bandera de israel con paisaje

Narrativas

Samuel Huntington acuñó la expresión “choque de civilizaciones”. Más allá de la corta vida que el concepto tuvo en la opinión pública internacional, da lugar a pensar el conflicto palestino-israelí no tanto como un “choque” sino como un “cruce” de narrativas. El mesías habrá llegado el día que podamos denominar el fenómeno como un “encuentro” de narrativas.

En el año en que conmemoramos cincuenta años de la Guerra de los Seis Días resulta extraño y por momentos exasperante cómo los esfuerzos por entender qué ha sucedido con nosotros (el pueblo judío en general e Israel en particular) en este tiempo pasan principalmente por nuestro vínculo con el otro; en este caso el pueblo palestino que vive en la ribera occidental del Jordán o los árabes israelíes que son miembros del Estado desde su fundación en 1948. También podemos incluir en el asunto a los inmigrantes ilegales que han llegado a Israel en los últimos años, a los filipinos que atienden a la tercera edad, y por qué no a la creciente incorporación de no judíos a nuestras familias y comunidades en todo el mundo. Dicho de otro modo: una vez que finalmente salimos de los guettos, cómo lidiamos con la historia que el otro trae consigo y cómo la hacemos parte de un diálogo fértil.

En 1917 la Declaración Balfour habló de un “hogar nacional”, una normalización del status judío en el seno de la sociedad internacional; en 1947 “La Partición” de Palestina votada por la ONU habilitó el camino legal para realizar el “hogar” en forma de Estado; en 1967 Israel tomó en sus manos su destino reparando errores geográficos y, para muchos, históricos. Al mismo tiempo, se hizo cargo de situaciones que cincuenta años más tarde han probado ser fuente de conflicto, inseguridad, y grandes interrogantes acerca de nuestra naturaleza como judíos. La premisa de “territorios por paz” funcionó con Egipto en 1979 justificando plenamente la ocupación de un territorio; que además no estaba habitado. Pero Judea y Samaria, la Cisjordania, la Margen Occidental, ese es otro tema.

Aún así, ¿justifican cincuenta años de ocupación enfocar el problema judío e israelí a través del prisma palestino exclusivamente? En cincuenta años ha sucedido mucho más que ocupar un territorio y controlar los movimientos de sus habitantes (uso una expresión amable adrede): Israel pasó de ser un país socialista a uno capitalista; Israel recibió un millón de inmigrantes rusos; la ultra-ortodoxia creció exponencialmente y se convirtió en un problema social; la diferencia de clases se acentuó; desapareció el kibutz como proyecto; explotó la “start-up nation” y el boom inmobiliario. Israel recibe anualmente cientos de miles de judíos de todo el mundo en infinidad de proyectos, generándose un puente aéreo comparable al de la Guerra de Iom Kipur en 1973; sólo que ahora no llegan armas sino judíos en busca de identidad.

Si vamos a entender el sionismo y el judaísmo de hoy a través de la forma cómo abordamos el problema palestino no sólo estamos haciendo nuestra una narrativa que no nos pertenece, sino que dejamos de contar la propia. Es cierto que “La Ocupación” supone un gran problema, pero ciertamente no es el único ni mucho menos el que define a Israel. En todo caso, remitiéndonos a las efemérides que conmemoramos este año, Israel se define en primer lugar como refugio de un pueblo a través de un Estado soberano. No se trata solamente de recordar una vez más la Shoá como madre de todas las justificaciones; en todo caso, el Sionismo surgió mucho antes que este hecho histórico y seguramente sin imaginarlo. En segundo lugar, una vez creado el “ishuv” y luego el Estado, el pueblo judío sumó a su tradición milenaria una nueva mitología pionera y cultural, un vínculo con la tierra con mucho de revancha histórica, y una re-lectura de sus fuentes creativa e inspiradora. El Judaísmo, o “los Judaísmos” como tiende a decirse hoy día, se vio enfrentado a realidades y dilemas que la vida diaspórica no contemplaba. Hoy no sólo tenemos que confrontar el problema palestino, también tenemos que confrontar un Rabinato perverso y corrupto. ¿En qué contribuye comprender o escuchar la narrativa palestina con resolver el problema del pluralismo judío?

La seguridad sigue siendo la gran prioridad del israelí medio. Por lo tanto, poco le importa el Rabinato, el acceso liberal al Muro de los Lamentos, o la creación de un Estado Palestino. El israelí medio, el israelí de la costa, está ocupado con su supervivencia física y económica, el consumo, la educación de sus hijos, y el bienestar de sus padres. Seguramente miran al Este cuando rezan, pero miran al Oeste, por sobre el horizonte del Mediterráneo, cuando piensan a dónde viajar la próxima vez.  La disminución o la falta de judaísmo en las nuevas generaciones de israelíes son una falla en nuestra propia narrativa; de no ser que las festividades en Israel son feriados nacionales, en poco tiempo cualquier israelí sería tan indiferente a Shavuot como un judío no institucionalizado en la diáspora.

En definitiva, tanto en Israel como en el resto del mundo, el tema de conversación judío no debería ser (casi exclusivamente) “La Ocupación” y el destino del pueblo palestino, sino cómo nos ocupamos del presente del pueblo judío. Cómo construimos una nueva narrativa que nos inspire, nos emocione, y nos motive. Porque si sólo nos entendemos como sojuzgadores de otro pueblo, estamos perdiendo de vista lo que verdaderamente somos: un pueblo con aspiraciones morales y éticas. A nadie le resulta atractivo pertenecer a un pueblo “imperialista”, “represivo”, y “perseguidor”. Sentirnos perseguidos es muy fácil y conveniente. El desafío es liberarnos del yugo, liberar al prójimo, y en el esfuerzo realizar nuestros valores y búsqueda de justicia.

En el cruce de narrativas no debemos perder el rumbo. Escuchar la narrativa del otro no debe sustituir escuchar la nuestra, como si hubiéramos llegado hasta aquí por nada. El problema palestino merece solución por los palestinos, y por nosotros. Reducir la naturaleza judía a la de un pueblo conquistador y dominante es borrar de un plumazo no sólo dos mil, sino tres mil años de historia. La circunstancia histórica que nos toca vivir distorsiona las prioridades. Una mirada atrás nos permitirá ver que siempre fuimos mucho más que una coyuntura puntual. Dure ésta cincuenta o cien años. Nosotros los judíos medimos en milenios. Estamos atravesando el cuarto.

Ianai Silberstein, Jerusalém, 24 de junio de 2017