperialista omite algo fundamental: para Israel -y para gran parte de los judíos de la diáspora- esta guerra no se vive como una aventura imperialista ajena. Se vive como una guerra por la supervivencia. Desde abril de 2024, Irán disparó cientos de misiles sobre ciudades israelíes, la población vive entre sirenas y refugios, y la sociedad israelí ve el programa nuclear iraní como una amenaza existencial. Eso no obliga a estar de acuerdo con cada decisión del gobierno israelí. Pero ignorar este aspecto deforma el conflicto desde el arranque.

Diferencia de escala

Acá hay una diferencia de escala que mucha gente no quiere ver. Para el estadounidense medio, esta es una guerra lejanísima. No hay tropas de tierra entrando al estilo Irak 2003. No hay decenas de miles de soldados norteamericanos ocupando el país, como en Afganistán. No hay, por ahora, hijos de clase media enviados masivamente a combatir y volver en ataúdes o mutilados, que fue parte del trauma político de Vietnam, Irak y Afganistán. Para la sociedad norteamericana, esto ocurre lejos, con aviones, misiles, bases militares y grandes titulares. Para los israelíes, en cambio, no ocurre lejos ni por televisión: ocurre directamente encima de sus cabezas. Esa diferencia es clave para entender esta guerra.

Por eso me resulta tan berreta esa explicación simplista de “guerra imperialista de USA contra Irán”. Porque sí, hay una capa imperial de poder y de hegemonía, nadie puede negarlo. Pero no es solo eso. También está la capa israelí, que no es decorativa ni propagandística: un país del tamaño de Tacuarembó, densamente poblado, con la memoria histórica que tiene, enfrentado a un régimen teocrático que viene acumulando miles de misiles y empujando un programa nuclear que dejó hace rato de ser una hipótesis de laboratorio.

Y acá hay que decir algo importante, porque mucha gente habla del tema como si el asunto nuclear fuera una paranoia israelí o un invento de Netanyahu. Lo leí ayer, por enésima vez, en la cuenta de X de un economista respetado y —supuestamente muy— instruido. No es paranoia ni exageración. El Organismo Internacional de Energía Atómica estimó a fines de febrero que Irán tenía 440 kilos de uranio enriquecido al 60%, muy por encima de cualquier necesidad civil “normal”. Según ese mismo organismo, ese uranio, si se siguiera enriqueciendo, alcanzaría para 10 armas nucleares.

Una bomba por mes

En 2025, la propia IAEA ya había advertido que Irán estaba produciendo suficiente material como para acercarse al equivalente de una bomba por mes si decidía seguir refinándolo. O sea: no estamos hablando de una fantasía. Estamos hablando de una capacidad acumulada, concreta y medible, que puede estar a un paso del umbral militar.

Entonces, cuando alguien resume todo con un “no al imperialismo yanqui”, lo que está haciendo es evitar el trabajo incómodo de mirar el cuadro completo, porque el cuadro completo tiene varias capas, y eso implica pasar la barrera de la pereza intelectual. La primera capa, ya lo dije, es Israel. Para Israel, Irán no es una entelequia geopolítica ni un tema para seminarios universitarios. Es un régimen que hace casi 50 años no oculta su objetivo de borrar del mapa al único Estado judío del mundo, que tiene misiles, aliados armados alrededor, capacidad de dañar ciudades israelíes y un programa nuclear que no tiene nada de teórico. Se podrá discutir si Israel exagera, si adelanta escenarios hipotéticos, o si usa el miedo políticamente. Pero que hay una amenaza seria, sin duda la hay. La segunda capa es Estados Unidos. Para Washington, esto no es existencial en el sentido israelí. No se juega su supervivencia nacional. Pero sí se juega cosas importantes.

Primero, que Irán no cruce el umbral nuclear. Porque si lo cruza, no cambia solo la relación con Israel. Cambian los cálculos de Arabia Saudita, de Emiratos, de Turquía y de la mitad de Medio Oriente. Un Irán blindado por capacidad nuclear sería mucho más difícil de contener. Eso es lo que en Washington llaman, con esa retórica eufemística insulsa, “alterar el equilibrio regional”.

Segundo, se juega credibilidad. Palabra aburrida si las hay, pero central. Si Estados Unidos deja expuestos a Israel, a sus socios del Golfo o a sus propias bases, lo que cae no es solo una operación militar: cae la idea de que la promesa norteamericana de paraguas de protección vale algo. Y cuando una superpotencia pierde credibilidad, pierde capacidad de ordenar a sus aliados, disuadir a sus rivales e imponer límites. Eso lo miran los ayatolás, pero también lo mira Putin, enfrascado en su guerra imperialista contra Ucrania, Xi Jinping, que amenaza un día sí y otro también con invadir Taiwán, la Casa de Saud y unos cuantos más.

Tercero, está el Estrecho de Ormuz: un cuello de botella por donde pasan (o pasaban) 20 millones de barriles de petróleo por día, aproximadamente el 20% del consumo mundial. No hace falta ser experto para entender el problema: si se cierra ese pasaje, se complican el suministro de energía, los seguros, los fletes, la logística y, por lo tanto, los precios. Se trata de un interés material de primer orden. En una semana, el precio del petróleo subió casi un 30%, y eso nos afecta el bolsillo a todos.

Cuarto, está la red regional de Irán. Y acá también hay que vulgarizar un poco, porque no todo el mundo sabe de qué hablamos cuando decimos “proxies”. Hablamos de Hizbolá en Líbano, de los hutíes en Yemen, de milicias proiraníes en Irak y, por supuesto, de Hamás en Gaza. Teherán pasó años armando, entrenando y financiando milicias amigas para una eventual guerra regional. O sea: Irán no juega solo con su ejército regular; juega también con una red de actores armados que pueden abrir —y ya lo hicieron a partir del 7 de octubre de 2023— varios frentes a la vez. Eso no es un detalle: es parte del problema central. Y ni hablemos, mucho más cerca nuestro, de la compleja red de “amigos” que tiene en América Latina.

Quinto, está Trump, obviamente, y sería ridículo negarlo. A Trump le encanta jugar al matón, subir el volumen, humillar verbalmente y convertir cada conflicto en un escenario donde mostrar sus bíceps. Su demanda de “unconditional surrender” y hasta su idea de meter la cuchara en quién gobernará Irán muestran exactamente eso: el personaje no desaprovecha una guerra para agrandarse.

El show de Trump

Pero una cosa es que Trump haga su teatro con la guerra y otra muy distinta es creer que la guerra se explica solo por su teatro. Ahí es donde la consigna facilonga “no al imperialismo yanqui” hace agua: solo ve la fachada y se siente liberada de entender los cimientos. Ve a Trump haciendo su show, se indigna -con razón-, y de ahí salta a una conclusión muy perezosa: como Trump es grosero y ordinario, y Estados Unidos es una potencia, entonces todo lo demás se barre debajo de la alfombra. Sobran Israel, Irán, lo nuclear, Ormuz y los proxies. Y sobre todo sobra cómo viven los israelíes, entre alarmas y corriendo diez veces por día a los refugios.

Se puede criticar a Trump, a Netanyahu, al uso oportunista de la guerra, a Estados Unidos como superpotencia. Todo eso es legítimo. Lo que ya no es serio es reducir un conflicto complejísimo a un pegotín ideológico de los años 70 reciclado para redes sociales.