Tiempo en suspenso.
Estamos en un tiempo, como se dice en Hebreo, ‘entre dos soles’ (bein hashmashot), cuando todavía no es de noche pero ya no es día. Aunque tal cosa no exista realmente, existe como metáfora: el tiempo está suspendido. Este Jol Hamoed (*) de Sucot ha potenciado el sentido de lo frágil y vulnerable que la festividad evoca.
A tal punto, que lo que debió ser (y para muchos fue) una expresión desenfrenada de alegría y júbilo (a cuenta de más cuando efectivamente los rehenes hayan vuelto) se transformó en un optimismo asordinado, mesurado, prudente. Como si no pudiéramos, después de dos años desesperantes, valorar la verosimilitud de los hechos. Podría ser que algo frustre lo acordado, pero las señales esta vez son demasiado fuertes para ser ignoradas.
Nadie se acostumbra a vivir en el martirio, pero sin duda estos dos años tocó.
En primer lugar, a los rehenes, de los cuales esperamos los últimos veinte vivos y los cuerpos de otros veintiocho para Simjat Torá (sí, el mismo día que #Oct7, nada es porque sí). En segundo lugar, a los familiares de los rehenes. En tercer lugar, a los familiares de los asesinados en #Oct7, los muertos en cautiverio, y los soldados caídos en acción. En cuarto lugar, a los israelíes; por lo menos la mayoría con la que yo me identifico. Y por último a nosotros, los judíos de la diáspora sionistas y comprometidos.
Si algunos ya están acusando a los instigadores del odio en medios de prensa y redes sociales de quedarse sin material que alimente su discurso, me pregunto hasta qué punto muchos de nosotros nos adaptaremos a esta nueva situación de cese de hostilidades. Porque será momento de hablar de la reconstrucción de Gaza, es cierto; eso se lo dejo a Trump y sus socios. Pero también será momento de hablar del Israel que emerge al otro lado del túnel, del pueblo judío afectado por el antisemitismo desenfrenado: en suma, del trauma.
Será hora de barajar y dar de vuelta. Hora de investigaciones. Hora de reconstrucción. Hora de retomar temas, algunos que demostraron ser fatales. Hora de pensarnos a futuro: como Estado-nación y como pueblo. Ahora sabemos quién es quién: desde el fanático Ben-Gvir hasta el último judío cuyo auto-odio es más nocivo que un antisemita cualquiera. Como dijeron en mi comunidad, NCI de Montevideo, durante Iom Kipur: es hora de revisar los pactos.
Mientras tanto, disfruto del tiempo suspendido, del cosquilleo de la expectativa, de la oportunidad de anticipar la alegría.
No soy ingenuo: sé que la ‘fase 1’ podría ser la única fase, y sé que está más en nuestras manos que en la del enemigo. Pero así como Hamas está derrotado, después del insuceso en Catar el gobierno israelí está jaqueado. El acuerdo fue ahora pero no por la inminencia del Nobel…
Por todo esto, ni hoy, ni mañana, ni pasado, quiero escuchar escepticismo, duda, fatalismo. Ya tuvimos, bastante. Para toda una generación, si no para dos. O más. Nunca fui muy afín a bailar con los rollos de la Torá; nunca creí demasiado en el slogan ‘volveremos a bailar’; pero este año espero con anticipo el ritual de Simjat Torá que tanto convoca.
También sé que el tiempo judío, siendo cíclico, progresa hacia una era que algunos llaman mesiánica. Para mí, es una nada simple dinámica de superación constante. El Sionismo es joven. Israel es joven. El antisemitismo es viejo. Todavía hay mucho para perfeccionar. Primero, veamos a los rehenes volver a casa. B’H.
No digamos Amén; digamos Am Israel Jai. Vaya si vive.