Israel, Antisemitismo, Actualidad.
Extractos de la entrevista de Alejo Schapire al historiador Georges Bensoussan en ‘Seúl’, 10 de agosto de 2025.
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Lo que se nota en todas las encuestas sobre el antisemitismo hoy en Francia es que mientras más importante es la práctica religiosa musulmana, más vivaz es el antijudaísmo. Hay, por tanto, una correlación. Lo que remite evidentemente a la visión del judío en el islam y en el Corán: el judío que “falsificó” las Escrituras, el judío que traicionó a Mahoma, los judíos que quisieron envenenar al Profeta, etcétera. Esta visión tradicional no es solamente desdeñosa, está cargada de odio. El judío es un enemigo; cierta cantidad de suras (capítulos) del Corán van en ese sentido. Hay, por tanto, una correlación entre práctica religiosa y antijudaísmo. Pero el problema de la sociedad francesa y de las sociedades occidentales en general es su ignorancia antropológica del mundo árabe-musulmán, su ignorancia del islam y su ignorancia de los textos.
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La visión tercermundista ve en Israel un islote occidental en Oriente, occidental por el nivel de vida, la tecnología, el poder, la riqueza, en un mundo árabe o circundante relativamente pobre. Esta visión se impuso después de la Guerra de los Seis Días.
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Desde hace 90 años, se piensa con razón que la mejor solución es la división en dos Estados. Desde el plan británico de la Comisión Peel en 1937, o sea, 88 años. Pero esta solución de dos Estados fue rechazada en varias oportunidades por la parte árabe; rechazada cinco veces, exactamente en 1937, en 1947, luego tres veces a partir de los años 2000. Es el primer punto. En segundo lugar, ¿por qué la parte árabe rechaza los dos Estados? Porque eso significaría aceptar el reparto, por tanto la soberanía del Estado de Israel. Y eso estaba fuera de discusión, incluso más allá de los acuerdos de Oslo, en 1993, puesto que el reconocimiento que figuraba ahí había sido, desgraciadamente, invalidado por las declaraciones de Yasser Arafat en árabe desde el año siguiente. Porque la versión nunca era la misma según se dirigiera en inglés ante occidentales o se dirigiera en árabe. En un caso, mostraba conciliación; en el otro, exponía crudamente una estrategia de rechazo.
Lo que remite al trasfondo antropológico del conflicto. ¿Este conflicto es territorial? ¿Versa únicamente sobre las cuestiones de Jerusalén, de los refugiados o del territorio? Muchos occidentales tienen dificultades para comprenderlo. El conflicto tiene una naturaleza antropológica más profunda. Remite al estatuto del judío en tierra de islam y a la imposibilidad de aceptar una soberanía judía sobre una parte de una tierra considerada como musulmana para siempre. Esta parte de Palestina fue en efecto musulmana desde el siglo VII. Salvo en la época de las Cruzadas en el siglo XII y hasta 1917, donde pasa bajo soberanía británica.
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Desgraciadamente, no es realmente un conflicto territorial, y es por eso que usted podrá hacer todas las concesiones territoriales que quiera; no desarmará el rechazo árabe, no llegará a la paz. La idea de un Estado de Israel soberano es imposible de aceptar en una gran parte del mundo árabe-musulmán. Esta verdad es dura y trágica, es espantosa e incluso desesperante, pero es la verdad histórica. Mientras no se la enfrente crudamente, de frente, no avanzaremos ni una pulgada en la resolución de este conflicto. Mientras no haya una revolución de las mentalidades del lado árabe-musulmán, mientras el sistema de enseñanza en el mundo árabe no haya roto con el odio obsesivo hacia los judíos, ningún avance será posible e Israel deberá vivir en pie de guerra como es el caso desde 1948.
