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“Judas” de Amos Oz

Ianai Silberstein, 7 de setiembre de 2017

“Judas” de Amos Oz (Chatto & Windus, 2014) debió traducirse como “El Evangelio según Judas”. La razón por la simplificación del título tanto en inglés como en castellano podría bien ser la primera pregunta que uno se hace frente a ésta, su última novela. Seguramente la traducción más “literal” hubiera inquietado a buena parte de los potenciales lectores. Por qué no pensar que el título original en hebreo también podría inquietar a otros tantos lectores en su original; después de todo, los evangelios no son tema de conversación corriente entre israelíes y judíos. Por otro lado, hacer el ejercicio inverso también llamaría la atención: llamar al libro simplemente “Iehudá” daría lugar a una confusión no menor para el lector de la lengua madre. Por qué no pensar entonces que, desde el vamos, desde su título, esta novela está destinada a romper esquemas e incomodar. Como decimos hoy en día, sacarnos de nuestra zona de confort. Por cierto que lo logra.

No es mi ánimo analizar ni interpretar la obra, sino recomendar su lectura, en cualquier idioma. Aunque breve en comparación a “Historia de Amor y Oscuridad”, su obra maestra sin lugar a discusión, la lectura de “Judas” resulta bastante menos amigable, mucho más fastidiosa, densa, y morosa que su novela de diez años atrás. Haciendo la salvedad que “Historia…” es de por sí una novela densa, detallista, lenta. La gran diferencia no radica en el tema, la trama, o los personajes, sino en la disposición del autor cuando aborda cada una de sus obras. Uno no puede saberlo con certeza, nunca lo sabrá, pero el Amos Oz despojadamente autobiográfico y tierno en el abordaje de su ficción en 2004 poco tiene que ver con el Amos Oz premeditadamente subversivo en su ficción de 2014. El viaje intimista y profundo, su “bildungsroman” personal, da lugar a una mirada cínica, cuestionadora, inconclusa, y sobre todo provocativa a través de personajes infelices y condenados. Acaso el final de cada novela paute mejor que nada su espíritu: un pájaro que persiste en cantar en medio de la más honda tristeza no deja de ser esperanzador. Si algo falta en “Judas”, es esperanza.

Por qué entonces leerla. Porque aborda, en esta década de efemérides judeo-sionistas, los grandes temas que nos ocupan y nos ocuparán en los tiempos venideros. Porque habla de Jerusalém: ni de oro ni de plomo, pero de frío, soledades, y oscuridad. Porque habla del conflicto con los palestinos con la crudeza y claridad meridiana a la que Oz nos tiene acostumbrados. Porque habla de decisiones históricas en la historia del Sionismo, cuando nos toca enfrentar nuevas decisiones en los albores de un nuevo siglo sionista. Porque habla de los vínculos entre las personas, de alienaciones, silencios, encuentros pero sobre todo desencuentros. Porque habla de valores. Porque habla de judaísmo. Porque describe paisajes conmovedores por su connotación bíblica. Porque reelabora mitos e historia. Porque es erudito. Porque amplía las fuentes. Porque se identifica con el oprimido y el denostado, con Jesús y con Judas.

Amos Oz no escapa a sus propios fantasmas, sus constantes: el misterio que yace detrás de la figura de la mujer; el niño, el joven diferente; el viejo loco, locuaz, e idealista; su ciudad oscura y aislada; sus casas más oscuras aún, y cerradas; la tierra baldía que constituye un límite difuso e infinito; la aldea árabe quemada y abandonada; el aullido de los chacales.

Pero así como en “Historia de Amor y Oscuridad” se atrevió a contar sobre sí mismo, aquí se atreve a acometer la historia: la historia del Sionismo y la creación del Estado de Israel, y la gran historia universal a través de las figuras de Jesús y Judas. Para que no haya duda, en el capítulo cuarenta y siete acomete con su propia versión de la muerte de Jesús en la cruz y el suicidio de Judas. Amos Oz demuestra un coraje intelectual y artístico indiscutible. La dualidad que surge del relato nada tiene que ver con la certeza del autor acerca de su razón para escribir: hurgar en las grandes pasiones ya sea a través de los dioses o de personajes tan humanos como cualquiera. En definitiva, nadie escapa a ellas.

“Judas” está atravesado, claro, por la traición. Funciona a todos los niveles de la novela. Traiciones que también pueden ser amores desencontrados: amores que no son más que proyecciones de aquello que queremos amar pero no nos ama, que queremos que sea, pero no es, que se desvanece cuando creíamos que lo habíamos realizado. Acaso el autor hable siempre de su historia personal; acaso hable como el profeta habla respecto al destino de su pueblo; acaso hable del diálogo estéril con el enemigo; acaso hable de la traición entre hermanos que atraviesa no sólo Jerusalém sino todo el proyecto sionista que tanto lo desvela. Acaso.

Acaso leerlo dimensione nuestra propia percepción de nosotros mismos, puertas adentro, puertas afuera.