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Ierushalaim

Cincuenta años más tarde había de enterarme que “Jerusalém de Oro” tenía su contracara: al oro, el cobre, y la luz en la poesía de Noemí Shemer se contrapuso el hierro, el plomo, y la oscuridad en la poesía de Meir Ariel. Por ese entonces yo era un niño de diez años embebido de un nacionalismo ingenuo alimentado por historias bíblicas de David frente a Goliath y Sansón frente a los filisteos, de Macabeos victoriosos y Bar-Kojba rebelde. Cuando supimos en el patio de la escuela que Israel había “conquistado” el Sinaí, Jerusalém, y la Meseta del Golán, fue como si hubiésemos tocado el cielo con las manos. De pronto todos aquellos héroes cobraban vida en la icónica imagen de Moshe Dayan o en la ahora mítica foto de los tres soldados frente al Muro de los Lamentos. Aquellos hechos alimentaron los sueños y las fantasías de nuestra generación, cantando himnos a Sharm-el-Sheikh o la estrofa que Noemí Shemer agregó a su canción acerca de volver “a los pozos de agua, el mercado, la plaza, y volver a bajar al Mar Muerto por el camino de Jericó”. Desde que las trompetas de Josué hicieron caer sus murallas, Jericó nunca ha sido tan nombrado como desde entonces.

Han pasado cincuenta años y todavía suelo, por momentos, pecar de ingenuo, aunque ya no de nacionalista. A mis casi sesenta años la sabiduría rabínica me ha alcanzado para asomarme a un judaísmo no tanto heroico como humanista, no tan fuerte sino sabio. A las fatalistas suertes entre los zelotes en Masada prefiero las discusiones talmúdicas de los pares en el tiempo de nuestros sabios de bendita memoria. El judaísmo no sobrevivió por las armas sino por la palabra. Al mismo tiempo, sin armas estuvo al borde de la aniquilación hace mucho menos de un siglo. De modo que nadie puede darse el lujo de ser ingenuo. Aún con todo el heroísmo, con toda la bravura, y con todo el nacionalismo, Israel ha prevalecido por su intelecto y su creatividad. La vieja sabiduría transformada.

Jerusalém representa entonces, en el contraste entre su luz y su oscuridad, su cobre y su plomo, su oro y su hierro, la dicotomía histórica en la que está parado hoy el judaísmo. La ciudad es en sí misma, en su crisol de nacionalidades, culturas, religiones, y símbolos, una metáfora viviente y cotidiana de las contradicciones y conflictos que nos ocupan y a la vez nos ubican en el centro de la escena. Somos protagonistas y testigos, somos causa y efecto, somos liberación y ocupación. Nunca en su historia el pueblo judío había atravesado un tiempo de tanta tribulación, y Jerusalém es su expresión urbana.

Aun así, y habiendo dicho todo lo anterior, no puedo evitar emocionarme, ingenuamente, cuando recorro algunos de sus paseos.  Elijo tres. El primero es sentarme en la Cinemateca frente a las murallas y ver la Torre de David por encima de la piscina del Sultán, como si viniera, cada vez, a cerciorarme que está todo allí, como hace siglos, indicando a la vez el paso y la inmovilidad del tiempo en los cambios del entorno y la permanencia de las murallas. El segundo paseo es transitar el paseo de compras de Mamila desde la calle King David hasta la puerta de Yaffo, de la Jerusalém moderna a la Ciudad Vieja, por dónde antes de 1967 se levantaban barreras y alambres de púa; nada más simbólico, nada más terminante. Finalmente, debo reconocer la fascinación que ejerce bajar al Mar Muerto por el “camino de Jericó”, la ruta 1 que desemboca en el valle del Jordán; hay algo muy especial en ésta ruta que primero nos aleja de Jerusalém para llevarnos a un tiempo de mitos y leyendas, para luego traernos de regreso, a reencontrarnos con toda su significación. Bajar al Mar Muerto por el camino de Jericó es, simplemente, bíblico.

Cincuenta años es poco tiempo en términos históricos, mucho tiempo en términos de vida. Sin embargo, los cincuenta años entre la destrucción del Primer Templo y el regreso de algunos exilados de Babilonia para construir el Segundo son un punto de quiebre en la historia del judaísmo. Con la perspectiva histórica de los siglos, podemos leer nuestra propia realidad y dimensionarla. Tal vez estos cincuenta años de unificación sean el preludio de un nuevo tiempo que todos esperamos sea de convivencia, tolerancia, paz, y plena soberanía para todos y cada uno quienes habitan esa bendita (nunca mejor dicho) ciudad.

Al final, resultó que nunca la hemos olvidado: nunca perdimos nuestra destreza ni mucho menos nuestra capacidad de expresarnos. Recordarla ha sido fuente de tenacidad e inspiración. Por las dudas, y sólo por las dudas, no dejemos de recitar el salmo: “si te olvidare Jerusalém…” (Salmos 137)