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Israel y los Refugiados

Donniel Hartman, The Times of Israel, 6 de setiembre de 2017

Estamos en el umbral de nuestro Año Nuevo, cuando conmemoramos la creación de nuestro mundo. Damos gracias por la enormidad de este don, pero también debemos sentirnos humildes por el alcance de la responsabilidad. Porque en el simbólico sexto día, fuimos colocados en la Tierra y se nos encomendó la tarea de dominar y gobernar todo lo que está sobre ella. Es en la historia de la creación del Génesis donde están plantadas las semillas del principio de Tikkun Olam (reparar el mundo), y Dios y la humanidad entran en una sociedad para asegurar la viabilidad, el éxito y la grandeza de ese emprendimiento que llamamos vida. Durante las Altas Fiestas, somos responsables por el papel que desempeñamos en esta sociedad.

No somos juzgados por nuestro fracaso en establecer la paz mundial y erradicar el hambre y las enfermedades, o por no introducir el imperio de la justicia en todos los rincones de nuestro mundo. Aunque fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, no somos Dios, y cuando intentamos hacer cosas divinas, nos dejamos arrastrar por fantasías utópicas y mesiánicas que inevitablemente fracasan. Tikkun Olam no tiene que ver con reparar el mundo entero, sino con reparar esa parte del mundo que está a nuestro alcance, un pequeño paso a la vez. Tikkun Olam comienza en nuestra calle, en nuestro barrio, en nuestra comunidad y en nuestro país. Es por nuestros fracasos en los pequeños pasos que no tomamos, que se nos pedirá una rendición de cuentas. En esto reside el mayor regalo, la oportunidad y la responsabilidad del sionismo: el involucrarse como pueblo en Tikkun Olam dentro de nuestras fronteras. No sólo hemos sido bendecidos con una patria, un espacio por el cual somos responsables, sino también con el poder y la capacidad de asumir responsabilidades y darle forma esa patria de acuerdo con lo mejor de nuestros valores y principios.

Estamos llegando al fin un año en el que nuestro mundo ha visto muchas dificultades, dolor y odio. Un año de profunda división entre personas de diversas identidades religiosas, políticas y nacionales. El “otro” ha sido vilipendiado de forma creciente y sus derechos han sido cuestionados. Atacar al “otro” se ha convertido en algo común y moralmente aceptable, y es algo que se lleva a cabo con fines políticos. Ningún grupo, incluyendo los nuestros, sin importar si judíos o israelíes, han logrado escapar de este odio. Hemos sido tanto sus víctimas como sus perpetradores. Si bien no somos responsables por lo que otros hacen o dejan de hacer, somos responsables de lo que nosotros hacemos o dejamos de hacer. Todo tiene que ver con los pequeños pasos que damos en los espacios que controlamos.

A lo largo de la última década, en Israel, la patria del pueblo judío, 45.000 no judíos de África vinieron a buscar refugio y una vida mejor. En nuestro mundo necesitado de reparación, hoy hay aproximadamente 60 millones de refugiados. Nuestra participación en esta crisis humanitaria es menos de un décimo del 1 por ciento, menor que nuestro porcentaje relativo de la población mundial, y significativamente menor todavía cuando se considera sólo a los países desarrollados. Sin embargo, una vez que la Corte Suprema de Israel rechazó la política del gobierno de encarcelar indefinidamente a los solicitantes de asilo para facilitar su “consentimiento” a la “emigración voluntaria” de regreso a África, muchos dentro de nuestro gobierno, incluyendo a nuestro Primer Ministro, el Ministro de Justicia y el Ministro del Interior, declararon la guerra a estos 45.000 seres humanos. Se les describe como poniendo en peligro la judeidad del Estado y socavando la empresa sionista en su conjunto. La Corte, por su fallo, es castigada y calificada de izquierdista y antisionista.

