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Elul

Con el mes de Elul cerramos el año hebreo y vamos terminando la lectura de la Torá. A cuatro shabatot de Rosh Hashaná, así como Moshé resume en Deuteronomio todo lo que habíamos leído hasta ahora, la tradición nos compele, por no decir que nos obliga, a revisar y resumir el tiempo transcurrido. En Kol Nidre dice: desde este Iom Kipur hasta el próximo, que venga en paz. Pues bien: ya estamos en el próximo Iom Kipur. Ojalá haya llegado en paz para todos. Estamos ante el gran mojón anual que suponen los Iamim Noraim: el tiempo de reunión y reencuentro, el tiempo de repaso y recuerdo, y tal vez, con un poco de buena voluntad, el tiempo del perdón y la esperanza.

Los Iamim Noraim no suponen un “cuento” del mismo modo que Pesaj, Janucá, o Purim. Incluso Shavuot o Sucot contienen un elemento narrativo que las hace más tangibles: la imagen de un pueblo recibiendo una revelación al pie de un monte o habitando en precarias pérgolas constituyen un “cuento”. Rosh Hashaná y Iom Kipur carecen del elemento vivencial, recreable; por el contrario, son festividades de despojamiento y abstracción: escuchamos un sonido primitivo y natural para diez días después ayunar y adentrarnos en un viaje interior. En comunidad.

Las lecturas de la Torá elegidas para estas fechas apuntan a lo más básico de nuestra naturaleza como seres humanos: la descendencia, el consuelo, el remordimiento, nuestra relación con el entorno, sean nuestros semejantes o lo divino. De Rosh Hashaná a Iom Kipur transitamos desde lo terrenal y humano hacia las aspiraciones divinas. Como difícilmente éstas sean logrables, volvemos a intentarlo año a año. Paradigmática es la lectura del libro de Jonás en la tarde de Iom Kipur: su viaje en el vientre de una ballena tratando de escapar de sus responsabilidades es simbólicamente perfecto. Al final del día, todos cumplimos nuestro propósito, todos tenemos nuestro encuentro: con nosotros mismos, con dios, o con nuestros semejantes. Diría Silvio Rodriguez: no es lo mismo pero es igual.

Elul puede ser un buen mes para juntarse y charlar. Tal vez no para pedir perdón específicamente pero sí para propiciar reencuentros, o re-significación de vínculos cotidianos. Aunque cualquier tiempo es bueno para unos u otros, que nuestra tradición paute estos momentos es una suerte de ayuda-memoria. Del mismo modo que Shabat nos recuerda cada semana que fuimos esclavos en Egipto (y que ya no lo somos), Elul y las festividades de Tishrei nos recuerdan que somos judíos, que vivimos en comunidad, y que el tiempo no ha pasado en vano sino con un propósito.

Ianai Silberstein