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Una Decisión Divisoria e Irresponsable

Ana Jerosolimski, Semanario Hebreo, 29 de junio de 2017

No soy una persona religiosa  sino tradicionalista. Me siento profundamente judía, aunque no sea observante de los 613 preceptos del judaísmo. No suelo ir a rezar ni tampoco hablo demasiado con Dios, aunque creo sí que ha creado el mundo y que el pueblo judío lo eligió a El- no al revés. Pero esta semana, me sentí dolida por una decisión del gobierno israelí vinculada justamente a un tema religioso y de oración.

El gobierno de Israel resolvió suspender el acuerdo que había sido logrado ya tiempo atrás y que debía ser finalmente implementado, de crear una tercera sección de rezo junto al Kotel, el Muro Occidental, en la que puedan orar judíos de las corrientes conservadora y reformista que optan por oraciones igualitarias, juntos, de hombres y mujeres. Debido a la presión directa de los partidos ultraortodoxos, el Primer Ministro Benjamin Netanyahu optó por desdecirse de los entendimientos conocidos como “la fórmula del Kotel”, a pesar de ser indudablemente consciente del rechazo que ello despertaría en diversas comunidades judías de la diáspora en las que el peso de los judíos no ortodoxos es mucho mayor que en Israel.

Cuando mi hijo menor estaba por cumplir Bar Mitzva, claro estaba de antemano que leería la Torá, se cubriría con el Talit y oraría , aunque como tantos chicos judíos, no sería ese el comienzo de una visita diaria o semanal a la sinagoga, sino una ceremonia emotiva y significativa que atesoraríamos en la familia para siempre, como un momento especial. Como madre, yo quería estar a su lado, no mirarlo a través de un biombo que separa a hombres y mujeres en la explanada del Muro Occidental, subida a una silla como para ver si alcanzo captar algo. Y al mismo tiempo, no quería renunciar a que su Bar Mitzvá fuera en el Kotel, por el significado que tiene para el pueblo judío, también para mí, que trasciende lo religioso y toca también lo nacional.

La fórmula que nos sugirió un amigo querido que preparó justamente a nuestro hijo para la lectura de su porción de la  Torá, fue que hagamos la Bar Mitzvá en la parte del así llamado “Kotel meridional”, que es continuación del Muro occidental mismo, pero que al no haber sido declarado sinagoga, no tiene separación entre mujeres y hombres. Es la parte situada, para quien conoce el lugar, junto a las excavaciones arqueológicas.

Y así fue. Físicamente no es apto por cierto para rezos diarios de mucha gente, por la falta de lugar. Por eso era clave hallar un espacio que permita la oración de esa forma para quienes la desean, en un lugar más digno, abriendo ese tercer espacio que había sido aprobado y que ahora el gobierno canceló. O suspendió. En la práctica, es lo mismo.

Como bien sabemos, el Primer Ministro Netanyahu suele criticar a la Autoridad Palestina por rehusar reconocer a Israel como Estado Judío, o sea del pueblo judío. Y nos preguntamos entonces en qué unidad del pueblo judío -cuyo corazón, él suele recalcar, está en Jerusalem- pensó esta semana al ceder a las presiones de 13 diputados de la coalición que representan al 10% del electorado israelí. Cuando refuta con razón las ridículas aseveraciones palestinas de que el Kotel es de hecho Al Buraq, sitio sagrado del Islam, y recuerda que es el santuario judío más sagrado desde siempre…¿acaso se refiere a otro Kotel o al que devolvió ahora al centro de la discusión al dejar de lado un acuerdo histórico, para no tener una crisis con los partidos ultraortodoxos?

Claro está que hay numerosos judíos ortodoxos o simplemente tradicionalistas que no son votantes de los partidos ultrortodoxos, pero que no  quisieran ver a hombres y mujeres orando juntos en el Kotel. El problema radica en la disposición a perjudicar la libertad religiosa de una parte considerable de la judeidad mundial, para no “molestar” a quienes creen que el Kotel es solamente suyo.

