Cinco Momentos Históricos
Fania Oz-Salzberger, Moment Magazine, Junio de 2025
Rega, la palabra hebrea que quiere decir “momento” o “instante”, está estrechamente relacionada con palabras que denotan relajarse, serenarse, calmarse. En el año en que nací, 1960, un joven poeta israelí llamado Natan Zak iniciaba el que se convertiría en uno de sus poemas más recordados con las palabras “Un momento de silencio, por favor. /Os lo suplico. Quiero decir algo”.
En cierto sentido, cada poema escrito alguna vez se inicia con este mismo ruego, aunque no sea explícito.
Universal como lo es, esta súplica para obtener el oído del público es a la vez algo singularmente israelí, porque en nuestra cultura casi nunca se cumple. Las palabras de Zak recuerdan a un orador parado en medio de una tumultuosa reunión de kibutz y suplicando por lo imposible, porque siempre habrá ruidos de fondo, interjecciones y contraargumentos: la antigua textualidad cruzada judía en su forma oral más descarada e impertinente.
Como estado y como sociedad, Israel nunca ha disfrutado de un momento histórico de tranquila reflexión. El suave ruego de Zak también es irónico, profundamente consciente del incesante hacinamiento verbal y emocional a su alrededor. Hoy en día, ese zumbido constante se ha convertido en una crasa cacofonía, potenciada gigantescamente por los vectores gemelos de la digitalización y el populismo. Lo que debería hacer que sintamos aún más respeto por él y por todos los poetas que siguen enviando sus versos a Moment Magazine, por ofrecernos constantemente momentos de reflexión. Hablar con calma en un mundo tan carente de calma es un gran regalo para aquellos de nosotros que aún somos capaces de escuchar.
A continuación, un relato de cinco momentos decisivos en la historia de Israel, cuatro de ellos famosos y uno prácticamente desconocido.
Los cuatro famosos ocurrieron en 1948, 1967, 1995 y 2023. El logro diplomático convertido en militar de la independencia de Israel, la Guerra de los Seis Días, el asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin y el ataque de Hamás del 7 de octubre fueron puntos de inflexión obvios. Son claramente trascendentales.
Sin embargo, desde el punto de vista incierto y peligroso de 2025, es posible que tengamos que ajustar nuestra visión telescópica del momento fundacional de Israel para incluir varias décadas, digamos el período 1917-1948. Por lo tanto, alberga tanto nuestra peor catástrofe moderna como nuestro mayor logro nacional moderno.
Fue el momento en el que menos de un millón de judíos, liderados por Jaim Weizmann y David Ben-Gurion, encontraron una pequeña grieta en el muro de la historia y se deslizaron a través de ella.
Consideremos la singularidad de ese momento. Nunca más habrá otro nadir del imperialismo occidental. Ni otro Jaim Weizmann con los bolsillos vacíos aprovechando el momento en la oficina de Lord Balfour. Ni tampoco otro puñado de judíos soñadores, sobrevivientes, refugiados (convertidos también en conquistadores militares, en contra de sus mejores intenciones), ni otro voto de la Asamblea General de la ONU a favor de la partición de Palestina entre sus dos pueblos, ambos reconocidos como nativos, ni otro Ben-Gurion y sus socios políticos lúcidos para dar el salto.
Nunca más un millón de judíos lograrán escapar con sus vidas y su identidad nacional moderna, el sionismo, a través del genocidio nazi, en medio de los pilares tambaleantes de los imperios de Medio Oriente, entre las crecientes esperanzas de un nuevo orden internacional, hacia la tierra prometida de un estado nación reconocido por una mayoría de la ONU. Si uno cree en la intervención divina, este es un buen momento. Si uno se apega a una visión secular de la historia, como yo, es posible estar profundamente sorprendido.
La victoria del sionismo no fue un fenómeno colonial sino poscolonial. Un Estado de Palestina debería haber sido su logro paralelo. Pero en 1947-1948 los liderazgos palestinos y árabes rechazaron esa opción y perdieron su momento. Lo que siguió es una tragedia que aún continúa.
Parte de esa tragedia en continuo desarrollo, tanto para los palestinos como para los judíos, fue la victoria de Israel en 1967 y la conquista de Cisjordania y la Franja de Gaza.
Todavía debemos celebrar ese momento, que tengo la edad suficiente para recordar, como un hecho salvavidas. Pero ahora está muy mancillado porque ningún líder o gobierno israelí, excepto Rabin, que fue asesinado por sus esfuerzos, fue lo suficientemente sabio como para ofrecer a los palestinos una segunda oportunidad.
El momento palestino perdido creció hasta convertirse en el tumor histórico maligno que es ahora.
Después del 7 de octubre de 2023, ambas partes están menoscabadas y deshumanizadas, aunque en diferentes medidas y formas. Hamás es el nadir de la bestialidad humana. Pero Israel ha hecho que una guerra justa se deteriore en una guerra injusta e imprudente, arriesgando todo lo que ha logrado desde 1948.
