Lealtad y Padecimiento
Confundir nuestra sensibilidad con nuestro grado de lealtad es un error. Confundir nuestra sensibilidad respecto del enemigo con nuestro grado de lealtad a nuestra causa también lo es.
Sufrimos por Israel porque Israel ‘es familia’; sufrimos por Gaza porque somos humanos. Medir la lealtad a nuestra causa con la vara de la sensibilidad o el sufrimiento es confundir los tantos.
No hace mucho me dijeron que, post #Oct7, se había instalado entre judíos una ‘competencia’ acerca de ‘a quién le duele más Israel’. La compulsión de un grupo a manifestar públicamente su ‘sensibilidad’ y al mismo tiempo juzgar, implícitamente, a quienes elegían no expresarse.
Hace poco escuché otro concepto: ‘CV’, ‘competitive victimization’. Victimización competitiva. Es un concepto de origen académico, no un recurso retórico. Refiere a la guerra mediática (y real) acerca de quién es la víctima y quién el perpetrador. Quién es LA víctima definitiva.
Sea ‘duele Israel’ o sea ‘CV’, ambas percepciones caen en la categoría de ‘opinión pública’. Son no sólo materia opinable, también son materia viralizante: un discurso que se propaga e instala. Responden a una realidad; no son una fantasía sino una respuesta a un trauma. Pero no son percepciones inofensivas: nos perdemos en laberintos éticos, nos cegamos a ver las paradojas.
Esta semana conmemoramos Tisha BeAv, la fecha que recuerda desde la caída de los dos templos de Jerusalém hasta la caída la Amia en Buenos Aires. El Judaísmo ha agrupado sus grandes desgracias en una sola fecha. Este 9Av como el anterior han sido más bien acerca de Tishrei22 u #Oct7, fechas en la cual parece haberse detenido el tiempo.
La tradición rabínica nos enseñó, para no alentar el espíritu reivindicativo y rebelde heredado de los Macabeos y llevado al extremo de la destrucción como consecuencia la violencia zelota, que las causas de la destrucción de los templos fue el ‘odio gratuito’: un odio irracional y estéril. Es muy recomendable leer el absurdo del relato Kamtza y Bar-Kamtza (Talmud, Gittin 55–56).
En el año hebreo 5783, 2023 en el año gregoriano, Israel en particular y el pueblo judío en general se vieron arrastrados a un cisma de proporciones históricas. Si algo se pareció alguna vez a aquel ‘odio gratuito’, los meses previos a #Oct7 califican sobradamente. El pogromo de Hamas generó una unidad indiscutida e imprescindible pero postergó las profundas divisiones que nos habían atravesado a todos. Todo se postergó para ‘cuando termine la guerra’.
En dieciocho meses Israel dio vuelta la situación derrotando al ‘imperio’ agresor (Irán y sus proxis), algo impensable hace dos mil años. Es la ventaja de vivir en tiempo de la revolución tecnológica. Pero la guerra que comenzó en #Oct7 en Gaza no sólo no ha terminado; está perdida desde aquel día. Mil doscientos civiles asesinados en pocas horas y doscientos cincuenta rehenes de los cuales cincuenta aún yacen en Gaza no califica como triunfo bajo ningún criterio.
La destrucción absoluta de Hamas ha supuesto la destrucción de Gaza. Esas suelen ser las consecuencias de la guerra. Los ojos y la presión mundial están puestos en esa situación que nos ha entrampado a todos. Como escribió Ari Shavit hace años, ‘nos tienen agarrados por las pelotas y nosotros los tenemos agarrados por el cuello. Ellos aprietan, nosotros apretamos’ (*).
A veintidós meses de iniciada la guerra volvemos al principio. Superados los desafíos militares, tan desafiantes como todos los de la historia de Israel, neutralizado el riesgo existencial, mientras los israelíes intentan volver a una cierta ‘normalidad’ y se preparan para las próximas elecciones (2026), Gaza sigue ahí y el antisemitismo sigue intacto, creativo y revitalizado.
La competencia por la victimización crece, la confusión entre sensibilidad y lealtad nos desafía. Ante la agresión externa, la frustración y el dolor nos enfrentan unos a otros. Nos acusamos. Nos culpamos mutuamente. Nos distanciamos. Usamos lenguaje agresivo. Despreciamos al prójimo. Blandimos el garrote, nos ofuscamos. Nos auto-atribuimos la cualidad del ‘humanismo’, como si hubiera judíos que no lo fueran. En suma: hemos sucumbido al ‘odio gratuito’. Lo que hemos ganado por la revolución tecnológica en dos mil años lo perdemos por la auto-complacencia moral como si esos dos mil años hubieran pasado en vano.
Así como estoy convencido que no habrá caída de un ‘tercer templo’ me niego a creer que no podamos superar el odio. Que, en sus consecuencias, de gratuito no tiene nada. Es demoledor.
(*) ‘My Promised Land: The Tragedy and Triumph of Israel’ (2013).