Del agravio a la efusión

Siguiendo con mi relectura de ‘La Historia de los Judíos’ de Paul Johnson me encuentro con la siguiente afirmación:

Una de las principales lecciones de la historia judía ha sido que los repetidos agravios verbales tarde o temprano aparecen seguidos por actos físicos violentos. En el curso de los siglos, con frecuencia los escritos antisemitas crearon su propio y terrible impulso, que culminó en una efusión de sangre judía.

Una de las características más escalofriantes de lo que nos toca vivir como judíos es que todo aquello que leíamos como Historia, como pasado, hoy nos sucede. Aquí y Ahora. El relato que nutrió nuestra identidad suceden, como decimos en Janucá, ‘en estos tiempos’.

Irán y sus proxis nunca ocultaron que su fin es la destrucción de Israel. ‘Del río al mar’ no es una metáfora ‘líquida’ sino una definición explícita: ‘del río al mar no habrá judíos ni Estado judío’ en la franja de tierra que ellos llaman Palestina y nosotros Tierra de Israel.

La ‘ley del retorno’ con la que hacen imposible cualquier tratado de paz mediante la creación de dos estados es una formulación explícita de la negación del estado judío. Está escrito y repetido hasta el cansancio.

Como si Johnson hubiera sido premonitorio, el 7 de octubre fue ‘una efusión de sangre judía’ versión siglo XXI. No en la boscosa Europa sino en la polvorienta planicie costera de esa disputada franja de tierra entre el río (Jordán) y el mar (Mediterráneo).

En  el resto del mundo, como si con aquello no fuera suficiente, las manifestaciones antisemitas en todas sus versiones tienen consecuencias reales y sangrientas.

En las universidades de los EEUU desembocaron en un asesinato en la puerta del Museo de la Shoá de Washington DC hace dos meses. En Melbourne, Australia, fue quemada una sinagoga esta semana. En Argentina, finalmente se habilitó la posibilidad de juzgar los atentados en AMIA y la Embajada de Israel que sucedieron ya hace… ¡más de  treinta años!

Todos estos hechos, sean décadas atrás o esta semana, se inscriben en el patrón que propone Johnson: el discurso deviene en sangre derramada. La Historia, básicamente, no ha cambiado.

En Uruguay, al tiempo que no podemos permitir que cunda el pánico, tampoco podemos ignorar que los grafitis, las declaraciones, la prensa, y las redes sociales pueden causar tragedias. Ya nos pasó. No hace todavía diez años.

En realidad, no precisamos que Johnson ni nadie nos explique nada. Deberíamos tenerlo muy claro y actuar en consecuencia. Con unidad, un criterio consensuado, sentido común, firmeza, y apelando a quienes, a diferencia de los antisemitas, nos estiman y valoran en nuestro justo merecimiento, pero se manifiestan mucho menos.

Después de todo, los judíos, en Israel o en la diáspora, nunca hemos pedido mucho más que respeto y que nos dejen ocuparnos de nuestros asuntos. La distorsión antisemita supone lo contrario: que tenemos fines maquiavélicos. Con esa lógica, la efusión de sangre judía parece, tarde o temprano, inevitable.