Había que hacerlo
Yossi Klein-Halevi, The Times of Israel, 22 de junio de 2025
El poder no es la respuesta a todos los problemas. Pero tampoco lo es la moderación. Si uno tiene el poder de impedir que el mayor exportador mundial de terrorismo desarrolle inmunidad nuclear, pero no lo usa, entonces debería proceder a desarmarse, abrazar el pacifismo y prepararse para sufrir las consecuencias.
Quienes culpan al presidente Trump por abandonar el acuerdo JCPOA (Joint Comprehensive Plan of Action, Plan de Acción Integral Conjunto) firmado por Barack Obama con Irán, deberían considerar esto: si el JCPOA aún estuviera vigente, su “cláusula de extinción”, que permite a Irán producir centrifugadoras avanzadas capaces de enriquecer uranio a un nivel de armamento en cuestión de semanas, estaría entrando en vigor ahora. Al mismo tiempo, el JCPOA habría permitido a Irán continuar desarrollando ojivas nucleares y sistemas de lanzamiento.
Y si las sanciones económicas hubieran terminado, Irán se habría beneficiado de una infusión masiva de fondos, fortaleciendo inmensamente al régimen y a sus proxies terroristas. Irán se habría convertido en LA potencia regional en el mundo árabe; un Irán nuclear habría sido prácticamente imparable.
Durante los últimos 40 años, el régimen iraní ha expresado consistentemente, en retórica y política, su intención de destruir el estado judío. Y, sin embargo, la comunidad internacional tomó esas amenazas y acciones con calma, haciendo caso omiso de ellas. Ha habido poca o ninguna indignación por parte de gobiernos, organizaciones de derechos humanos o líderes religiosos ante la amenaza genocida dirigida contra Israel. Y por encima de todo, la ONU aceptó como un hecho la violación de su propia carta, que establece que un estado miembro no puede amenazar la existencia de otro. La carga moral de la crisis actual no recae en Israel sino en el mundo.
Es casi seguro que habrá repercusiones dolorosas por el ataque de Estados Unidos. No debemos minimizar el potencial iraní de represalias, especialmente a través del terrorismo global. Los israelíes están pagando un precio doloroso por esta guerra. Y los judíos de todo el mundo ahora son aún más vulnerables. Israel, y “los judíos”, serán ampliamente culpados, tanto por la derecha como por la izquierda, por “arrastrar a Estados Unidos a la guerra”.
Pero hay momentos en los que los líderes deben lidiar firmemente con una amenaza existencial y no permitir que el miedo a las consecuencias los paralice. Lidiaremos con las consecuencias a medida que se desarrollen.
Para aquellos que difunden predicciones nefastas de una “guerra para siempre”, el precedente de las guerras fallidas de Estados Unidos en el Medio Oriente debería ser una lección. Pero no es el argumento de knock-out que sus defensores creen que es. Si Israel hubiera escuchado las advertencias de algunos de sus amigos bien intencionados de no ir a la guerra el 8 de octubre, todavía estaríamos rodeados en la mayoría de nuestras fronteras por entidades terroristas comprometidas con nuestra destrucción. El impresionante logro de Israel al romper esa situación atenazante refuta a los pesimistas.
El ataque de Israel contra Irán es la culminación de la guerra que comenzó el 7 de octubre. La masacre de israelíes por parte de Hamás no fue una expresión de un pueblo oprimido que se rebelaba contra la ocupación, como cree gran parte del mundo, sino que fue la fase más reciente de la guerra islamista radical contra la existencia de Israel. Lo que comenzó el 7 de octubre fue la guerra entre Israel e Irán. Durante los últimos 18 meses, hemos estado luchando contra los proxies terroristas de Irán. Ahora, finalmente e inevitablemente, hemos llevado la guerra a su fuente.
En el pasado, al advertir contra un Irán nuclear, Israel y sus partidarios invocaron el Holocausto: no se podía permitir que un régimen negacionista del Holocausto obsesionado con la destrucción de Israel se volviera nuclear. Sin embargo, desde el 7 de octubre, nuestro marco de referencia se ha desplazado a Oriente Medio, donde siempre debió estar. Lo que aprendimos ese día fue que no se debe minimizar jamás las intenciones de los enemigos con mentalidad genocida. Cuando prometan matarte, no los ignores.
Las pancartas colgadas a lo largo de la carretera de Tel Aviv – “Gracias, Presidente Trump” – hablan en nombre de la mayoría de los israelíes. En cuanto al primer ministro Netanyahu, merece nuestra gratitud por su valiente campaña de décadas contra un Irán nuclear, resistiendo el ridículo y las acusaciones de “belicismo”, y ahora llevando ese esfuerzo a dar sus frutos.
Ese logro histórico no lo absuelve de su responsabilidad por corromper el alma de la política israelí. Sorprendentemente, no ha aceptado ninguna responsabilidad por el 7 de octubre, se ha negado a establecer una comisión de investigación sobre los acontecimientos que condujeron al desastre o a reducir la incitación interminable entre sus partidarios más fervientes contra los opositores políticos, incluso durante la guerra. La historia lo juzgará por ambos aspectos: salvador y destructor.
Otra palabra de gratitud pertenece a los dos padres espirituales de la doctrina de Israel sobre Irán. El primero es Menájem Begin. Su ataque contra el reactor nuclear de Saddam Hussein estableció la doctrina de que no se puede permitir que los enemigos de Israel alcancen la capacidad nuclear.
El segundo es Yitzhak Rabin. En septiembre de 1993, justo después de firmar los Acuerdos de Oslo con Yasser Arafat, Rabin explicó en una entrevista su justificación para buscar un acuerdo con los palestinos. Israel estaba rodeado por dos anillos de amenaza, dijo. El “anillo interior”, los enemigos a lo largo de nuestras fronteras no representaban una amenaza existencial para Israel. La verdadera amenaza, dijo, vendría del “anillo exterior”: Irán. Israel necesitaba tratar de alcanzar la paz con palestinos, jordanos y los sirios para neutralizar las amenazas a lo largo de sus fronteras y, en cambio, concentrarse en prevenir un Irán nuclear. Rabin predijo que un enfrentamiento con Irán era inevitable.
La política de Israel hacia Irán, en ese entonces, fue establecida conjuntamente por líderes de la derecha y de la izquierda. Ese legado bipartidista se está desarrollando hoy en el consenso virtual entre los israelíes para el ataque a Irán.
Una palabra, también, sobre las organizaciones estadounidenses – AIPAC y la Fundación para la Defensa de las Democracias, entre otras: lideraron la lucha interna contra un Irán nuclear, desafiando las acusaciones de doble lealtad e incluso traición.
Para el pueblo judío, este es un momento de valentía y resolución. Cualquiera que sea la opinión que tengamos sobre la guerra de Gaza, no debería haber desacuerdo entre nosotros sobre el imperativo de prevenir la capacidad nuclear de un régimen obsesionado con la destrucción de Israel. Sabemos que una obsesión con los judíos generalmente termina en un asesinato en masa. Esa posibilidad ahora se ha visto frustrada.
En 2007, Michael Oren y yo escribimos un ensayo en The New Republic advirtiendo contra un Irán nuclear. Terminamos con estas palabras: “Un estado judío que se deja amenazar con armas nucleares por un país que niega el genocidio contra los seis millones de judíos de Europa mientras amenaza a los seis millones de judíos de Israel, perderá su derecho a hablar en nombre de la historia judía”.
Hoy, estoy más orgulloso que nunca del estado judío y agradecido con nuestro más leal aliado, Estados Unidos.
Traducción Daniel Rosenthal