Qué cuento elegimos escuchar

El escritor Yossi Klein-Halevi dijo que Israel no había nacido a causa de la Shoá (como muchos afirman una y otra vez en afán de desmerecer su legitimidad) sino a pesar de la Shoá.

El periodista Ari Shavit explica cómo un país pensado para ciertos refugiados (los judíos de Europa central y del Este) terminó siendo el hogar de los refugiados judíos de los países árabes expulsados en 1948. De Europa llegaron muchos, muchos menos que los esperados.

La politóloga Einat Wilf explica cómo UNRWA y los países árabes perpetuaron la condición de refugiados de los palestinos después de 1948 como un arma contra Israel en lugar de absorberlos como Israel hizo con sus refugiados judíos convirtiéndolos en ciudadanos.

Israel es una aspiración nacional (el Sionismo) pero en términos pragmáticos es el refugio y el hogar definitivo de cualquier judío en cualquier lugar del mundo.

Cuando nos preocupamos tanto por lo que dicen los otros sobre nosotros, cuando respondemos al relato palestino, cuando intentamos explicar nuestra legitimidad a quienes poco les importa, estamos postergando nuestro propio relato. No el relato victimario sino el relato de redención. Entramos en su juego y guardamos nuestro relato para nuestra vida comunitaria.

A tal punto, que para muchos existimos en función de lo que, supuestamente, hacemos con terceros (los palestinos), y postergamos o desconocemos las razones que nos trajeron hasta aquí. Nuestra causa es legítima, pero llega un punto que la otra causa la distorsiona.

La caída del 2º Templo de Jerusalém abrió un nuevo período de la historia judía: el judaísmo rabínico. No fue de un día para otro; el judaísmo, en su diversidad, tenía las herramientas para mantenerse vivo y trascender la historia. Con el Iluminismo, la Emancipación, y los nacionalismos el judaísmo fue gestando, en el siglo XIX, su tercera etapa histórica: el Sionismo. De otra manera, la Shoá hubiera acabado con buena parte de los judíos del mundo y el Islamismo con la otra parte.

Sin embargo, como judíos sabemos, a pesar de fanáticos y mesiánicos en nuestro seno, que el sentido de justicia y respeto por el otro son pilares fundamentales de nuestra cultura. La guerra en Gaza fue una guerra justa que tal vez no fue librada en forma justa en todo su transcurso. #Oct7 no fue un atentado terrorista ni un pogromo: fue un intento de eliminación. Fue un fractal de la Shoá. El trauma lo prueba; Israel salvó el trance: el Sionismo es la gran alternativa judía actual, pese a quién pese.

#Oct7 nos ha puesto a prueba. Muchos judíos están incómodos con la forma en que se desarrolló la guerra que siguió a aquel fatídico día. Muchos otros estamos ansiosos por dar vuelta a la página y mirar hacia un futuro más seguro para nosotros y más justo para todos. Algunos incluso reniegan de su judaísmo, capturados por el relato woke que se ha apropiado de la causa palestina; es su elección, su derecho. Sería bueno, sin embargo, que no olvidemos nuestro origen, dónde sea que nos ubiquemos hoy.

El intelectual Iosi Klein-Halevi ha dicho que la causa palestina se maneja con palabras-fuerza (genocidio, apartheid) mientras que los judíos e Israel contamos historias: explicamos. Cuando queremos acordar, nadie escucha excepto nosotros mismos. Por eso la batalla por la información es asimétrica y siempre la perdemos.

Más vale no agotar esfuerzos en otros y redoblarlos en nosotros mismos. Cada judío que viva en paz consigo mismo como tal vale mucho más que cualquier enemigo en guerra con nosotros; difícilmente incidiremos en su subjetividad. Hay mucho que no sabemos, es verdad; pero sepamos bien nuestro propio relato y no permitamos que nadie se meta con él.