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Ficciones

Ficción supone contar un cuento. Es tan básico como lo definió E.M. Foster en su “Aspects of the Novel”: un cuento es la organización temporal del material de ficción: “el rey murió y después murió la reina”; “el rey murió y después, de pena, murió la reina” es una trama. Según Forster el único mérito de un cuento es que el lector quiera saber cómo sigue. Sobre estas premisas, sumados a otros aspectos de la novela como personajes, ritmo, y estructuras, la ficción y la prosa pasaron a ocupar un lugar central y determinante en la literatura universal. Nada de esto es muy antiguo y sin duda tiene que ver con la modernidad, allá por los siglos XVI y XVII. No en vano novelas románticas del siglo XVIII como las de Jane Austen nos siguen fascinando hasta hoy en sus diferentes versiones, a la vez que “Dowton Abbey” o “ER” nos mantuvieron en vilo durante seis y quince temporadas respectivamente. Del mismo modo que Charles Dickens escribió sus grandes novelas en entregas semanales en los periódicos de la época, la ficción sigue sosteniéndose en nuestra avidez de saber “cómo sigue”. De alguna manera, la definición de Forster sugiere que sin una buena historia, todos los demás aspectos de la novela quedan desmerecidos.

Con el advenimiento de la alta tecnología, el “tiempo real”, el cable, y finalmente el fenómeno Netflix y sus similares, hemos echado por la borda, o mejor dicho, desechado, la expectativa. Cierto, habrá que recorrer el tiempo ficcional para saber qué sucede luego, pero hoy casi podemos reducir el tiempo real al ficcional. Basta con instalarnos frente a la pantalla cómodamente, provistos, y no movernos durante una cantidad de horas: podríamos ver todo “Downton Abbey” en unas treinta y seis horas o “ER” en menos de diez días, si tomamos cada episodio como de cuarenta minutos. He escuchado diferentes grados de adicción al fenómeno de las series en Netflix, pero obviamente la mayoría de nosotros tiene otras obligaciones; aún así, sabemos de quienes no pueden contener la curiosidad por saber qué sucede a continuación. ¿Será entonces que la ficción se convertirá en un producto de consumo no sólo masivo (siempre lo fue) sino compulsivo y adictivo? La vorágine de saber pone peligro la vivencia ficcional: supeditamos todo al avance secuencial, y todo debe estar rápidamente esclarecido de modo que podamos seguir adelante. Sin embargo, una segunta visita a “Downton Abbey” me está enseñando cuánto perdí en detalles exquisitos y profundos en el afán de saber el destino de Lady Edith.

Al mismo tiempo, ver una serie o haber leído “David Copperfield” en entregas, supone que la historia, la trama, los personajes, y el lenguaje nos acompañen durante años. Son parte de nuestra vida, nos los encontramos los fines de semana cuando leemos o la noche en que la serie estrena cada nuevo capítulo. La vivencia finaliza con una sensación mezclada de satisfacción, emoción, y expectativa. ¿Qué mejor forma de vivir que satisfechos, emocionados, expectantes? ¿Qué es la ficción sino la vida misma? Acaso nos estemos tragando la vida compulsivamente, tantas son las oportunidades que están a nuestra disposición. La comunicación es una bendición y un exceso. La adicción al celular es la mayor alienación en la historia de la humanidad, del mismo modo que la adicción a la comida. No todos somos gourmet, no todos somos tan selectivos.

