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Afrenta al Sionismo

Donniel Hartman, The Times of Israel, 26 de junio de 2017

En junio de 1967, Jerusalem se convirtió en la capital para el pueblo judío de todo el mundo.

Cincuenta años después, esta semana, destruimos la unidad de Jerusalén. El Templo fue destruido por el odio sin sentido. En 2017, una Jerusalem unida fue arruinada en el altar de la política mezquina por los políticos que fallaron en su sagrada responsabilidad de preservar el principio fundacional de Israel como la patria del pueblo judío.

La decisión del gobierno de suspender el acuerdo sobre el Kotel fue percibida por muchos como una bofetada en la cara de los judíos norteamericanos. Inmediatamente presenciamos un debate público a través de las redes sociales sobre el derecho de los judíos del mundo a reclamar influencia dentro de la sociedad y la política israelíes. Para muchos israelíes, la cuestión es sencilla. Hubo un choque de dos intereses y el gobierno optó por el de Israel sobre el de los judíos del mundo.

Para contrarrestar este argumento, algunos enfatizaron la contribución del mundo judío a la sociedad israelí. El argumento es en esencia el siguiente: dado que el mundo judío ayuda en la lucha contra la campaña BDS y/o proporciona apoyo político y financiero, los israelíes le deben un lugar en el Kotel. Sin embargo, en el momento en que el acuerdo sobre el Kotel fue presentado como un compromiso por el bien de los judíos norteamericanos liberales, el dado había sido lanzado y el resultado fue inevitable. La presión política ejercida por los que votan en el gabinete y la Knesset siempre prevalecerá sobre los que no lo hacen. Además, las interminables preocupaciones de seguridad de Israel proporcionan a sus políticos una racionalización basada en los valores, cuando no una justificación: “Si bien queremos ser sensibles a los sentimientos de la diáspora judía, la estabilidad de la coalición proporcionada por los partidos ortodoxos permite a Israel defenderse de sus enemigos existenciales”.

El primer ministro Netanyahu ha llevado este argumento al extremo. Considera que su permanencia en el cargo de primer ministro es necesaria para la supervivencia de Israel y su rol como primer ministro como el mayor activo en materia de seguridad de Israel. Con ese fin, cualquier cosa que asegure su posición, asegura el futuro de Israel. Por esa razón, estuvo dispuesto a dar el control ministerial sobre los cinco ministerios centrales (Defensa, Finanzas, Justicia, Educación, Asuntos Interiores), por primera vez en la historia de Israel, a partidos de coalición, sin que su partido gobernante tuviera ni siquiera uno de ellos. Su propósito es, claramente, no gobernar la vida israelí, sino asegurar su posición como aquél que pilotea la política exterior y el estatus de seguridad de Israel.

El acuerdo sobre el Kotel no es exclusivamente un asunto de la diáspora judía, sino más bien un asunto israelí, y en 2017 la unidad de Jerusalem fue destruida porque no comprendimos esto. La unidad de Jerusalem fue destruida porque creemos que su preservación y protección es una cuestión militar y no algo basado en los valores. Lamentablemente, la historia se repite y estamos cometiendo el mismo error contra el que los rabinos nos advirtieron hace dos mil años. Cuando declararon que Jerusalem fue destruida por el odio sin sentido, intentaron enseñarnos que nuestra mayor fortaleza es y debe ser siempre el tipo de sociedad que construimos y la forma en que nos tratamos entre nosotros. Lamentablemente, nunca vemos nuestro odio, falta de respeto y desprecio por los demás como algo “sin sentido”. En nuestras propias mentes, siempre hay una causa y una razón. Nuestra tradición postula que, si no puedes ver a través de la nube de la autojustificación, corres el riesgo de destruir el tejido de la sociedad judía.

Israel necesita una tercera sección en el Kotel porque su razón de ser es servir como la patria del pueblo judío: un lugar en donde todos los judíos puedan sentirse en casa. Necesitamos una tercera sección en el Kotel para que los judíos igualitarios comprometidos, religiosos, tradicionales y seculares por igual, puedan celebrar de acuerdo con su conciencia. Donde los judíos liberales, israelíes y norteamericanos, pueden conectarse espiritualmentea través de Jerusalem con Dios y con Israel. Como hogar del pueblo judío, Israel no puede ser meramente una fortaleza, un lugar de refugio ante el peligro externo. Un hogar no es una sinagoga, un lugar donde todos religiosamente concurren. Un hogar es un lugar que abarca la diversidad, donde a nadie se le pide que se vaya debido a diferencias ideológicas. Un hogar es un lugar donde uno se siente respetado y dentro del cual la identidad individual de cada uno es cultivada y se permite que se desarrolle.

Un pueblo tampoco es una denominación o partido político. El sionismo e Israel, como patria del pueblo judío, requieren que dentro de nuestra esfera pública todas las voces de nuestro pueblo sean respetadas y tengan un lugar. La ley básica de dignidad humana y libertad de Israel estableció esto como la esencia de lo que significa ser una democracia judía. Si algo hemos aprendido a través de la unificación de Jerusalem, cuyo cincuentenario celebramos este mes, es que Jerusalem y el Kotel no son una sinagoga ni la herencia en exclusividad de un grupo ideológico. Jerusalem es un símbolo que conecta a todos los judíos con su pasado, y con su futuro.

Jerusalem, si es tratada adecuadamente, es un catalizador para la unidad judía y el pueblo judío.

No. Suspender el acuerdo sobre el Kotel no es primordialmente una afrenta al pueblo judío en todo el mundo. Es una afrenta al sionismo, sus sueños y aspiraciones. Es una afrenta al compromiso de Israel de ser una democracia judía. Amenaza la identidad fundamental y el futuro de Israel. En virtud de nuestra historia, nosotros, de todas las personas, sabemos que Jefferson tenía razón: “Todo lo que la tiranía necesita para ganar un punto de apoyo es que las personas de buena conciencia permanezcan en silencio”. Nosotros, de todas las personas, sabemos que el silencio frente a la discriminación contra algunos conduce – inevitablemente – auna sociedad que tolera la discriminación contra todos.

Hemos llegado a perfeccionarnos en cuestiones de duelo y en recordar nuestros fracasos. Somos grandes dolientes con respecto a Jerusalem, la ciudad que fue destruida hace unos dos mil años. Hoy, como soberanos sobre Jerusalem, la cuestión crítica a la que nos enfrentamos es qué tipo de Jerusalem unificada queremos construir. Como soberanos sobre Jerusalem, tenemos la oportunidad de aprender de nuestro pasado y de hacer mejor las cosas. Es hora de que hagamos precisamente eso.

Traducción: Daniel Rosenthal