¿En qué radica ese peligro por el que nuestros líderes están tan preocupados? ¿Por qué parece que Netanyahu sigue el mismo guión que otros líderes occidentales, cuyos valores morales y compromisos, en el mejor de los casos, son cuestionables? ¿Cómo es que la presencia de estos 45.000 solicitantes de asilo amenaza la judeidad de Israel? Es cierto, Israel, como patria nacional del pueblo judío, requiere una fuerte mayoría judía. Hay, sin embargo, aproximadamente 6,5 millones de judíos que residen hoy en Israel, y 2 millones de no judíos. ¿Es que dos millones más cuarenta y cinco mil cambian el statu quo?

¿Tal vez el peligro está en una posible avalancha futura de cientos de miles de personas que vendrán si les damos la bienvenida a los que ya están aquí? Israel no puede soportar un flujo ilimitado de refugiados. Nuestro compromiso con los derechos humanos no puede superar nuestro compromiso con la viabilidad del Estado que otorga esos derechos. Sin embargo, este temor no tiene una base en la realidad, como lo ha admitido el propio primer ministro Netanyahu. La construcción de la valla en la frontera sur de Israel con Egipto, que Netanyahu construyó y por la cual toma el crédito, junto con la dominación del Estado Islámico en el Sinaí, ha reducido el número de solicitantes de asilo durante los últimos años a prácticamente cero. Aquellos que huyen de África creen que sus posibilidades son mejores atravesando las traicioneras aguas del Mediterráneo frente a las costas de Italia y Grecia.

Entonces, ¿por qué el Primer Ministro Netanyahu declara por definición y sin investigación que los 45.000 son sólo trabajadores migrantes y no refugiados, y que no son alcanzados por la protección de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados que Israel ha firmado? ¿Está Netanyahu en conocimiento de algo que se ignora en cualquier otra parte del mundo occidental? No hay duda de que algunos de los 45.000 están aquí en busca de trabajo. Sin embargo, es igualmente cierto que muchos, especialmente los cristianos de Sudán, que constituyen la mayoría de los solicitantes de asilo en Israel, son en realidad refugiados y merecen protección.

¿Qué es lo que Netanyahu y sus ministros creen que está en peligro en Israel como hogar del pueblo judío? El hogar que intentan proteger no es ciertamente un hogar judío. Es un hogar establecido sobre el principio de que los judíos son creados a imagen y semejanza de Dios, en lugar de lo que enseña nuestra tradición, que todos los seres humanos son creados a imagen y semejanza de Dios. Cree que debido a que fuimos extranjeros, tenemos el derecho de vilipendiar al extranjero, en lugar de lo que enseña nuestra tradición, que debemos amar al extranjero, porque fuimos extranjeros. Cree que los derechos humanos son antitéticos a la judeidad de Israel, en lugar de la enseñanza de nuestros profetas de que Sión será redimida a través de la justicia.

Hillel el Viejo nos enseñó, “Lo que es odioso para ti, no se lo hagas a los demás; eso es toda la Torá, y el resto son comentarios”. Un hogar judío no intenta obtener favores políticos a través de la agresión populista contra el otro. No considera la xenofobia como una fuerza, sino como un signo de debilidad. No construye su identidad colectiva sobre el miedo y la victimización, sino sobre valores y principios. No considera que los fracasos morales de otros líderes sean un paradigma a ser emulado o un permiso para hacer lo mismo. Un hogar judío está comprometido con cumplir nuestra responsabilidad de construir dentro de nuestra casa un espacio digno de nuestra Alianza con Dios.

Tikkun Olam. Tiene que ver con los pequeños pasos. Tiene que ver con todos nosotros en todo el país, y no sólo con los del sur de Tel Aviv, asumiendo la misma responsabilidad de dar la bienvenida a estos refugiados al hogar del pueblo judío. Tiene que ver con reconocer nuestros fracasos. Tiene que ver con trabajar para asegurarnos de que mientras nuestro mundo aún no haya sido reparado, es nuestra obligación asegurarnos de que mejore durante el próximo año, un paso a la vez.

Traducción: Daniel Rosenthal