De abuelos y nietos

A pocos días del regreso de los veinte rehenes vivos desde los túneles de Gaza dos soldados israelíes murieron en una emboscada en los túneles de Gaza.

Uno de esos soldados, Itai Yavetz, es nieto de un uruguayo fundador del kibutz Ein Hashlosha en la frontera con Gaza. Dos generaciones y 75 años más tarde los ideales siguen vivos.

El sueño de aquel fundador era que sus hijos y nietos no tuvieran que vivir por la espada.

Los ideales viven pero la realidad ha sido más contundente. Pasados estos dos años difícilmente alguien pueda imaginar una realidad muy diferente a la que se ha impuesto por la fuerza.

Junto al alivio y la contenida alegría de la liberación de los rehenes vivos y el lento y engorroso regreso de los muertos, nadie puede ignorar la incertidumbre del futuro.

Un ‘nuevo Oriente Medio’ llevará no dos sino varias generaciones para crearse. Si es que se crea.

Soy hijo de pioneros que renunciaron a aquel desafío pero que nunca abandonaron ni la mística ni los valores que nutrieron su juventud. La cruel ironía del destino, por lo tanto, me abruma.

Así como mis padres y este abuelo Yavitz cuyo nieto cayó en Gaza dejaron su ‘tierra, su familia, su casa paterna’ (Génesis 12:1) en la década del ’50 del siglo pasado, la mitad de mi generación hizo algo parecido en la décadas de los ’70 y ’80.

Sus hijos nacieron y crecieron en Israel, hablando hebreo y balbuceando español; ahora sus nietos han nacido en Israel: hablarán hebreo, servirán en el ejército. La decisión de una generación es el legado de la siguiente.

Entre ellos algunos se preguntaron si, a la luz de los acontecimientos que comenzaron en enero de 2023 con el enfrentamiento civil y siguieron con el ataque de #Oct7, aquella decisión había sido acertada.

Cómo explicar a sus hijos la profunda brecha entre aquellos ideales y esta realidad. Cómo justificarla. Me dijo un amigo: ellos no conocen más que Israel. Esta es su patria. ¿Esta?

Cuando ya se cuentan 960 caídos en esta guerra, cuando el acuerdo se sabe tan frágil, cuándo el futuro es tan incierto, una historia puntual, una historia ‘mínima’, simboliza el derrotero de todo un pueblo, toda una nación.

Veinte liberados, dos caídos: todo en pocos días. No hay tregua. Uno de los caídos nos toca de cerca. Muy cerca. Nos remite a nuestra propia historia: la que fue y la que pudo ser.

Yo volví a bailar en Simjat Torá. Con mi nieto. Soy un privilegiado. Hay más de dos mil nietos y abuelos que ya no podrán bailar.

Pero seguirá habiendo Simjat Torá, bodas, Bar Mitzvot… unos bailaran por los otros. Siempre habrá un momento para recordar. Seguir adelante.

Am Israel Jai.