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Refugiados II

Idealmente cada individuo debería pertenecer a un grupo humano y a un lugar. Las diferentes versiones de “llaneros solitarios” cabalgando las llanuras o “kung fus” caminando los desiertos o “forrest gumps” corriendo a través de un continente no son más que metáforas de LA búsqueda. Nadie puede vivir sin vínculos y nadie puede vivir sin una referencia espacial. Por eso el tema de los refugiados tiene tanta fuerza: porque nos asusta el desarraigo, la simple sensación de estar perdidos. Los refugiados de hoy cruzan de un continente a otro no sólo a merced del mar sino del propio e incierto destino. Jamás volverán a sentirse en casa en ningún lado, a la vez que sus casas, como escribió Lorca, ya no son sus casas.

La condición de refugiados de los judíos es fundacional y milenaria. El patriarca Abraham y su hijo y su nieto, y todos sus bisnietos, y las tribus que ellos engendraron, y el pueblo que nació de ellas, fueron todos refugiados en torno a una promesa. Durante algo más de un milenio construimos una pertenencia no ya aspiracional sino real con un trozo de tierra cuyos límites se discuten hasta nuestros días. La consolidación de las monarquías davídicas pareció transformarnos en un pueblo “normal”, tal como lo demandaban quienes reclamaron la monarquía al profeta Samuel.

Acaso fue nuestra propia noción de refugiados la que saboteó el proyecto nacional. Si salimos de Egipto una vez, seguramente podríamos hacerlo dos veces. La fragmentación y el celo religioso, la resistencia a la globalización de entonces, o helenización, nos condujo al gran exilio entre 70 y 130 EC. Persistimos en determinados valores, y volvimos a ser refugiados. El derrotero de casi dos milenios nos llevó por todo el mundo, siempre en busca no sólo de condiciones de vida sino de condiciones espirituales. Siempre privilegiamos la noción inasible y desarraigada de un dios de la palabra por sobre un dios de la guerra y el poder. Porque el territorio era parte de una propuesta: tierra y ley.

Sin embargo, la Historia no puede ignorarse porque, en definitiva, uno es su protagonista. El antisemitismo que se desarrolló de los griegos en adelante culminó en hechos tan trágicos como la expulsión de España, los pogromos en Europa Oriental, y la Shoá. En este contexto la única respuesta real la dieron las corrientes nacionalistas del siglo XIX: para los judíos fue el Sionismo. Ya teníamos la promesa, la mística, y la esperanza. Sólo faltaba ocupar y construir la tierra.

Una vez más iniciamos un proyecto nacional, ya no monárquico sino democrático, ejemplarmente socialista en sus inicios, ferozmente capitalista en la actualidad. Como antaño, la homogeneidad se mantuvo por la mano firme y hábil de los gobernantes de turno, el reclutamiento, y el idioma hebreo. Como antes, cuando el poder político se debilita, las fracturas y facciones surgen y ejercen sus presiones. Acaso porque tenemos noción de refugiados. Porque así como ocupamos Amona, podemos desocuparla. Así como construimos en Gaza, podemos desarraigarnos si un ideal mayor nos lo exige. Así como usufructuamos y disfrutamos del Sinaí, bien que lo devolvimos por la paz con Egipto. Irse no es un problema, está en el ADN: “Lej-lejá”, así comienza nuestra saga con la historia de Abraham.

Paul Johnson reconoce la virtud judía de aceptar cualquier tipo de compromiso en aras de negociar más tarde, una suerte de realismo pragmático que él nos atribuye. Lo que Johnson tal vez desconozca es la condición permanente de refugiados que nos define. Es esa condición la que nos hace flexibles y pragmáticos; no en vano siempre decimos “el año próximo en Jerusalém”, como una aspiración mesiánica. Lo cierto es que, si el mesías no llegó, a Jerusalém sí llegamos. Más aún: algunos, no todos pero sí unos cuantos, estamos dispuestos a negociarla y compartirla. Lo mismo con la tierra toda. Porque después de todo, somos refugiados.

Tan es así que muchos judíos están más preocupados por la suerte del pueblo palestino bajo la ocupación israelí que por los riesgos que supone vivir en Jerusalém o Sderot para los judíos. Para nosotros la tierra es siempre un premio, hoy lo tenemos, mañana no; para el vecino, es una cuestión de orgullo nacional. De modo que con un poco de tierra nos arreglamos, porque de todos modos ésta siempre ha sido una promesa; el resto es para los vecinos, para que sacien su sed de raigambre y nacionalismo.

Como refugiados por naturaleza debemos ser sensibles a la suerte de nuestros semejantes: los africanos en Europa o los árabes palestinos en Oriente Medio. Pero al mismo tiempo debemos rescatar nuestra propia noción de la progresión de la Historia hacia un futuro mejor, eso que llamamos mesianismo. Si la historia progresa no es para no repetir el pasado sino para superar nuestras dificultades y mejorar nuestra comprensión del mundo y de nuestro rol en él. En este segundo advenimiento de la empresa sionista tenemos dos frentes: uno externo, hacia un mundo si no francamente hostil, por lo menos cuestionador; el otro, interno, hacía una resolución de nuestros conflictos y contradicciones en una forma inclusiva.

Nuestra condición de refugiados debe fortalecernos a la vez que sensibilizarnos. El Estado de Israel y todo el proyecto sionista deben sostenerse en la promesa de la tierra, en nuestra certeza de que nuestro lugar es allí y sólo allí, y en el ideal que como Estado y como pueblo nuestra misión, nuestra única misión, es hacer de éste un mundo mejor.  Como eternos refugiados seguramente estamos en inmejorables condiciones de perfeccionar este tan complejo y difícil desafío.

Ianai Silberstein