Una Cuestión Existencial

En nuestra última cena semanal antes de Rosh Hashaná con un grupo de amigos, cuando ya nos íbamos, uno de ellos dijo: padezco una ‘depresión existencial’. Hacía referencia a lo colectivo como judíos. La contundencia de la expresión resumió en ese instante, en dos palabras, literalmente, las ideas sobre las cuales vengo pensando escribir cuando estamos cerrando este año hebreo 5785. Así que no había mejor forma para empezar que citándolo. Porque resumió un estado de ánimo probablemente más extendido de lo que la mayoría quiere admitir, al tiempo que condiciona nuestro cotidiano transcurrir por la vida.

No son pocos los conocidos con quien me cruzo e intuyo, o simplemente percibo, un estado de ánimo similar. Algunos lo camuflan en el espíritu de resiliencia y heroísmo con el cual fuimos educados, cuando no en un nacionalismo exacerbado según el cual nunca cometemos errores y si lo hacemos, o cuando no son errores sino horrores, están justificados. Otros no esconden su incomodidad con la situación, su dolor, su confrontación diaria con un Israel gobernado por líderes cuyos valores, mayormente, aborrecemos. Algunos están tan incómodos que optan por enojarse (el enojo es una respuesta clásica a la frustración), algunos llegan tan lejos como a la acusación, sirviendo así el interés de los antisemitas.

Probablemente la mayoría seamos como este amigo: padecemos una suerte de depresión existencial que conmueve nuestra inamovible identidad, pero avanzamos en la vida cumpliendo nuestras obligaciones como cualquier mortal que evita la alienación tanto con las ideologías como con las coyunturas, por complejas que sean. La vida sigue. La vida judía también.

Tal vez esa sea la gran diferencia entre hoy y ochenta años atrás, entre las consecuencias del pogromo de #Oct7 y aquellas de la Shoá. Hace menos de un siglo la opción más real era que la vida judía no siguiera. Creo que hoy pocos tenemos dudas al respecto. La razón es una sola, y es la misma que nos salvó después de la Shoá: el Sionismo. Precisamente el objeto de odio de nuestro tiempo que, a pesar de la perversión del actual gobierno de Israel, es nuestra tabla de salvación. Nos permite que la ‘depresión existencial’ no pase el límite con la desesperación, que nunca es buena consejera y suele tener consecuencias fatales.

Las consecuencias de #Oct7 para Israel y para el mundo judío en general ya son parte de nuestra realidad, donde sea que nos encontremos.

En Israel, a pesar de que la vida sigue su curso (la gente se sigue casando, las clases comenzaron, por ejemplo), trauma y temor siguen subyacentes. Por más euforia por los logros militares que haya, todos saben que los rehenes siguen en Gaza y los hutíes siguen disparando misiles y drones. Judea y Samaria son fuente de una amenaza constante. Tal vez por un tiempo Israel deba convertirse en Esparta y renunciar a ser Atenas, como me dijo alguien muy cercano desde allí. La interna política arde y la sociedad israelí ha cambiado para siempre.

En la diáspora, y de forma globalizada, el viejo y más básico antisemitismo se ha permitido dar rienda suelta a sus más bajos instintos. El palestinismo es la nueva bandera de la vieja causa de odio al judío. Ya no son sólo las manifestaciones céntricas en las grandes ciudades, ya no son sólo los medios operadores del discurso de odio, ya no son sólo las redes sociales; con la excusa de la sensibilidad hacia Gaza y sus habitantes (sensibilidad que no aplica a otros sufrientes de la Humanidad), cualquier judío siente y sabe que su vínculo con el prójimo está profundamente afectado por este prejuicio atávico resucitado.

Por eso creo que la expresión ‘depresión existencial’ aplica tan bien. Porque es un sentimiento que afecta nuestra existencia, nuestro vínculo con otros, nuestros vínculos laborales, sociales, e incluso familiares. Temas que nos vemos obligados a evitar, temas que nos confrontan con ferocidad. Cualquiera da vuelta la esquina y así como encuentra un grafiti de odio o una bandera palestina se encuentra con que ya no puede hablar con el prójimo como solía hacerlo. Porque en definitiva nuestra depresión existencial no es comparable a la miseria existencial del pueblo palestino ni condice con nuestro supuesto instinto ‘colonialista’ y ‘genocida’. Pero sobre todo, porque en general ya todos han olvidado #Oct7, la masacre, los rehenes, y los caídos en los siete frentes que Israel enfrentó. El palestinismo ha prevalecido sobre la victimización judía.

El judaísmo y el sionismo, sin embargo, mantienen sus altos estándares éticos. Pese a quien pese, digan lo que digan. De lo contrario, nadie acuñaría la expresión ‘depresión existencial’.