En un interesante comentario escrito en el portal “The Times of Israel” y titulado “Afrenta al sionismo”,  el rabino conservador Dr. Donniel Hartman  escribió  :

La decisión del gobierno de suspender el acuerdo sobre el Kotel fue percibida por muchos como una bofetada en la cara de los judíos norteamericanos. Inmediatamente presenciamos un debate público a través de las redes sociales sobre el derecho de los judíos del mundo a reclamar influencia dentro de la sociedad y la política israelíes. Para muchos israelíes, la cuestión es sencilla. Hubo un choque de dos intereses y el gobierno optó por el de Israel sobre el de los judíos del mundo”.

Agregó:

 “Para contrarrestar este argumento, algunos enfatizaron la contribución del mundo judío a la sociedad israelí. El argumento es en esencia el siguiente: dado que el mundo judío ayuda en la lucha contra la campaña BDS y/o proporciona apoyo político y financiero, los israelíes le deben un lugar en el Kotel. Sin embargo, en el momento en que el acuerdo sobre el Kotel fue presentado como un compromiso por el bien de los judíos norteamericanos liberales, el dado había sido lanzado y el resultado fue inevitable. La presión política ejercida por los que votan en el gabinete y la Knesset siempre prevalecerá sobre los que no lo hacen.

Además, las interminables preocupaciones de seguridad de Israel proporcionan a sus políticos una racionalización basada en los valores, cuando no una justificación: “Si bien queremos ser sensibles a los sentimientos de la diáspora judía, la estabilidad de la coalición proporcionada por los partidos ortodoxos permite a Israel defenderse de sus enemigos existenciales”.

El primer ministro Netanyahu ha llevado este argumento al extremo. Considera que su permanencia en el cargo de primer ministro es necesaria para la supervivencia de Israel y su rol como primer ministro como el mayor activo en materia de seguridad de Israel”.

Al análisis político del Rav Dr. Hartman, se agregó la racional de su sentimiento:

“Israel necesita una tercera sección en el Kotel porque su razón de ser es servir como la patria del pueblo judío: un lugar en donde todos los judíos puedan sentirse en casa. Necesitamos una tercera sección en el Kotel para que los judíos igualitarios comprometidos, religiosos, tradicionales y seculares por igual, puedan celebrar de acuerdo con su conciencia. Donde los judíos liberales, israelíes y norteamericanos, pueden conectarse espiritualmentea través de Jerusalem con Dios y con Israel. Como hogar del pueblo judío, Israel no puede ser meramente una fortaleza, un lugar de refugio ante el peligro externo. Un hogar no es una sinagoga, un lugar donde todos religiosamente concurren. Un hogar es un lugar que abarca la diversidad, donde a nadie se le pide que se vaya debido a diferencias ideológicas. Un hogar es un lugar donde uno se siente respetado y dentro del cual la identidad individual de cada uno es cultivada y se permite que se desarrolle”.

De aquí su dolida conclusión:

“ Suspender el acuerdo sobre el Kotel no es primordialmente una afrenta al pueblo judío en todo el mundo. Es una afrenta al sionismo, sus sueños y aspiraciones. Es una afrenta al compromiso de Israel de ser una democracia judía. Amenaza la identidad fundamental y el futuro de Israel”.

Y nos permitimos  agregar otro argumento que debe preocupar en especial a la ciudadanía israelí, incluyendo a gente ortodoxa pero de enfoque respetuoso de la diversidad en la sociedad. Aquí hay un problema que va más allá del Kotel y la oración. Ceder a presiones de un sector minoritario, sabiendo que con eso no se sirve al interés general pero sí se ganan votos, nos resulta casi pecaminoso.

No quisiéramos que en Israel la religión no tenga un lugar clave. Es el único Estado judío del mundo y es lógico que haya un profundo respeto a la religión. Pero eso no puede significar imposición y un exagerado peso del sector haredi, ultraortodoxo, en decisiones que atañen a todos. Es natural que Netanyahu quiera preservar su coalición. Pero eso no debería ser a cualquier precio.