Republican presidential candidate Donald Trump speaks to supporters as he takes the stage for a campaign event in Dallas, Monday, Sept. 14, 2015. (AP Photo/LM Otero)

Trump

El fenómeno Trump invita a escribir. Nos pide a gritos que no desperdiciemos esta coyuntura: somos testigos de la historia norteamericana en uno de sus grandes momentos de quiebre, tan importante como Barack Obama convirtiéndose en el primer presidente negro hace ocho años o la posibilidad que Hillary Clinton sea la primer presidente mujer en 2017. Donald Trump podría ser el próximo presidente de los EEUU de América. Ya no es una fantasía un sueño o una pesadilla; es una certeza que crece día a día en forma inexorable, confirmando encuestas como hacía mucho no veíamos.  No es que la fantasía supere la realidad, sino que la fantasía se transforme en realidad.

Veamos Uruguay: la realidad es una fantasía en la medida que el vicepresidente no ostenta el título universitario del cual se jactó treinta años y sin embargo nada cambia; sigue siendo el vicepresidente, el primero en la línea sucesoria si algo le sucediera a Tabaré Vázquez, y quién dirige, en medio de un desprestigio a esta altura gigantesco, uno de los poderes del Estado. Veamos Uruguay: un viejo guerrillero, anarquista y chabacano, gobernó el país durante cinco años; era una fantasía que se convirtió en realidad. Todas fantasías, todas realidades, nos gusten o no. Despertaremos de estos sueños incómodos sobre finales de 2019, con la esperanza de que una sensata realidad se imponga de una vez por todas. Sí, como se impuso en 2005, cuando Vázquez ganó la presidencia por primera vez: nos gustara o no, la realidad y la fantasía coincidían legítimamente.

Veamos Israel: Netanyahu sigue ganando. No importa cómo se conforme el parlamento, él es el único que puede formar gobierno. En una coyuntura lo seculariza, en otra lo canoniza. Él mantiene el control de la situación. La realidad en Israel es de derecha, nacionalista en extremo, xenófoba, ultra liberal en lo económico, y muy poco creativa; la realidad israelí es quietista, temerosa, perseguida, y prudente hasta el ridículo. La fantasía, por otro lado, es que surgirá un nuevo líder que haga frente a Netanyahu y lo desbanque votos mediante; no hay Lapid ni Herzog ni Livni que puedan con él. La fantasía es que hay con quien hablar del lado palestino; la fantasía es que con denuncias en las redes sociales se detendrán los asentamientos y los abusos con el pueblo palestino ocupado; la fantasía es que si dejamos de ocuparlos dejarán de odiarnos, dejarán de atentarnos, y vivirá el cordero con el león (siempre que Israel sea el león, claro).

Esta lectura tan personal acerca de realidades y fantasías nos muestra tres situaciones posibles: una en la que la fantasía ES la realidad; otra en que la dicotomía entre una y otra es un abismo; y una tercera, en los EEUU, donde las proporciones de la nación son tales en territorio pero sobre todo en demografía, que la realidad y la fantasía coexisten, se cruzan, se abisman, se superan mutuamente en forma alternativa. Un presidente negro durante ocho años es sin duda la peor pesadilla de muchos millones de estadounidenses; la feroz oposición del Congreso así lo demuestra. La idea de un presidente socialista, o un presidente evangélico y ultra conservador, es una fantasía que muchos quisieran ver realizada y otros tantos, no. La presidencia de una mujer turbia y para muchos lisa y llanamente mentirosa es probablemente lo más real que podemos esperar; pero para muchos será otra pesadilla durante cuatro (¿ocho?) años.

Queda Trump. Trump pertenece al campo de la fantasía a nivel “Disney”: es fantasía pero es real. Si Uruguay se dio el lujo de una presidencia de Mujica, ¿por qué los EEUU no pueden darse el lujo de cuatro años de Donald Trump? Claro que pueden: tienen mucho resto. Se dieron el lujo de un tal Jimmy Carter, otra fantasía, en otros tiempos. ¿Acaso los estadounidenses son inmunes a los populismos, la demagogia, la xenofobia, y las mentiras facilistas? No; pertenecen a la misma especie que elige a los Chávez, sostuvo a los K durante doce años, y hace que los LePenn crezcan elección a elección.

Lo que surge de todo esto es que la democracia, el sistema político que todos defendemos, es tan imperfecto e impredecible como los hombres que lo sustentamos. La democracia ES el reflejo de las sociedades que ejercen ese sistema. Los gobiernos o no gobiernos (véase España hoy) son producto de las sociedades que los votan. No existe tal cosa como “el Uruguay” en contraste con el “gobierno uruguayo”, del mismo modo que no existe “el gobierno de Netanyahu” por un lado e Israel-Estado por el otro. No habrá una “presidencia de Trump” en contraste con “la gran nación americana”. Si Trump es electo presidente de los EEUU de Norteamérica será porque la sociedad norteamericana, en su vastedad y complejidad, mediante su singular sistema electoral, así lo quiso; del mismo modo que eligió a Barack Obama. Del mismo modo que los uruguayos quieren gobiernos estatistas y proteccionistas y los israelíes quieren gobiernos fuertes, aguerridos, bravucones, y dominantes, hoy los EEUU tienden fuertemente a querer  quebrar el establishment.

La democracia parece resumirse en la sumatoria más o menos matemática de los deseos y aspiraciones, miedos y fobias, de los votantes de un país. Se trata de sumar votos, a la vez que no es tan simple como una suma o una resta: estamos lidiando con seres humanos, no con estadísticas. Mientras la democracia garantice las libertades de las minorías de turno, todo está bien. Cuando la democracia coquetea con el totalitarismo, hay que estar atento. Lo que está claro es que un régimen democrático un gobierno cae o se cambia por medio de votos, y por ningún otro medio. Las otras opciones son todas fantasía, porque como realidades han probado ser nefastas.