Qué batallas elegimos
Recientemente la periodista uruguayo-israelí Ana Jerosolimsky se refirió a los contenidos de la participación televisiva del experiodista especializado en información internacional Martín Sarthou que, tras un alejamiento de varios años de la pantalla, ha vuelto al ruedo. Esta vez su intervención fue en ‘Polémica en el Bar’. Como no podía ser de otra manera, habló de la guerra en Gaza y sus consecuencias. En su largo período como informativista Sarthou no ocultó su postura anti-israelí ante el conflicto cuando tocaba informar.
Por estos días también visita Uruguay dando entrevistas en diferentes medios el periodista uruguayo-israelí Quique Kierzembaum, famoso por aquel informe que, guiado por él, hizo el periodista Ignacio Álvarez sobre la vida de los palestinos en los denominados ‘territorios ocupados’, o Judea y Samaria. La mayoría de la opinión pública judía uruguaya nunca le perdonó aquel ‘momento de locura’, aunque finalmente todos entendimos que no era ‘locura’ sino su cuerda e inequívoca postura ideológica.
En suma: somos pocos y nos conocemos bien. Demasiado bien. Sabemos qué esperar.
Siendo así, me pregunto cuál es el punto de seguir este eterno y poco útil debate de aclaraciones, puntualizaciones, explicaciones, y relatos. Sea confrontando a Sarthou, a Kierzembaum, o al propio Christian Mirza… ¿Qué ganamos? Digo ‘poco útil’ para no cerrarme a quienes legítimamente argumentan que esa labor, la de contestar, explicar, y justificar cada situación sobre la cual como judíos y sionistas somos denunciados, tiene su razón de ser, su cometido, y sus logros. Admito que tal vez tenga su razón y su cometido; en cuanto a los logros, soy escéptico.
Pasan las semanas y los meses y yo no percibo cambio alguno en el periodismo uruguayo salvo excepciones que confirman la regla. Si ‘Polémica en el Bar’ genera opinión pública (Dios nos proteja), flaco favor nos hace; aun cuando invite a connotadas personalidades pro-israelíes. Lo que en unos casos sirve de estribo para la crítica tendenciosa, y alevosa, en los otros casos se convierte en acoso liso y llano, agresivo y patotero. ¿A santo de qué, entonces, seguir aclarando cuando en realidad todo está predispuesto a oscurecer?
Me dirán: alguien tiene que hacerlo. No son pocos los que asumen el desafío. Creo que poco cambiará, lo hagamos o no. Podemos influir en algunos liderazgos, podemos impedir que el prejuicio y el odio pasen a mayores, que trasciendan una murga con ideología o una entrevista con agenda, pero todos esos recursos antagónicos tienen mucho más alcance y mucha más fuerza que nuestro afán de explicar. Como se dice en criollo, es al ñudo. Es una postura muy personal que sostengo hace muchos años. Tan es así, que sólo escribo y opino sobre estos asuntos cuando como simple judío uruguayo el odio hacía mi comunidad deviene en dolor: murgas, grafitis, persecución de niños, y afines.
De ahí a discutir con posturas ideológicas pro-palestinas (en tanto la postura palestina sea ‘del río al mar’, o sea, la no existencia del Estado de Israel), cuando no con fuerte connotación antisemita, o antisemitas sin tapujos, hay un gran trecho: me reservo la energía para dar mis ‘batallas’ internas. Los judíos nos unimos ante la adversidad pero estamos demasiado divididos puertas adentro. En muchos casos nos define más el odio del otro que el amor propio.
No soy partidario de seguir abonando el judaísmo con el fertilizante del antisemitismo.