sinagoga antigua

La Sinagoga a la que NO voy…

Así como Isaías 58:5 plantea cuál es el ayuno que agrada a dios, cabría preguntarse cuál es el Shabat que agrada al hombre. Siendo el hombre uno mismo, no la generalidad de la especie. Cuál es el Shabat que elegimos, cuál es la sinagoga o minián que me congrega. Suele suceder, como en tantos aspectos de la vida, que por algún motivo uno toma un camino y recorre su trillo por años; la huella le acomoda, los recodos los anticipa, el paisaje lo acoge. De pronto, un día, por alguna circunstancia que no viene al caso, toma un camino nuevo, desconocido: surge el replanteo. ¿Cuál camino queremos recorrer? La ironía de la situación es que, en el judaísmo, todos los caminos conducen más o menos al mismo destino, a la vez que sus recorridos si bien son diferentes nunca son ajenos; siempre reconocemos algo. Sin embargo es uno el camino que sentimos nuestro, y no otro. De modo que siempre que podemos y está disponible, es el nuestro el que recorremos. Cuando no está disponible, la pregunta es qué priorizamos, qué rechazamos de plano. Es curioso reconocerse eligiendo y validando aquello que habitualmente rechazamos. Dicho en tono de humor, cuando nos toca elegir la sinagoga a la que “no vamos”, ¿cuál elegimos?

Siempre he sostenido que el pluralismo es más fácil de pregonar que de practicar. Todos somos “pluralistas” de la boca para afuera (sí, hay excepciones que pregonan su no-pluralismo), pero apenas nos topamos con una situación diferente, debemos procesarla no sin un mínimo esfuerzo. Es como pregonar la aceptación del nudismo como opción: otra cosa es bajar a una playa nudista.

La cualidad pluralista (o no) aplica a la situación que describo. El pasado viernes asisto a un servicio de Kabalat Shabat que a priori es afín a mis opciones denominacionales dentro del judaísmo. Me inquietan algunos hechos desde el vamos: un salón de fiestas, no un espacio destinado al tiempo sagrado; promociones comerciales como en un evento cualquiera; ajustes interminables de una “banda” de música; y finalmente, la nominación inequívoca: “shabat concert”. Además de la mayoría abrumadora de extranjeros hay algo muy poco mío en todo el asunto. Reconozco y me junto con algunos pocos conocidos, pero todo el asunto es irremediablemente ajeno. Finalmente, cuando al final todo el sonido está probado, comienza (¿el show, el servicio religioso, qué?)… onda new age, melodías judías estiradas hacia le meditación trascendental. Definitivamente, no es MI lugar: mi Shabat empieza saludando al “amigo del alma” con fuerza y determinación. No preciso entrar en ambiente, preciso sentirme en comunidad.

Decido entonces asistir a un servicio de Kabalat Shabat definitivamente no afín a mis opciones denominacionales dentro del judaísmo. No me inquieta porque ya conozco sus costumbres, pero no me gustan algunas de sus prácticas: sentarme sin mi esposa y familia; la oración sin la estética musical a la que estoy acostumbrado; la prédica extensa, moralista, y sobre todo exclusivista. Hay muy poco mío en todo el asunto. Pero por lo menos, y ahora entiendo que no es poco para mí, hay mucho de judío. Hay una concretud pragmática y concentrada de liturgia y tiempo, una noción de propósito y singularidad, tal vez un poco exageradas para mi gusto, pero que son esenciales a lo que entiendo como judaísmo. Seguramente yo hubiera abordado esta semana más que el tema de los nombres en Shemot (Éxodo 1), el tema del faraón que no conoció a Iosef (Éxodo 1:8), pero en todo caso, ese es el pluralismo: escuchar al otro. Me gustaría que alguna vez vinieran a escucharme en nuestras tiendas, pero ese ya es otro tema. El hecho es que aún sin kidush ni hamotzi en la sinagoga, salgo con la sensación de que atravesé el umbral del Shabat que atravieso cada viernes. Eran otros los extranjeros, otras las formas, otros los rabinos; pero dado que “la sinagoga a la que sí voy” quedó allá en Montevideo, tuve que elegir dónde mi pluralismo se veía menos violentado.

Punta del Este ofrece más opciones. De hecho, me he sentido muy “en casa” en el marco de un servicio no sólo menos pretencioso que el primero sino menos formal que el segundo, pero lleno de kavaná y espontaneidad, calidez, musicalidad, y familiaridad. Pequeño, apretado, “atendido por sus propios dueños”, recoge lo mejor de varias tradiciones. Espero con expectativa este próximo viernes en CIPEMU.

Traigo estas reflexiones porque pocas veces surgen estas oportunidades. Esencialmente, soy curioso respecto a las formas de celebrar de diferentes comunidades; me gusta visitarlas, participar, conocer. En mis viajes, los viernes incluyo Kabalat Shabat en la sinagoga que a priori me parece más afín; no sin sorpresas. Por algo uno tiene “su” sinagoga. Es casi como “su” almohada: donde se relaja, descansa, donde confía sus anhelos. Alguna vez, pocas veces, he decidido irme en medio del servicio: cuando no lo entiendo o cuando me produce el efecto contrario al que busco. Pero mayormente he atravesado la experiencia y sumado a mi acervo personal judío. Siempre valió la pena: todas estas experiencias refuerzan mi concepto del Shabat que me agrada.

Aun en mi sinagoga, me cuestiono cuál es el Shabat que queremos. Cada rabino, cada prédica, cada nueva melodía, desafía mi pluralismo, mi capacidad de crecer y cambiar, y conmigo el de toda mi comunidad. Con todas sus tradiciones y su arraigo, no concibo otro judaísmo que aquel que se desafía a sí mismo a recorrer nuevos caminos y que me da el derecho de elegir el camino que quiero recorrer.