Puede que me consideren (a mí y a alrededor del 40% mis compatriotas israelíes) demasiado alarmista, pero, por favor, les pido que consideren al menos un triste dato: la mayoría de los judíos israelíes ahora quieren que Gaza sea limpiada étnicamente, y una pequeña pero ruidosa y destacada minoría aboga abiertamente por el genocidio. Así de fuerte es su miedo (y el consiguiente odio tóxico) a los palestinos de Gaza y no solo a Hamás.
Por lo tanto, Israel ahora es testigo del fracaso de un objetivo sionista central compartido por Herzl, Ben-Gurion y Rabin: eliminar, de una vez por todas, cualquier temor existencial de las mentes de los judíos. Las trascendentales esperanzas de 1948 y 1967 se están desvaneciendo.
Pero todavía les debo un quinto y desconocido momento: el 12 de agosto de 1953. No se preocupen si no les suena a nada. No he leído una sola fuente que lo mencione en el contexto de nuestra crisis actual.
Ese día, la Knesset, impulsada por la visión de Ben-Gurion de una nación unificada, legisló la Ley de Educación Estatal. En tiempo real, esto fue motivo de celebración, estableciendo la educación primaria gratuita y obligatoria para todos los niños en Israel. En retrospectiva, fue un desastre. Al imponer sistemas educativos o “caminos” seculares y religiosos separados, perpetuó la autonomía casi completa de las escuelas ultraortodoxas sin un plan de estudios básico, sin asignaturas seculares, sin historia ni geografía ni idiomas, sin ciencias, casi sin matemáticas y una separación de géneros fuertemente vigilada. Parecía un pequeño compromiso con una pequeñísima parte de la sociedad israelí. Sin embargo, a estas alturas, los alumnos poco educados y graduados del sector ultraortodoxo se acercan a una quinta parte de la población.
Peor aún, la ley de 1953 fortaleció el sector religioso-nacionalista al tiempo que abolía el sector escolar socialdemócrata con sus valores humanistas, científicos y seculares judíos. El espíritu de ese legado educativo todavía existe en Tel Aviv, Haifa y los kibutzim, pero a una gran parte de la sociedad israelí nunca se le dio la opción. La disminución demográfica actual de los liberales seculares israelíes es el triste resultado de eso.
El sector escolar religioso-nacionalista sobrevivió, floreció y se radicalizó gradualmente. Casi todos los hijos de los inmigrantes de los años cincuenta de las comunidades mizrajíes fueron enviados, automáticamente, a las escuelas religiosas-nacionalistas. A diferencia de los ultraortodoxos, sí enseñaron un plan de estudios básico, pero abandonaron cada vez más la educación humanista: ninguna literatura mundial, poca historia mundial, muy poca educación cívica, siempre subordinando lo “democrático” a lo “judío”.
Sin duda, muchos hombres y mujeres maravillosos pasaron por ese sistema. Pero también lo hizo Yigal Amir, el asesino de Rabin en 1995. Y también lo hicieron los ultranacionalistas de hoy Ben-Gvir y Smotrich.
Siete décadas después, con este sistema educativo bien alimentado por el mesianismo post 1967 de los colonos, muchas escuelas secundarias israelíes producen jóvenes nacionalistas semi ignorantes con una visión atávica de la superioridad judía. No todos los jóvenes soldados que luchan en Gaza son graduados de estas escuelas. Pero alrededor de la mitad de ellos sí lo son. Sus valores militares (y civiles) están muy alejados de los de las Fuerzas de Defensa de Israel de 1967.
Las elecciones nacionales de 2026 bien podrían ser el próximo momento histórico en la historia de Israel, suponiendo que el gobierno actual permita que se celebren libremente. Pero esto ya no es tan evidente. Algunos miembros de la coalición están preparando una legislación para impedir que varios políticos árabes israelíes, e incluso partidos, se presenten. Un número desconocido de israelíes están empacando sus cosas y marchándose. Mientras escribo estas líneas, a mitad del vórtice, soy incapaz de hacer ningún pronóstico. Al igual que Zak, anhelo “un momento de silencio, por favor”.
Pero tal vez el gran despertar posterior al 7 de octubre de la sociedad civil liberal represente la incipiente esperanza de un reseteo importante. Las manifestaciones ya no son solo sobre la democracia; también son sobre los derechos humanos y el futuro moral de Israel. En las calles y plazas de las ciudades, una nueva solidaridad judío-árabe está levantando cabeza. No todos los jóvenes creen en la guerra eterna. Algunos están aprendiendo historia y educación cívica de la manera difícil, y hay nuevos líderes políticos creciendo.
Tienen que darse prisa. Pero el momento aún puede llegar.
Traducción: Daniel Rosenthal