9Av, Devarim.

Tishá BeAv. Día de duelo. Día de dolor. Día de inmensas tragedias que marcaron nuestra historia como pueblo: la destrucción del Primer y del Segundo Templo, la expulsión de los judíos de España, la expulsion de los judios de Inglaterra, el inicio de la Primera Guerra Mundial, la deportación del gueto de Varsovia a Treblinka.

Una y otra vez, en esta fecha, la historia parece quebrarse. Y lo más curioso, lo más misterioso, es que según los místicos, el Mesías nacerá en Tishá BeAv. Desde el dolor, nacerá la esperanza. Desde el duelo, la redención. Pero ¿Podemos creer eso?  ¿Podemos creer en el Mesías?

Momentos como este me hacen acordar a un cuento corto de Gershom Scholem que voy a parafrasearles hoy:

Un día cualquiera, caminando por las callecitas polvorientas de Ierushalaim. No era Shabat. No era Tishá BeAv. No era Yom Kipur. Era martes. O miércoles. Una de esas tardes en las que el sol pesa más que la historia. Y ahí estaba él. Sentado en un banco, sin aureola, sin alas, sin séquito de profetas. Ni siquiera tenía celular. Solo una bolsa de tela y sandalias gastadas. Lo miré. Él me miró. Nos reconocimos. Él sabía quién era yo y yo sabía que él era el Mesías. Entonces, por puro reflejo, le pregunté: ¿Cuándo vas a venir? Se rio. Su risa era vieja. Como si ya la hubiera oído antes, en algún sueño de infancia o en un versículo de Zacarías. No dijo nada. Porque sabía que yo sabía. Que él ya estaba ahí. Que ya había venido. Que estaba viniendo desde siempre. Pero yo, en vez de caer de rodillas, de gritar “¡Ha llegado la redención!”, hice lo que mejor sabemos hacer: fingí demencia. Miré para otro lado. Y seguí caminando. Porque, seamos honestos: ¿De verdad queremos que venga el Mesías? ¿Para qué queremos que venga? ¿Para volver al pasado? ¿Para reconstruir un templo, para volver a hacer sacrificios de animales? ¿Para devolverle el poder a una casta sacerdotal y dejar que decidan sobre nuestra propia existencia?

El mesianismo clásico promete maravillas: el regreso de todos los judíos a Israel, el fin del exilio, la paz universal, un mundo redimido… como el de antes. O como creemos, románticamente, que era antes. Pero esa promesa, ¿es real? ¿O es un mito que nos inventamos para no madurar?

Para ser honestos, es más fácil vivir en la idea de promesa que en la concreción. Quizás por eso nos aferramos a la espera, porque la espera no exige acción. La redención que siempre está por venir nos libera de la responsabilidad de tener que construirla. Pero no hay redención sin responsabilidad. Y no hay Mesías sin humanidad.

Decían Emmanuel Levinas: “El Dios que se oculta de la humanidad es porque tiene fe en la humanidad.” Pero cuando pedimos un Mesías, estamos diciendo lo contrario. Estamos diciendo: “no podemos solos”. Estamos pidiendo que alguien de afuera venga a resolver lo que no queremos asumir. Ese es el verdadero problema: El Mesías es una renuncia a la adultez. Una nostalgia infantil por una autoridad que nos diga qué hacer. Por eso no debemos desear un Mesías. Debemos aprender a vivir sin él. Debemos crecer.

Esta semana comenzamos a leer Devarim, el último libro de la Torá. Moisés habla y les dice al pueblo: están por entrar a la tierra. Y aunque Dios la prometió, no será regalada. Van a tener que conquistarla.  Van a tener que construirla. Van a tener que merecerla.

Eso aprendimos también hace casi 80 años, cuando en lugar de seguir esperando una promesa, nos acordamos de que Dios prometió la tierra en la Torá pero igual hubo que salir a conquistarla. Por eso nuestros padres y abuelos se movilizaron a crear el Estado de Israel. Con contradicciones, con desafíos, con heridas, pero con dignidad. Sin Mesías, sin espera, pero con deseo. Solo con seres humanos dispuestos a actuar. La historia de nuestro pueblo nos enseña que la era mesiánica no empieza con milagros sino con justicia. No cae del cielo, sino que brota de la tierra.

Tishá BeAv nos recuerda lo que se destruyó. Devarim nos llama a construir lo que sigue. El Mesías quizás no viene. Y así está bien. Porque el mundo no se cambia esperándolo. El mundo se cambia haciéndolo.

Prédica de Hori Sherem en la NCI de Montevideo en Shabat Jazón, viernes 1 de agosto de 2025