shofar

La Brecha

Finalmente salimos de las estrecheces de Av y nos encaminamos a los encuentros de Elul. Me gustaría pensarnos a los judíos en nuestras diversas experiencias como esos vecinos en el poema de Robert Frost, “Mending Wall”, que se encuentran una vez al año para reparar su muro. Dicen: “buenas cercas hacen buenos vecinos” (“Good fences make good neighbors”). Nosotros, los judíos, aquí en la comarca, el shtetl, deberíamos caminar juntos a lo largo del intangible muro que nos separa y conversar un rato; así como antes de la oración cantamos salmos para entonar y preparar el espíritu, antes de llegar a Tishrei deberíamos tener una buena conversación.

Yo no soy hombre de rezos ni de mantras, soy hombre de palabras. Cuando me pienso como judío pienso en lo que hablo y digo, en cómo empatizo, en cómo me enerva la injusticia, y en mi exagerada sensibilidad a la mirada del otro. Sí, soy un judío modelo Woody Allen: le gusta un buen lugar en la sinagoga “where the action is” (“Manhattan”), pero sobre todo gusta de discursar. Al mismo tiempo, quisiera poder escapar a la burla de Allen sobre esa condición discursiva pero tantas veces inoperante que nos caracteriza: comencemos con una buena conversación, pero avancemos y reparemos el muro. Uno puede conversar Elul tras Elul, y todos los meses del año, pecando de esa intelectualidad estéril y lánguida sobre la cual Woody Allen tan bien ironiza.

El problema es que cuando los personajes allenianos deciden actuar generalmente demuestran una enorme torpeza emocional, un casi irremediable sentido de  auto-destrucción, y una adherencia casi absoluta a sus obsesiones. Cualquier similitud con nuestra conducta comunitaria no es casualidad: somos torpes en nuestros vínculos, somos auto-destructivos, y nuestras obsesiones (rituales o ideológicas) nos acotan. La diversidad que podemos celebrar en una buena conversación judía nos separa en nuestras celebraciones. Así cerramos el círculo vicioso del desencuentro, el desprecio, y el dolor. Volviendo a Robert Frost, ni siquiera nos acercamos al muro para intentar repararlo.

Sea como sea, estoy contento de haber dejado atrás los días aciagos de Tamuz y Av para dar lugar a los sonidos del Shofar en Elul. La brecha en la muralla terminó con la destrucción del Templo, pero los trompetazos de Elul reverberan ya durante siglos. No terminamos de aprender que el sectarismo provocó la brecha y que nuestra obligación es reparar los muros, no levantar las murallas. Esos “sabios de bendita memoria” (Jazal) que tanto citamos dejaron un modelo de conversación y convivencia que, del siglo XVIII en adelante, perdió su vigencia. Las casas de Shamai e Hillel ya no discutieron una con otra sino que fueron creando el muro de la auto-exclusión. Las casas de Hillel y Shamai ya no se escuchan. Ellos no caminan juntos a lo largo de un muro imaginario llevando adelante una buena conversación judía.

Elul nos conduce a Rosh Hashaná. El consuelo frente a las estrecheces del espíritu es que tendremos muchas oportunidades de conversación: alrededor de la mesa, en las sinagogas, en los espacios alternativos. Por unos días, esperemos que hasta Sucot inclusive, nos preguntaremos el sentido de las cosas, recordaremos, nos emocionaremos, nos reencontraremos, y nos imbuiremos de esperanza y buenos propósitos. Será un tiempo festivo. Hasta que el próximo año llegué el 17 de Tamuz y abramos otra vez la brecha para darnos cuenta que, otra vez, no hemos sabido reparar el muro.

Ianai Silberstein