‘Hamnet’

‘Los orígenes de la obra más famosa de Shakespeare son tan nebulosos como confusa es la condición textual de Hamlet.’ Así comienza Harold Bloom su capítulo (#23) sobre la obra en su ambicioso Shakespeare, La Invención de lo Humano (Verticales de Bolsillo, 2009). ‘James Joyce, (que) fue el primero que identificó a Hamlet el Danés con el único hijo de Shakespeare, Hamnet, que murió a la edad de 11 años en 1596, cuatro o cinco años antes de la versión definitiva, en la que el padre de Hamnet Shakespeare hacía el papel del Espectro del padre de Hamlet.’

La experiencia de espectador de la película Hamnet no precisaba recurrir a fuentes y comentarios tan eruditos como los de Harold Bloom, la última gran crítica canónica sobre el dramaturgo, aunque se sigan escribiendo tesis doctorales sobre él para toda la eternidad… Sin embargo, además de asomarnos a un mundo mucho más complejo y vasto de lo que la película elige como material para su propia tragedia, se confirma que ‘nada viene de la nada’: así como Tom Stoppard derivó su obra Rosencrantz and Guildenstern Are Dead de la obra original, Hamnet de Zhao y O’Farrel deriva su guion de la obra original.

La experiencia de espectador tampoco precisa de las ocho nominaciones al Oscar ni de las credenciales de otros premios ya ganados. De hecho, la razón de estos párrafos no es hacer crítica cinematográfica sino el afán de compartir una sensibilidad, una invitación a permitirse sentir el drama, la tragedia, y la catarsis (lágrimas inevitables mediante) de una gran obra. Porque sin ánimo de comparar (Shakespeare es incomparable), Hamnet está más acá y más allá de Hamlet. De hecho, toma un par de escenas de la obra original (como hizo Stoppard) para ponerlas al servicio de su propio mundo que, por otra parte, se desprende del original con una facilidad y verosimilitud sorprendente y totalmente inesperada.

Hablando de géneros literarios, hay algo del soneto en la estructura de la película. El planteo que se desarrolla a largo de la misma, con toda meticulosidad, intensidad visual y actoral, parlamentos concisos y tajantes, desemboca, cuando finalmente nos rendimos ante el fatal desenlace del drama (todo el mundo ya sabe el argumento), con una erupción de catarsis imposible de ser spoileada. Hay que experimentarla. Si va a ver Hamnet, sépalo: volverá a su casa y abrazará a sus seres queridos. Porque lo que experimentó, si bien no fue un sueño (aunque lo onírico subyace en toda la película), por suerte, fue una intensísima experiencia catártica. De esas que pocas veces tenemos el privilegio de experimentar. La catarsis que dio lugar al teatro, a la literatura, y al cine, y al psicoanálisis.

Fui a ver Hamnet con la idea de escribir algo comparándola con Shakespeare in Love (1998). No digo que no sea posible; simplemente, no tiene sentido. La película de 1998, que ganó el Oscar y que disfruté (y sigo disfrutando) inmensamente, es una comedia basada en la tragedia (‘de aprendizaje’, según la clasifica Bloom) Romeo & Juliet; Hamnet potencia el componente trágico sin clemencia para el espectador. No hay alivio cómico, no hay comedia de errores, no hay tregua; por el contrario: Agnes Shakespeare es trágica desde su introducción como personaje arropado en las raíces de los árboles y a través de sus partos aterradores, al tiempo que la muerte equivocada es consecuencia de esa madre signada por la tragedia como bruja.

Hamnet es una obra femenina, ahora que estamos en una era de ponerle género al arte. El punto de vista excluyente es el de Agnes. William Shakespeare es lo de menos. Su protagonismo llega al final y sólo al servicio de la catarsis de Agnes, que es la nuestra: todos estamos apoyados en el escenario (yo me apoyé en la butaca de adelante en una sala casi vacía) absortos por la redención de Hamnet en Hamlet, de William Shakespeare en el Espectro, todo con el umbrío bosque de fondo (el bosque pintado en tela de la escenografía nunca sale del encuadre).

Pero es Shakespeare el personaje en la película, así como Shakespeare el dramaturgo, el que ofrece el producto final, la gran oportunidad de acceder a toda esa humanidad oculta en los bosques, censurada por los prejuicios, contenida por el dolor, y finalmente liberada por la tragedia. Más que su parlamento final como Espectro en Hamlet, la intensa sensibilidad y humanidad del dramaturgo está dada por una sobria, contenida, y memorable actuación de Paul Mescal; su Espectro es pura mirada. No precisa más. El parlamento final de Hamlet en Hamlet, ‘el resto es silencio’, está contenido en la mirada de William Shakespeare (Mescal) detrás de bambalinas. Agnes calla y observa. Silencio. Nada más que decir.

Harold Bloom acuñó la expresión ‘la invención de lo humano’ cuando compiló sus ensayos sobre la dramaturgia de Shakespeare. Con todo respeto, no diría que Shakespeare lo ‘inventó’. Lo que sí diría es que pocos, muy pocos, han inventariado ‘lo humano’ en tal proporción, profundidad, complejidad, sutileza, y lenguaje poético, como lo hizo Shakespeare. Si seguimos el criterio de Bloom, sólo La Biblia, Cervantes, Dante, y algún otro inglés calzan los puntos de Shakespeare; pero ese no es la cuestión. El tema de ‘lo humano’ viene a cuento porque Hamnet es ‘Shakespeare’ pero no sólo lo trasciende: lo anticipa, lo entiende. Hamnet no inventa, pero sí descubre ‘lo (profunda y dolorosamente) humano’ en el dramaturgo que la inspira.

Dudo que pueda ver Hamnet muchas veces más, seguramente no en el corto plazo. He visto Shakespeare in Love decenas de veces. Esta última me regocija; la primera todavía la estoy procesando. Ambas son grandes experiencias cinematográficas: una es entretenimiento de alta costura, la otra es catarsis de alta intensidad. Ambas son Shakespeare. Es que ‘él’ fue todo eso.