Los Cuatro Hijos
Si tuviera que elegir uno entre los cuatro hijos de la Hagadá de Pesaj para representar los cuatro testimonios que escuché de los retornados, elegiría al inocente, el ‘tam’. Estos son los testimonios:
Maxim Herkin, Segev Kalfon, Oz Daniel Z’L, y Rom Braslavski, en ese orden, fueron Los Hijos de Israel la semana pasada en los medios israelíes. La madre de Oz, de Kfar Saba, habló por él.
¿Por qué el hijo ‘inocente’? Porque todo lo que sucedió en su entorno fue inesperado, los superó, pero se hicieron cargo no sólo de sobrevivir sino, ahora, de contar la historia. ‘Simplemente’, como hacemos en la Hagadá, aunque no sepamos más nada. Los hechos.
Ninguno fue el hijo ‘que no sabe preguntar’. Aunque distintas, todos hicieron las preguntas que había que hacer: las de sentido común, las existenciales, las filosóficas. Tampoco ninguno permaneció ignorante a partir del momento que fueron capturados. Todos entendieron qué estaba sucediendo.
Ninguno fue el hijo ‘malvado’, el que se excluye del relato. Todos fueron víctimas precisamente porque se incluyeron en el relato: intentando salvar vidas y enfrentando la avalancha palestina.
Tal vez Maxim Herkin, deshaciéndose de su identificación como oficial de las FDI, califica como el hijo ‘sabio’, el que conoce o intuye las ‘reglas del juego’ en que se vio inmerso, como quien conoce los pasos del Seder de Pesaj y las normas de la festividad. De esa manera salvó su vida.
Cuando en Pesaj leemos la Hagadá, ‘los cuatro hijos’ son uno de los pasajes más controvertidos, complejos, incluso incómodos, pero, al mismo tiempo, uno de los pasajes con más diversidad de todo el texto. A tal punto, que en muchas mesas se invita a sumar más ‘hijos’, más actitudes en relación al relato. La clasificación tradicional dista mucho de ser actual.
Cuando escuchamos los testimonios de esta semana, y cuando escuchemos los que quedan, seguramente la actitud, el relato, y la liberación darán lugar a mucho más que cuatro hijos. Cada uno representará su parte de un trauma: intransferible para cada uno, específico para ellos, pero colectivo para todo Israel a través del ritual del relato. Como en Pesaj.
Pero no hace falta llegar a Pesaj: su salida de ‘las estrecheces’ es mucho más que una coincidencia de tipo simbólico.
Así como hemos comenzado a saber cómo vivieron ellos estos dos años; así como cada uno de ellos encara su futuro (desde la pulsión de vida y decisión más firme a la agorafobia más explícita); del mismo modo es tiempo que nosotros, los que los esperábamos, asumamos qué hijo queremos ser.
Tal vez ninguno de los cuatro que propone la Hagada: ni el que lo sabe todo y se sobra; ni el que se auto-excluye; ni hacernos los ingenuos; ni esforzarnos en entender lo complejo que es todo.
Porque si algo ha quedado claro es que:
1, nadie sabe qué pasará en la hora siguiente; 2, el odio no distingue entre quienes se incluyen o excluyen en el colectivo; 3, la ingenuidad no paga, mata; 4, no entender lo complejo de la realidad es, sencillamente, estúpido.
El relato de estos cuatro rehenes nos compele y desafía. ‘El día después’ ya llegó. No vale postergarlo ni eludirlo. No más.