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Uno no puede sino asombrarse ante la hipercentralidad mediática de este conflicto. En términos de letalidad, no es el conflicto más mortífero del planeta, lejos de ahí. Vea lo que pasa en el Congo, por ejemplo, actualmente, en Sudán, donde se cuentan 12 millones de “desplazados” y cientos de miles de muertos. Pero aparentemente, eso no le interesa a nadie. Hubo cerca de 600.000 muertos en Siria desde marzo de 2011. Tampoco le interesa a nadie. En 14 años, ni una sola gran manifestación en París. En Siria, alauitas fueron masacrados en el mes de marzo y drusos en el mes de julio. Misma observación: ni gran manifestación, ni una sola marcha en Plaza de la República, ni siquiera los grandes títulos del diario de la burguesía progresista, Le Monde. Nada. Es por eso que su pregunta es LA pregunta de fondo, y a esta pregunta la única respuesta digna de ese nombre, capaz de agotar este misterio, es la que hacía hace una veintena de años el poeta palestino Mahmoud Darwich a una escritora israelí. Le decía más o menos esto: ¿sabe por qué se interesan por nosotros, los palestinos? No por nosotros o por Palestina. No. Se interesan por nosotros porque ustedes son nuestros enemigos, ustedes los judíos. Si tuviéramos como enemigo a Pakistán o cualquier otro país, se burlarían perdidamente de este conflicto y nadie se interesaría por nosotros. Es porque ustedes son nuestros enemigos, ustedes los judíos, que se interesan por nosotros. Como dice frecuentemente el psicoanalista francés Daniel Sibony, “el origen del odio es el odio del origen”. La movilización histérica alrededor de Palestina traduce en primer lugar el odio del origen judío; es eso lo que está en causa en el fondo.
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Hay judíos que, desde la diáspora, condenan al Estado de Israel en nombre de una moral superior. Frecuentemente, por otra parte, invocan la moral judía como si el Estado de Israel la hubiera profanado y ya no pudiera representar al mundo judío, como si se hubiera vuelto indigno de eso porque habría traicionado los “valores del judaísmo”. Creo que en las reacciones de estos “judíos sublimes”, como los llama irónicamente Daniel Sibony, hay una sorda voluntad de desmarcarse de un signo judío que conlleva cada vez más exclusiones y estigmatización. Es un reflejo corriente en la historia de las diásporas judías cuando, en las capas superiores de la sociedad judía, un cierto número de notabilidades toman distancia con el mundo judío en los períodos de persecuciones más duros.
A fines del siglo XIX, como en los años ’30, toda una burguesía judía de Europa occidental, francesa, alemana y otra, toma distancia con los ostjuden, estos judíos del Este, inmigrantes ashkenazíes venidos de Polonia o de otra parte. Como el antisemitismo que suscitan puede golpearlos de rebote, toman distancia de ellos y se apresuran a hacerlo saber. Hoy, el signo de infamia es el Estado de Israel y con él el sionismo, y es por eso que las mismas notabilidades, al menos una parte de ellas, toman distancia con un Estado que se habría hundido moralmente. Lo hacen porque temen ser estigmatizados y excluidos como él. Les costaría perder una representación social, amigos, sus invitaciones a los medios convenientes. En suma, detrás de su postura moral, frecuentemente (pero no siempre afortunadamente), hay una forma de impostura social.
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La acusación de genocidio es la reanudación de acusaciones antiguas. El vínculo con el deicidio es este: la acusación de deicidio en sociedades religiosas tradicionales lo pone a usted fuera de la humanidad. Usted mató a Dios o al Hijo de Dios; ya no está entre nosotros, no comparte nuestra humanidad. Echarlo es un deber moral.
En sociedades descristianizadas y tan secularizadas, el crimen mayor es el genocidio. Al ser un genocida, usted mismo se pone fuera de las leyes humanas y legitima por adelantado contra usted todo lo que la moral me permite hacer. Las acusaciones de deicidio y de genocidio son de la misma naturaleza; lo ponen fuera de las leyes corrientes de la humanidad.
8.-
Uno no elige sus aliados. Cuando un hombre se ahoga, ¿mira el color del bastón que le tienden para sacarlo del agua? No. Cuando se tienen tan pocos aliados, cuando hacen de usted un Estado paria, estigmatizado, incluso apestado, cuando un boicot generalizado es promovido contra usted, incluso en el dominio de la cultura y del deporte, cuando sus empresas son privadas de inversiones o de mercados, lo que arriesga perjudicar una economía ya extenuada por el esfuerzo de guerra, entonces usted no mira dos veces el color político de sus aliados. Políticamente, es de una gran banalidad. Históricamente, también. Churchill, cuyo anticomunismo era profundo y fundado sobre una excelente información, ¿miró dos veces en materia de devastación de los derechos humanos y de un gulag cuya existencia conocía perfectamente antes de aceptar a Stalin como aliado en la lucha contra Hitler en junio de 1941? En ningún momento.
entrevista completa en https://seul.ar/georges-bensoussan/