En vísperas del Oscar 2017, películas como “Manchester by the Sea” o “Lalaland” ponen a prueba el concepto forsteriano, aunque obviamente por diferentes razones. La última no consigue en ningún momento una historia atrapante, mucho menos una trama compleja: es todo tan previsible como “Café Society” de Woody Allen sin la complejidad de los personajes ni la riqueza de las actuaciones, por más epléndidos que estén Ryan Gosling y Emma Stone (su escena en “Crazy Stupid Love” supera cualquiera de la nominada al Oscar); cuenta una historia, flojita, pero historia al fin. Por otro lado, “Manchester” no cuenta una historia sino una trama: sabemos, volviendo a Forster, que el rey murió y luego murió la reina, pero lo que nos atrapa no es la secuencia sino la causalidad. Sobre todo, la vida interior de los personajes. Transcurrida la mitad de la película, lo menos relevante es el desenlace. Lo que nos conmueve, lo que nos hace vivir una experiencia ficcional auténtica y cruda, es aquello que trasciende el tiempo y que hace a nuestra dimensión trágica. “Manchester” es una tragedia sin grandes parlamentos ni introspecciones; es una mirada profunda y fatal acerca de cómo la vida no se organiza precisamente cómo desearíamos: un desafío a nuestra omnipotencia.

Esta no es una nota sobre los Oscar. No he visto todas las películas ni creo que el criterio de “La Academia” sea otra cosa que ideológico, representante de una sociedad en un momento determinado. Sin embargo, ver las películas nominadas suele ser una apuesta a un cine bueno y entretenido. Si “Manchester” ganara, estaría reflejando el sentido trágico y fatídico que cunde hoy en por lo menos la mitad más grande los norteamericanos (sí, incluyendo inmigrantes e indocumentados); si ganara “Lalaland” se estaría privilegiando la esperanza, el optimismo, y el sueño americano de zapatearse la vida. O tal vez se privilegien otros valores y mensajes que hoy están siendo tan cuestionados en los EEUU. La presidencia de Trump será una gran oportunidad para que durante cuatro años temas muy controversiales estén en la conversación corriente de la gente.

Esta nota apunta a pensar cuál es la ficción que estamos consumiendo, y cómo. Qué, de los valores originales del género, va ocupando el centro y qué la periferia cuando se escribe una novela o se guiona y produce una serie. Qué ganamos y qué perdemos. Cuando vi repetidas veces “Les Miserables”, cuando escuché la música de la obra hasta el cansancio, pensé que estaba ante un gran producto: emotivo, conmovedor, dramático, noble, con letras y melodías superlativas. Incluso la versión cinematográfica de la comedia musical aporta lo suyo, con todas sus deficiencias. Sin embargo, una vez que acometo “Los Miserables” de Victor Hugo en sus casi mil quinientas páginas me doy cuenta hasta que punto mi capacidad de ficcionar se ha visto acotada. Acometer una novela como esta es como sumergirse a contemplar la profundida de un iceberg.

Yuval Noah Harari en su best-seller “Homo Deus” habla de cómo tendemos a convertirnos en dioses inmortales dominadores de la vida y la muerte, construyendo un futuro cada vez más exclusivo para las élites y dejando por el camino millones de personas desplazadas por su falta de acceso a la educación y las oportunidades. Pero si nos remitimos a su primer libro, “Sapiens”, merece rescatarse de Harari su axiomática explicación de que somos la única especie capaz de “hablar de aquello que no existe”. Lo cual deriva de hablar acerca de lo que sucede a nuestro alrededor, lo que vulgarmente llamamos “chismorreo”; ¿cuánto decimos acerca de nosotros u otros que sea realmente verdad? De modo que la ficción no deja de ser sino la respuesta a esta necesidad de hablar de nosotros mismos, contarnos historias “reales” o no (qué importa, diría Daniel Mantovani en “El Ciudadano Ilustre”), y hablar de aquello que no existe.

Cuando el lenguaje común no encuentra la forma, el lenguaje cinematrográfico, como otras artes, es un camino a recorrer. “Manchester by the Sea” no se sostiene precisamente en la abundancia de sus diálogos, y sin embargo, es abrumadoramente elocuente y conmovedora. Es que el hombre, o el sapiens como nos denomina Harari, es sobre todo, un creador de lenguajes. Tiempos de premiaciones artísticas son entonces buenos tiempos para pensarnos como creadores y receptores de nuevas historias.

Ianai Silberstein, 27 de febrero de 2017